El filo de la navaja: razas y tendencias comportamentales.

Orión, destinado a peleas y recuperado completamente en EDUCAN, pidiendo un beso al conductor y gran amor de su vida Manuel Moriche (con premiso de Adriana, su primer amor).

Siempre que uso el blog para promocionar de algún modo a EDUCAN, como hice ayer al informar de nuestras dos nuevas delegaciones en Buenos Aires, me siento algo culpable y en deuda con los lectores a los que desatiendo dejando de escribir durante meses, y a los que someto a un “qué guais somos” en mi vuelta a la escritura. Así que para compensar he cortado un trocito del libro en el que estoy trabajando para posicionarme en un tema peliagudo: la tendencia (o no) de algunas razas hacia algunos comportamientos.

¿Qué hacer cuando el peligro te rodea?

En primer lugar es necesario ser conscientes de que es peligroso –en muchos sentidos- hacer afirmaciones generalizadas que relacionen algún tipo de comportamiento con algunas razas de perros.

Es peligroso porque es fácil igualar a la raza con algunas tendencias comportamentales y etiquetarla de manera negativa, esto ha sucedido incluso a nivel legislativo con leyes infames que condenan a sujetos que no han hecho nada, de hecho juzgan y encuentran culpables incluso a sujetos que aún no han nacido. Algo que deja el de Minority Report como un modelo de justicia excesivamente perezoso y garantista. Y está sucediendo ya, la distopía ha llegado a nuestras vidas sin que la acompañen los coches voladores o las tres conchas para el cuarto de baño.

Es peligroso porque desatiende que algo más frecuente en una raza que en otra no implica que todos, ni siquiera la mayoría, de los individuos que la integran muestren tal comportamiento. Simplemente quiere decir que es un comportamiento que aparece con más frecuencia de la media en perros de dicha raza. Es decir, que si en el conjunto de los perros hubiera un cinco por ciento de sujetos sensibles y entre los border collies un diez por ciento la raza mostraría ¡el doble de sensibilidad que la media! Pero lo cierto es que nueve de cada diez borders no serían sensibles, aunque quedaran etiquetados como raza sensible.

Es peligroso porque mucha gente iguala una tendencia comportamental con un comportamiento, como si ya no pudiera hacerse nada para evitar que aparezca. Como si fuera una profecía inexorable. Y esto es completamente falso, porque es posible trabajar para que no lo haga, además sabemos bastante bien cómo en un gran número de tendencias comportamentales.

Es muy sencillo: haz lo correcto

Pero creo que es más peligroso, lo es a un nivel más profundo, ignorar o negar que existen tendencias comportamentales que son más frecuentes en algunas razas.

Es más peligroso porque negar lo que sabemos que es cierto, ir contra lo que está probado, negar la evidencia científica, es siempre salirse del juego limpio y del trabajo técnico consistente.

La idea de que los perros, de forma innata, son todos iguales comportamentalmente, y que será la educación la que determine por completo cómo actuarán es una idea probadamente falsa, los perros no son tabulas rasas.

La afirmación de que no existen perros peores que otros es cierta a nivel de derechos y de valor intrínseco, pero no respecto a tendencias concretas de comportamiento, que –por supuesto- no implican una mayor o menor valía como sujetos. Y además todos los entrenadores, incluso los que lo niegan en su discurso, lo sabemos.

¿Nos asomamos a la ventana que abre la ciencia o preferimos darle la espalda? Cata y Gastón Yinyangeando en el sofá.

Recuerdo a un entrenador que solía escribir o hablar (en público) como un verdadero telepredicador al respecto de este tema, usando un discurso que negaba casi con furia la influencia de la raza en ningún problema de comportamiento. Debo reconocer que me desagrada quien actúa desde una profesión técnica como desde un púlpito, y un día, en una conversación informal me permití ser un poco incisivo con él.

Estaba afirmando, después de unos seminarios de pastoreo, que los border collies eran los mejores para ese trabajo, así que le comenté, como quien no se da cuenta de lo que está diciendo, que con esas prestaciones quizá fuera buena cosa emplearlos como perros de asistencia en mucha mayor medida de lo que se hacía. Entonces, porque era un tema que él creía controlar (como todos, por otra parte), me explicó con benevolencia que los labradores eran una mejor opción porque importaba más el hecho de que pudieran desenvolverse en ambientes estresantes de manera consistente que el hecho de ser capaces de atender y responder a un montón de acciones complejas.

Había caído en la trampa y no pude evitar hacérselo notar: “O sea que afirmas que, como raza, los border collies son PEORES para el trabajo de asistencia, mientras que los labradores, como raza, son PEORES para el de pastoreo.” Se quedó blanco. Creo que no había pensado hasta ese momento que el concepto MEJOR es comparativo, y que si alguien es mejor en algo es que otros son peores en eso mismo. Y eso no cambia el valor de cada uno de ellos como sujeto único y merecedor de derechos. Si crees que hay razas que son mejores de manera innata para determinadas cosas también crees que hay otras que son peores, como efectivamente así es. Aunque, por supuesto, esto no quiere decir que no existan muchísimos individuos en todas las razas que sean excelentes haciéndolo y que sea estupendo entrenarles para ello, porque se lo pasarán muy bien y lograrán grandes resultados. No son dos conceptos opuestos, son dos verdades que conviven.

Esto nos lleva al último punto – el más importante- de los que hacen más peligroso negar que existen predisposiciones comportamentales relacionadas con la raza que aceptarlo. Y es que al negarlo les negamos a los perros que más lo necesitan la posibilidad de una educación preventiva, que tome en consideración que en determinada raza sería más probable que apareciera un problema concreto y dedicarle más tiempo a evitarlo.

Si negamos las tendencias comportamentales cerramos la posibilidad de la mejor educación posible, negamos la política preventiva. Educar a todos los perros del mismo modo es una idea incorrecta: algunos requerirán más atención aprendiendo a gestionar entornos estresantes, mientras que en otros el tiempo estará mejor invertido en jornadas de socialización y trabajo de mejora de sus competencias relacionales. Y para eso es para lo que nos debe servir conocer las tendencias comportamentales que la ciencia ha demostrado reiterada y consistentemente en determinadas razas o grupos de razas caninas.

… Una última vuelta de tuerca

Hace años escribí uno de los artículos que más comentarios favorables han recibido de todos los publicados aquí: La socialización de las razas sensibles, que justamente exponía cómo ayudar con trabajos precoces a evitar que estos perros desarrollasen miedos u otros problemas emocionales ¿creéis que hubiera recibido la misma acogida cualquier propuesta de política preventiva que partiera de la tendencia de algunas razas a mostrar “otros” comportamientos problemáticos? Pues a nivel conceptual y estructural sería exactamente lo mismo, mismito, mismo. Revisemos nuestros prejuicios, pongámoslos frente a nosotros y abandonémoslos. Ya.

 

Dilbert siempre tiene razón en cosas de trabajo técnico

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La (falta de) adhesión a las pautas, o porqué los perros nos hacen caso pero las personas no.

 

Nicolas Gurevich y La Hermandad de la Biblia Perry. Gracias a Leo por el regalo y a Astiberri por editarlo 🙂

Hace poco me escribió Samantha (Jelke van Meerkamp) consultándome sobre un tema frecuente.

Samantha está agobiada porque su trabajo como entrenadora es consistente, pero existen demasiados casos en los que no alcanza el máximo nivel de éxito posible a consecuencia de que los propietarios/tutores no siguen las pautas que les recomienda, haciendo ese efecto tan detestablemente conocido por todo educador canino de “un pasito pa´lante, ¡un, dos, tres!, un pasito pa´tras”. Que cantado por Ricky Martin como que bien, pero que en nuestro día a día profesional es una mierda.

Como decía esto no es algo inusual, de hecho las redes sociales de algunos entrenadores están llenas de variaciones sobre el tema “Jo, a mí me importan los perros y puedo ayudarles y van y no me hacen casito. Qué malos y poco implicados son quienes nos contratan.”

Entonar un continuo “dueños malos, adiestrador triste” -en la falsísima idea de que “desde Facebook se me escucha” (sólo te escuchan tus amigos y quienes ya piensan como tú, así lo que recibes no es aprobación hacia tus palabras, sino e-eco)- es tirando a ineficaz (y un poco patético, todo hay que decirlo).

Por eso, cuando alguien me habla/escribe en esos términos suelo limitarme a asentir, ofrecer alguna palabra de apoyo con un gesto neutro y emular a Lisa Simpson escuchando música en mi cabeza (Wilco o Nutini para estos casos).

Pero Samantha me decía lo siguiente: “algo se me escapa, si la gente está fallando es porque yo les estoy fallando…, Porque no estoy explicando bien los conceptos…. No estoy marcando bien los objetivos…O no sé, tal vez no he conseguido llegarles bien y ya está…..”

O sea, que ponía la pelota en SU tejado, en alguna carencia propia. Y a partir de ese punto sí podemos empezar a hablar.

¿Realmente creemos que la mayoría de la gente está dispuesta a gastar su tiempo y dinero en nosotros para no hacernos caso? Quizá un mínimo, minimísimo, porcentaje considere que echar dinero al problema les justifique y libere de responsabilidades, pero es algo residual.

La mayoría de la gente no sigue las pautas que les recomendamos sencillamente porque, o bien no son razonables, o bien no se les han planteado adecuadamente. O ambas cosas

1- Lograr adhesión a las pautas es parte del trabajo.

La calidad de seguimiento de aquellas indicaciones que prescribimos es en buena medida responsabilidad nuestra. Y quien no es consciente de ello y no trabaja específicamente para lograrlo dependerá de cómo “conecte” con cada persona que le contrate, lo que resulta insuficiente.

Así que ya tenemos una primera premisa de trabajo ¿tienes alguna estrategia para lograr la adhesión a las pautas por parte de tus clientes?

Si no haces nada consciente, deliberada y específicamente para que se sigan las pautas que prescribes tienes una carencia. No le des más vuelta, mejor pongámonos a cubrirla.

2- Estrategias que NO funcionan.

A partir que asumimos la responsabilidad de lograr la adhesión a las pautas empieza un segundo problema, y es que la manera de lograrlo más frecuente en nuestro sector no solo no funciona, sino que suele causar el efecto contrario.

Porque explicarles lo malo-malísimo que es no hacerte caso (¡o mis pautas o el caos!) no es una estrategia para mejorar la adhesión, sino –básicamente- una amenaza. Aunque la pintemos de colores.

Resulta curioso (ains, qué requeteútiles que son los eufemismos para esto de escribir) que después de explicar lo ineficaz que es amenazar al perro pasemos a amenazar, más o menos veladamente, al propietario/tutor. Pero asín semos muchas veces.

En general, y ya lo he mencionado en varias ocasiones, masacrar todo lo que hace/ha hecho nuestro cliente para ponerle en una situación de déficit e inseguridad, haciéndole así sentir que depende de nosotros, de seguir nuestras indicaciones, buff, demasiados eufemismos juntos, seamos claros: de acatar nuestra órdenes (y esto es literal, no un disfemismo), con el objetivo final (más o menos consciente) de convertirnos en algún tipo de gurú, logrando su sumisión a nuestras palabras, es mezquino, miserable, abusivo, repugnante y, lo que quizá resulte más convincente, ineficaz.

Peanuts, de Charles Schultz (publicado en España por Planeta Cómic).

3- Estrategias que funcionan

En primer lugar hay que señalar que, como sucede con los perros, no podemos lograr la adhesión de todas las personas que nos consultan siguiendo una misma estrategia (nuevamente los entrenadores mostramos una notable discriminación positiva hacia la especie canina: individualizamos el trabajo para cada perro concreto, pero solemos actuar de manera homogénea con las personas).

Sin embargo, sí podemos (y debemos) sistematizar y protocolizar qué hacer para lograr esa adaptación personalizada que nos permitirá que los propietarios/tutores se impliquen activamente.

3.1. Anclaje motivacional personalizado

Sin un anclaje motivacional, como bien saben quienes siguen la investigación en cognición animal, no es posible perseverar hasta resolver una tarea que sea mínimamente compleja. Por ello es el punto más importante.

Encontrar, emplear, cuidar y acrecentar los motivos propios de cada persona para adherirse a las pautas es imprescindible para iniciar el trabajo.

Y el anclaje motivacional no puede ser difuso o demasiado amplio, hacer un montón de cosas nuevas “para que el perro esté mejor o seamos más felices”, es una consecuencia a medio largo plazo, pero no vale para empezar. Tenemos que encontrar anclajes que se conecten directamente con las pautas: disfrutar del paseo de la mañana, comer tranquilos, saludarse de manera agradable para ambas partes, ver cómo nuestro perro se tranquiliza y descansa mientras vemos la tele… son buenos ejemplos.

Además, cuando trabajes con una familia no es necesario que todos sus miembros hagan todas las pautas (otro error frecuente que sobrecarga de trabajo y resulta en una baja adherencia al tratamiento). Algunas sí que pueden ser realizadas por toda la familia, pero el éxito suele estar en encontrar qué motiva a cada miembro y repartir/adaptar las tareas de acuerdo con eso. A quien saca al perro le puede apetecer más lograr un paseo satisfactorio, a quien convive con él en casa el verle relajado y tranquilo, y a quien llegue después de una jornada laboral conseguir un reencuentro perfecto.

Yo llevo esto al punto de que en ocasiones no planteaba ninguna pauta sino que las comento y expongo hasta que me dicen, “¿yo podría hacer eso? Creo que le iría bien a Toby.” Porque si no quieren hacer no harán

3.2. Resultados inmediatos a sus acciones

Volviendo a la idea de que deberíamos tratar a las personas de manera más similar a como tratamos a los perros, es importante que algunas de las tareas ofrezcan un feedback de éxito inmediato. Resulta desalentador para los propietarios/tutores hacer algo cuyos resultados se verán dentro de tres meses, eso es pedirles un salto de fe de tres meses. Mucha fe es esa hoy día.

Seguir unas nuevas pautas de convivencia, realizar cambios en nuestra rutina es un proceso, no un conjunto de acciones. Intentar que se realice de golpe y en un giro radical suele garantizar el fracaso.

Si cada día logran algo tangible se engancharán incluso a las pautas cuyo éxito se verá a largo plazo. Dótales con criterios de evaluación para medir sus avances, tutela sus mejoras y estarás mimando su ilusión, que es lo que hará que se adhieran a las pautas.

3.3. Prospección, el secreto del aprendizaje cognitivo

El aprendizaje más consistente no es el que únicamente se refuerza por el éxito inmediato y directo (esto es de primero de cognición 🙂 ), sino el que además permite y promueve que se generen objetivos mentales sobre avances y logros venideros.

Debes trabajar para que los tutores sean prospectivos ¡¡no hay nada más eficaz para implicarles en el aprendizaje!! Que sean ellos, con tu consejo, quienes fijen su próximo paso, su próxima mejora en lo que están haciendo. Que hagan planes sobre cómo avanzar en aquello en lo que están logrando resultado y sobre cómo aplicarlo a nuevas situaciones.

Si no son capaces de proyectar cómo avanzar simplemente no están entendiendo lo que hacen, y así no hay posibilidad de ir muy lejos. Al mostrarse prospectivos compruebas que entienden lo que hacen y su sentido, a partir de ahí es cuando el trabajo se volverá sólido.

4- Colabora con ellos, no les salves ni les adoctrines.

La intervención canina profesional es un trabajo colaborativo, sin los propietarios/tutores no puedes avanzar y sin tu dirección ellos tampoco. Así que nada de llegar de Estrella Salvadora, esa actitud es un problema.

Para lograrlo disponemos de algunas técnicas eficaces, aquí solo menciono las dos más básicas e importantes a mi modo de ver:

4.1. No avanzar si ellos no avanzan contigo

Cuando vas a ver al propietario/tutor de un perro y no ha realizado su tarea tendemosa sustituirle, a completar nosotros lo que han dejado a medias o han abandonado.

Error.

Lo más eficaz suele ser decirles, sin broncas ni drama alguno, “entiendo que estuvieras liado y no pudieras hacerlo. Así que me voy, dime qué día habrás completado la tarea para concertar la próxima cita”. Raramente tendrás que hacerlo más de una vez. Si ven que son realmente imprescindibles (y les has puesto pautas razonables) se implicarán de verdad.

Y no vale decir “sin vosotros no puedo hacerlo”. Sencillamente no lo hagas sin ellos.

4.2. Minimizarnos y no maximizarnos

L@s educador@s canin@s tenemos frecuentes problemas de ego, como toooood@s sabemos. Ir de superestrella/solucionador/sólida roca para tu angustia nena/e no es una buena estrategia.

Todo lo que nos invista de aura cool aleja de nosotros a los propietarios/tutores y dificulta que sigan nuestra pautas, porque lo concordante con esa condición de salvador es que seamos nosotros quienes, desplegando nuestras asombrosas capacidades, solucionemos el problema.

Más bien debemos minimizarnos consciente y deliberadamente, mostrar que entendemos que lo que sucede ES un problema, contar, por ejemplo, que tuvimos uno similar con nuestro perro y tardamos un buen rato y esfuerzo en solucionarlo, hacerles ver que estuvimos en su pellejo y fue el seguimiento de las pautas, no nuestros superpoderesentrenadoriles, lo que nos permitió salir adelante. Trasmitir en todo lo que hagamos que no somos especiales, sino que aplicamos unos conocimientos y que cualquiera podría hacer lo que hacemos con preparación y esfuerzo es un mensaje muy potente para lograr resultados.

La admiración tiene un relación de proporcionalidad inversa con la colaboración. Cuanto más admirable y fantástico te muestres, menos colaboración obtendrás. Así son las cosas.

A molar a MHYV, con nuestro clientes cuanto más a ras de suelo nos mostremos mejor, además creo es también bastante terapéutico para nosotr@s.

5- No pedirles algo que nosotros no haríamos

Los alumnos que en este momento están haciendo nuestro Curso Avanzado en Sevilla reconocerán esta aseveración, porque empiezo el curso con ella y es casi el hilo conductor de las prácticas.

¿Le estás pidiendo a tus clientes algo que no haces tú, porque te parece excesivamente trabajoso? ¿Algo que nunca has hecho de verdad y hasta el final con ningún perro? Porque es algo muy frecuente. Y soltar lo de que “en casa del herrero… cuchillo de palo” con unas risas no es un argumento, sino una excusa. Si tú no lo harías no pidas a nadie que lo haga. Así de sencillo. Quejarse de la falta de adhesión de personas sin experiencia a unas pautas que tú no eres capaz de seguir es el colmo del cinismo.

Hagamos examen de conciencia, TOD@S nosotr@s perpetuamos algunas recomendaciones que no seguiríamos. Por inercia, por falta de reflexión, por pereza… Una de nuestras labores es hacer autoexamen en este aspecto y en cuanto encontremos algo que no haríamos buscar alternativas realistas. Además de ser más justo y más eficaz con nuestros clientes es lo que construye el avance de la profesión.

Ni un exceso de pautas que acumulándose se le “hagan bola” (¿veinte salidas falsas al día vistiéndose y realizando todo el ritual de salida? ¿de verdad lo dices?), ni pautas prácticamente irrealizables (¿que no se encuentre con ningún perro en las salidas y para eso que le saques solo a las cinco de la mañana? ¿pero es en serio? ¿la vejiga no es parte de la ecuación?).

6- Remitir clientes a otros profesionales.

Por último, existen poquísimos casos en los que no podemos lograr la adhesión a las pautas de un cliente porque chocan con sus valores respecto a qué es un perro y cómo vivir con él.

Para este caso voy a remitirme a algo maravillosamente lúcido que dijo Patricia McConnell estuvo en Madrid presentando su libro El amor no tiene edad (Dogalia 2015). Algo con implicaciones profundas y curativas para nuestra profesión, tanto que escucharlo me generó unas enormes ganas de levantarme y besarla (cosa que no hice porque estaban allí su marido, mi mujer, el editor de ambos, otras cincuenta personas en la sala y un centenar más on-line, además de que ella estaba explicando de qué iba su libro, y se hubiera podido considerar fuera de lugar 😛 ).

Dijo que si un cliente tenía un enfoque de fondo acerca de la educación canina totalmente opuesto al suyo era inútil intentar “convertirle” a nuestra manera de entender a los perros. En esos casos lo que hacía era remitirlo a un profesional de calidad que tuviera un enfoque más afín a la manera de esa persona de entender la convivencia con un perro.

Y es que no podemos imponer nuestros valores a quien tiene otros, y no digo que no debamos o que no fuera bueno, sencillamente digo que no podemos hacerlo. Que es imposible, vaya. Con información buena y razonada se puede cambiar a quien hace algo por falta de conocimiento, imitación, inercia o siguiendo algún consejo, pero no a quien lo hace guiado por su sistema de valores.

Remitir a un profesional con una visión sobre los perros muy diferente a la nuestra es un ejercicio de generosidad.

Porque, aunque no nos parezca la mejor manera de trabajar, a lo mejor es suficiente para salvar la vida (o la calidad de vida) de ese perro. Y lograr la mejor opción posible es lo que debemos buscar cuando la óptima no puede llevarse a cabo.

Pero de esto ya hablé en este post sobre la visita de Patricia McConnell a España y no quiero alargarme con una historia que ya he contado.

En todo caso, como vemos, existen muchas cosas que hacer para lograr la adhesión de nuestros clientes a las pautas de trabajo, y solo excepcionalmente nos encontraremos con esto casos en los que convenga remitir.

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Los días malos

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Cualquiera de las tres partes -adiestrador, perro y propietario/tutor (porque si digo sencillamente tutor, que es lo correcto, no se me entiende)- de las que integran activamente un proceso de educación o adiestramiento puede tener días en los que su estado emocional no sea el mejor posible.

Esto es conocido por los entrenadores, al menos en lo que respecta a sí mismos y a los perros (porque cuando le sucede a los tutores/propietarios fácilmente les colgamos la etiqueta de negligente o incompetente). Tanto que se ha vuelto un lugar común decir que cuando se tiene un día malo –el perro o nosotros, del propietario/tutor nadie habla- no debemos trabajar.

La idea es buena, pero la afirmación es equivocada tomada en su literalidad, fruto de la manera de ver las cosas de nuestro gremio, al que le encaaaanta llevar todo a los extremos y ofrecer fórmulas o normas absolutas, a veces rozando el absurdo, para la supuesta praxis correcta.

Es evidente que si la mañana del día que debemos trabajar con un perro este sufre un atropello o un encontronazo con otro perro o persona, que no le daña físicamente pero que le deja aterrorizado, o nos diagnostican, a nosotros o a los propietarios/tutores, una enfermedad terrible, nos informan de que perderemos nuestra casa o, yendo al extremo, nuestro hijo nos dice que quiere ser tronista, lo adecuado será anular la sesión y programarla para cuando hayamos podido gestionar nuestro estado emocional, el del propietarios o el del perro según corresponda.

Sin embargo un día malo suele ser algo mucho menos dramático, por ejemplo: podemos pasar, nosotros o los propietarios, largas temporadas de desánimo durante un momento económico o personal tenso. Igualmente los perros pueden tener temporadas en las que alguna circunstancia les afecte de forma equivalente: viaje y ausencia de alguna de sus personas queridas, alteración de algún hábito de salida u otros similares. En estos casos no parece una buena solución interrumpir las clases hasta que todo se normalice, pues llegaría a impedir el avance del proceso y, desde luego, sería incompatible con regularizar el funcionamiento de nuestra empresa de educación canina.

Pero si bien es cierto que no podemos dejar de trabajar en todos los días malos, no lo es menos que trabajar sin tenerlo en consideración podría llevarnos al fracaso o a la imposibilidad de avance.

Y es que las personas y los perros gestionamos de manera diferente el aprendizaje cuando tenemos un estado emocional de este tipo que cuando estamos plenamente felices y enfocados en avanzar. Y uno de los principales fallos de muchos profesionales es que parecen creer que los perros (y las personas) solo tienen (tenemos) dos estados emocionales de trabajo: ultrahappyforever o aterrorizadoantelaideademorir. Pero va a ser que no.

Existen pautas sobre cómo adecuar el trabajo para estos días malos, de baja intensidad, pero que potencialmente podrían prolongarse algún tiempo. Para ofrecer un ejercicio profesional eficaz, ético y constante necesitamos conocerlas y aplicarlas cuando corresponde. Además al hacerlo tendremos mejores resultados que los de nuestros competidores que opten por parar a cada quítame allá esas tristezas o por continuar como si no pasase nada.

Respecto al entrenador

María y teckel

1 Planificación previa:

Todos sabemos que la planificación es importante, y todos no saltamos este conocimiento a la torera de manera cotidiana. Ir a una sesión sin tener claros los objetivos -y hablo de negro sobre blanco, no de que en la cabeza nos hayamos hecho una idea sobre qué hacer- puede no sea un problema cuando estamos afinados y con todas nuestras capacidades al máximo, pero sí lo es cuando estamos bajos de ánimo.

Es fácil, al tener días bajos, que demos más importancia de la debida a los fallos, y/o que busquemos compensarlos con avances excesivos. Al final esta falta de planificación la pagará el perro (y la calidad del resultado) en uno u otro sentido.

Es imperativo que cuando estamos desanimados diseñemos la estructura y objetivos de la sesión en casa, tranquilos. Por supuesto luego debemos adecuarla a lo que suceda, pero con esta sencilla medida lograremos mantener un trabajo de calidad cuando estemos algo plofas.

2 Sesiones de consolidación:

Todos los entrenadores pecamos de centrarnos demasiado en el avance y no dedicar todo el tiempo necesario a las sesiones de consolidación, en las que damos volumen a los resultados ya obtenidos sin intentar mejorarlos.

Las sesiones de consolidación son el cemento entre las filas de ladrillos que suponen las de avance, no parecen elevar el trabajo, pero son las que lo hacen sólido y permiten su consistencia a largo plazo.

Cuando nos encontramos algo bajos puede ser una buena idea, que redundará en mayor calidad del entrenamiento, hacer sesiones de consolidación, que resultan más fáciles de dirigir y evaluar. Sin intentar avances.

3 Subidas de criterio más progresivas y objetivizadas:

Las sesiones de consolidación no ralentizarán el entrenamiento, ni son sesiones vacías: prácticamente todos los adiestramientos comerciales (aquellos destinados a la tutela y manejo responsable del perro) están sobrados de sesiones de avance y huérfanos de sesiones de consolidación.

Pero es cierto que no podríamos construir un entrenamiento únicamente con sesiones de consolidación, si nuestros días malos se alargan debemos avanzar el entrenamiento.

Este es el punto más complicado, puesto que solemos hacer las subidas de criterio de manera intuitiva, combinando lo que el perro nos trasmite en el momento con nuestra experiencia. Cuando estamos en nuestro días bajos este mecanismo no funciona bien, nuestro estado de ánimo nos desafina.

Para compensarlo hay dos sencillas medidas, planificar previamente (como se decía en el primer punto) los avances que haremos y que estos sean conservadores, que estén por debajo de lo que haríamos normalmente. Si normalmente le pediría al perro diez pasos más en junto, o treinta segundos más de permanencia, mejor dividir ese avance en dos y reforzarle cuando subimos en cinco pasos o en quince segundos el criterio.

Partir en dos las subidas de criterio es una manera de asegurar la progresión y no enfrentarnos a situaciones de fracaso, que en momentos malos y en un trabajo vocacional tienen efectos muy dañinos en nosotros. Y no es más lento, porque el perro avanza como sobre raíles y podremos hacer más avances en el mismo tiempo de trabajo.

Respecto al perro

Orión, un perro destinado a las peleas y rescatado por Adriana y Manu. Gracias :-)

Orión, un perro destinado a las peleas y rescatado por Adriana y Manu. Gracias 🙂

1 Sesiones de consolidación y subidas de criterio más progresivas:

Sabemos que el fallo ocasional es un constructor de aprendizaje más eficaz que el éxito continuo, pero también que el estado emocional es el primer evaluador de la calidad de un trabajo. Cuando el perro tiene días bajos nuestra prioridad no puede ser el avance de la conducta, sino la mejora del estado emocional y la asociación respondiente de un estado emocional seguro y asertivo con las conductas enseñadas. Eso les dará más calidad y consistencia que ningún avance directo sobre la conducta.

Por ello, las normas anteriores de hacer más sesiones de consolidación y de dividir las subidas criterio en dos no solo deben aplicarse cuando el entrenador tiene días bajos, sino especialmente cuando los tiene el perro. La experiencia de éxito y la asertividad haciendo algo conocido o sencillo para él son la mejor manera de convertir las sesiones de entrenamiento en su mejor momento emocional del día.

La sensación de seguridad y control en el trabajo hará que el perro lo adore y tendrá un profundo efecto terapéutico ¿O tú no mejoras tu desanimo cuando te enfrentan a una tarea que sientes que controlas por completo y en la que sabes que lograrás el éxito?

2 Trabaja en pirámide:

Cuando es el perro el desanimado añade una medida extra para hacer subidas de criterio, y es que después vuelvas a bajarlo. Esto se llama trabajo en pirámide, todos los entrenadores especializados en gestión emocional saben lo relevante que resulta para perros con problemas emocionales: además de consolidar el aprendizaje promueve la correcta gestión emocional y el autocontrol emocional. Al fin y al cabo, afrontar el trabajo en un día malo es gestión emocional.

3 Usa el espacio de calma:

El afrontamiento calmado de la sesión de trabajo y la vuelta a la calma tras la activación que supone el aprendizaje son más que convenientes para un perro que no está en su mejor momento. Si eres entrenador C-E te recomiendo enseñarle el espacio de calma y activarlo antes y después de la sesión de trabajo. Solo con hacer esto te sorprenderás de las mejoras que obtienes.

4 Busca nuevos sitios para trabajar:

Sabemos que los cambios de lugar generan un aumento de activación en el perro, podemos aprovechar esto como motor de trabajo en el perro que tiene días bajos.

Si vamos a nuevos lugares, que no supongan una gran dificultad, y le pedimos al perro que realice conductas que ya realiza competentemente veremos cómo sube varios puntos su estado emocional. Lo único importante es respetar lo expuesto en el punto anterior, que el nuevo lugar no suponga subidas de criterio fuertes. Pedirle lo mismo en otro sitio es una subida de criterio, así que podemos empezar pidiéndole menos de lo que sabe hacer en los sitios habituales de entrenamiento e ir avanzando progresivamente desde ahí.

5 Enséñale algo divertido:

Todos los perros tienen características individuales que les hacen disfrutar más de realizar determinados comportamientos, aprovéchalos: enseñarle a traer (y si eres un entrenador cognitivo el espacio de juego), a buscar su juguete en el campo, a dejarse rascar la tripa o incluso a jugar al escondite con su dueño. Y si no se te ocurre nada, siempre te queda el comodín del olfato. A todos les gusta y, bien hecho, es de lo más terapéutico que podrás proponerle para mejorar su estado emocional.

Respecto al tutor o propietario

La persona que nos contrata para intervenir en el comportamiento de su perro a veces termina siendo la parte más desprotegida y menos cuidada, desde el mezquino bullying emocional de aquellos entrenadores que les hacen sentir en déficit continuo y sólo les indican lo que NO tienen que hacer, dando indicaciones difusas o imposibles de seguir sobre lo que SÍ pueden hacer para mejorar, cargando así no la responsabilidad, sino la culpa, de todo en quienes más quieren al perro, hasta los que sencillamente ignoran que las personas que nos llaman también tienen emociones.

Quien no cuida el estado emocional del tutor/propietario del perro es negligente, quien le machaca es un miserable.

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1 Uso innovador, práctico o vistoso, de las destrezas del perro:

Descubrir que la permanencia que han estado entrenando escondiéndose tras un árbol puede ser usada para entrar a comprar el pan, entrenar la llamada como un juego de escondidas en el que el perro debe localizarnos, convertir el junto en un juego de escaparse…

Cuando sacamos las destrezas del perro del contexto un tanto aséptico de las sesiones y lo integramos con las necesidades reales de manejo y tránsito del binomio, cuando las convertimos en un juego o las mostramos como un valor añadido para la convivencia y el entendimiento, estamos consiguiendo animar e implicar a quien nos ha contratado, esto no solo mejora su adherencia a las pautas que le indiquemos, sino que le ayuda a ser feliz y entender que el entrenamiento es la mejor manera de entender y entenderse con su perro.

2 Enseña una nueva habilidad sencilla divertida o práctica para el día a día:

No te puedes imaginar lo eficaz emocionalmente para quien vive con un perro que puede ser enseñarle algo sencillísimo, pero directamente relacionado con la vida cotidiana. Cosas que para ti no tienen valor por su sencillez técnica pueden ser lo que alguien necesita para recuperar el aliento a la hora de seguir entrenando a su perro: salir de la cocina a una señal, quedarse quieto mientras le ponen el collar, dejarse dar las pastillas ¡¡a veces incluso simplemente enseñarle a subirse al coche!!

3 Revisa la progresión del perro con videos:

A veces lo que nos queda hasta nuestro objetivo o la idealización de resultados (esto último es labor tuya que no suceda) hace que las personas no se den cuenta de todo lo que se ha progresado. Si has tomado grabaciones en video del proceso será una buena idea dedicar una sesión a comprobar lo que se ha logrado, verlo de seguido hace mucho más consciente al tutor o propietario de los avances y le subirá el ánimo. Y no te limites a señalar las mejoras del perro, incide también en las suyas al enseñarle y guiarle.

Y tranquilo, te aseguro que, cuando lo haces bien, en este trabajo son muuuuuchos más los días buenos. Pero para esos días seguro que no necesitas consejos 😉 😉

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Entrevista COMPLETA con Kurt Kotrschal, del Wolf Science Center

Kurt Kotrschal con un amigo canino. Fotografía de Peter Rigaud, obtenida de www.krone.at

Kurt Kotrschal con un amigo canino.
Fotografía de Peter Rigaud, obtenida de www.krone.at

“…Si tratas a tu perro solo como una máquina de estímulo-respuesta, no es justo para el perro, y no obtendrás resultados óptimos…” K.K.

Kurt Kotrschal, director del Wolf Science Center en Austria, estuvo en España, invitado por Aarón Sánchez y Luis Souto, e impartió en las instalaciones del Instituto Tecnológico EDUCAN uno de los seminarios mas “explosivos” y revolucionarios que un científico del comportamiento haya realizado jamás en España.

Sus ideas eran tan poderosas, tan independientes de los lugares comunes habituales en el mundo del perro, que tuvimos que hacerle una entrevista 😉 😉 . Es raro que un científico esté tan dispuesto a posicionarse con claridad y firmeza en prácticamente todos los temas candentes para los adiestradores, Kurt no solo está dispuesto, sino que considera que debe hacerlo.

Kurt dijo en el seminario, y luego nos amplió al entrevistarle, cosas tan sustanciosas como que la dominancia existe en las relaciones sociales de los perros, incluyendo las que tienen con nosotros (pero nada tiene que ver con el maltrato), que la castración sistemática no es ética, que los perros y los lobos tienen diferencias sustanciales a nivel de aprendizaje, pero también similitudes..

Colgamos varios artículos y cortes de la entrevista con algunas de estas bombas conceptuales, que fueron muy visitados y comentados. Generando debates acalorados, revisiones críticas de lo que creíamos saber, puestas en común de diferentes puntos de vista al respecto…

En el mundo del adiestramiento, donde nos movemos demasiado entre el seguidismo acrítico y el linchamiento feroz, pocas veces se ha visto un intercambio entre posturas tan amplio y constructivo como el consecuente con la publicación de las ideas de Kurt. También fue un debate muy internacional, llegaban opiniones y análisis desde todos los países castellanoparlantes.

Hoy colgamos, por fin, la entrevista completa. Y quienes la veáis comprobaréis que los cortes que anticipamos eran solo la punta del iceberg de las ideas y reflexiones de uno de los científicos que mejor saben en qué se parecen y en qué se diferencian los perros y los lobos.

Kurt es uno de los científicos más valientes a la hora de opinar y adoptar una postura pública sobre temas que otros pasan de puntillas para no molestar a nadie. Pero sabe que solo molestando a los que quieren silenciar los debates, a los que quieren dividirnos en buenos y malos, es como se promueve el pensamiento crítico, el pensamiento científico. Gracias por eso.

#descubrealosperros #entrenarperrosesotracosa #súmatealCOGNITIVOEMOCIONAL

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Por qué dejo el Máster en Intervenciones Asistidas y Etología Aplicada de la UAM

A veces hay que mirar las cosas con detalle, pero sin tocarlas.

A veces hay que mirar con detalle, pero sin tocar.

He decidido abandonar el Máster en Intervenciones Asistidas y Etología Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid (en adelante UAM), en el que impartí clase durante sus dos primeras ediciones.

Esta no ha sido una decisión fácil por muchos motivos: desde la amistad que me une a varias de las personas que participan en él, hasta –absurdo sería negarlo- los beneficios promocionales, comerciales y de imagen que implicaba tanto para mí como para EDUCAN participar en él, pasando por los (mínimos) perjuicios que mi abandono público pudiera causar al mismo Máster en cualquier sentido.

Sin embargo, tengo la convicción de que debo dejarlo y exponer las causas que me llevan a hacerlo. Así se lo comuniqué a la dirección del Máster, con la que he hablado ampliamente sobre esto y que, como es razonable, ha sido informada con antelación, tanto de mi marcha, como de mis motivos y mi decisión de hacerlos públicos. De hecho, el texto que sigue es en buena medida una adaptación de varios de entre los que les envié, y creo que muestra con claridad mis razones.

Como sabéis, soy animalista, y algunas de las ideas que se exponen y de las prácticas que se están -siempre en mi opinión- potenciando desde el Máster entran en conflicto directo con mi ética personal y mi deontología profesional.

Creo que entrenar a los animales salvajes para lograr una docilidad extrema y conseguir interacciones directas con personas, así como para realizar conductas que no son propias de su etología genera un modelo de idealización, objetualización y uso de los animales que es el causante primero del deseo de poseerlos, de la idea de que “les gusta estar haciendo cosas para nosotros” y consecuentemente tanto de su explotación comercial, como del mascotismo, raíces principales del tráfico, tenencia y maltrato de muchos animales salvajes.

Desde su inicio conocía de la participación de empresas y personas cuya visión es contraria a la mía, dedicándose al entrenamiento de animales salvajes para su uso comercial en cine, publicidad y similares. Aunque no compartiese su enfoque, tras hablarlo con otros compañeros y con la dirección del Máster, entendía que se buscaba dar a los alumnos una visión amplia y que, además, las clases con este tipo de animales se referirían exclusivamente a su manejo y cuidado, algo que no implica ni su entrenamiento para la interacción directa con personas, ni la enseñanza de habilidades o trucos que sean de interés para su explotación publicitaria.

Sin embargo se han ido volviendo frecuentes las fotografías de alumnos en interacción directa con animales salvajes y la inclusión en las clases de pautas de entrenamiento para lograr dichas interacciones. Esto no solo se expone como algo aceptable, sino apetecible y valioso, teniendo un efecto de máxima relevancia en la captación de alumnos y determinando el enfoque del Máster, sea de manera buscada o no.

El contacto directo con animales salvajes dóciles siempre es muy atractivo, pero tengo la convicción de que resulta negativo para su conocimiento y respeto, y que aprovecharlo promocionalmente y divulgarlo desde una institución con el peso específico de la UAM es, más o menos indirectamente, justificarlo y perpetuarlo.

Entiendo que es beneficioso y necesario para los alumnos conocer diferentes acercamientos y opiniones sobre cómo se entiende el comportamiento de los animales, la intervención comportamental y las diferentes prácticas profesionales relacionadas. Toda formación debería trasmitir el hecho cierto de que en este área cohabitan diferentes ópticas e interpretaciones, así como potenciar el pensamiento crítico.

Pero también sucede que a veces el deseo de ofrecer una visión amplia puede caer en la falacia del punto medio, igualando todas las opciones pese a que alguna de ellas tenga mayor respaldo y aceptación científica. Lo cierto es que la interacción directa con animales salvajes, así como su entrenamiento y uso para espectáculos, publicidad u otras filmaciones, tiene muy poco respaldo y escasa aceptación como práctica eficaz y ética para la mejora de su bienestar y conocimiento, y opino que, en justicia, así se les debería exponer a los alumnos. Darle una posición de igualdad, sumado al inevitable atractivo que implica, creo que promociona estas prácticas, ensombreciendo otros acercamientos que tienen mayor respaldo y apoyo académico, aunque sean menos atrayentes.

Entiendo que este es un punto en el que existen otras  maneras de ver las cosas, que quienes lo encuentran adecuado aluden a la necesidad de financiar de algún modo los lugares donde se aloja y cuida a los animales salvajes rescatados del tráfico ilegal o del maltrato, y que sostienen que la cercanía, la docilidad y el contacto directo son embajadores eficaces para suscitar simpatía hacia estos animales. No dudo en absoluto de la buena fe de quienes piensan que estas son soluciones adecuadas para el problema.

Sin embargo, yo tengo la convicción de que mostrar a los animales salvajes como amigables y “felices” de hacer aquello que les pidamos perpetua un modelo de entrenamiento centrado en la posibilidad de su uso y disfrute por nuestra parte.

Es por ello que debo abandonar un proyecto que no solo lo encuentra aceptable, sino que lo potencia al ofrecerlo como parte importante de la formación para los futuros profesionales del sector, que en mi opinión deberían aprender más bien de sus efectos nocivos y riesgos que de sus beneficios.

Creo necesario hacer públicos los motivos de mi marcha, puesto que no querría generar confusión o valoraciones equivocadas en las personas, por pocas que sean, que entiendan mi presencia como una garantía o indicación de que el Máster cumplirá con las premisas de ética animalista que públicamente he expuesto una y otra vez como bases de todo mi trabajo. Finalmente, si se apuntan alumnos con una sensibilidad igual a la mía sólo se generarán tensiones e incomodidad durante la realización de algunas clases, lo que sería contraproducente y desagradable para todas las partes. Mejor hacer todo lo posible por evitarlo y así facilitar su desarrollo óptimo.

Por supuesto, mi incompatibilidad ideológica no implica en modo alguno desvalorización del Máster. No deseo que nadie la interprete como ningún tipo de descalificación de la calidad formativa ofrecida, puesto que me consta que incluso los profesionales más alejados de mis criterios de entre los que componen su claustro tienen una trayectoria profesional reconocida y consistente, estando cualificados para enseñar a los alumnos eficazmente sobre sus respectivas propuestas de trabajo. Sencillamente algunas cosas que se enseñan son incompatibles con mi ética personal y mi deontología profesional.

Por los motivos expuestos, no continuaré impartiendo clases en el Máster ni figurando -ni EDUCAN ni yo- entre los profesores y entidades colaboradoras.

Espero que mi marcha sea entendida en su justa dimensión y lamento cualquier problema que pueda causar a terceros.

También recomiendo la visita a la página de ADanimalsfree, donde los lectores pueden ampliar el argumentario que he expuesto.

 

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EDUCAN y el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL, la tercera vía.

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Al hacer nuestros nuevos compañeros de viaje en EE.UU. un estudio de mercado muy amplio y consistente se encontraron con unos datos que hacían este país optimo para llevar allí EDUCAN y el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL. Esto les resultó tan evidente con los resultados del estudio en la mano que decidieron iniciar un camino que les exige grandes inversiones durante varios años (tienen que invertir al menos cien mil dólares en los primeros dos años para que les permitan instalar la empresa, que allí pocos juegos). Un camino que les hará cambiar su vida: su lugar de residencia, su trabajo… todo.

¿Qué es lo que encontraron y cómo se relaciona con EDUCAN y el C-E para que tuvieran tan claro que será un éxito?

Encontraron que en EE.UU., como en otros lugares, hace unos años se instaló en el entrenamiento de animales un buenismo demagógico que, después de unos años de auge, ha causado una fuerte reacción en contra del público, de quienes eran sus clientes. La falta de claridad deontológica y el uso continuado de la acusación como herramienta de trabajo para culpabilizar de tooooodo lo que no funciona a otros profesionales y a quienes conviven con los perros no han podido seguir justificando su falta de resultados.

El problema está en que el extremo contrario, la vía opuesta, al buenismo demagógico es el resultadismo absoluto, que admite cualquier práctica si es eficaz para modificar la conducta del perro, siendo su único criterio de calidad la consecución de resultados concretos para aumentar o disminuir la conducta sobre la que se interviene.

El mercado estadounidense, que es muy exigente y muy reactivo, a resultas de lo anterior, cambió hacia la que parecía la única alternativa, la que les habían “vendido” como la otra vía: el resultadismo.

Como consecuencia directa la franquicia de adiestramiento que más ha subido es Sit Means Sit, cuya traducción literal es “Sienta significa sienta”, lo que es a la vez  un nombre,  un eslogan y una declaración de intenciones que no llama a engaño sobre su opción por la vía resultadista. Una empresa que, en su página de inicio, muestra como “bandera” un collar eléctrico con el nombre, logotipo y colores de la franquicia.

Sit Means Sit, basándose en un mensaje radicalmente resultadista, ha sido la mayor beneficiada del descontento causado por el auge y caída del buenismo antes imperante. Más de ciento veinte delegaciones desde 2010. Desde ayer como quien dice.

Una empresa que debe su rápido éxito a aprovechar un cambio de tendencia.

Que debe su éxito al siempre peligroso, al siempre equivocado, péndulo buenismo/resultadismo: después de unos años de comprar buenismo masivamente el mercado estadounidense, decepcionado, se ha movido ahora hacia el resultadismo. Pero tengo la convicción de que esto es una reacción de compensación, no una demanda de fondo.

Es consecuencia de un mercado que se ha creído que solo existen dos vías para elegir, algo que es falso, pero que, no nos engañemos, les interesa a quienes están y promueven tanto el resultadismo como el buenismo. Porque, ya sabes, si estás descontento la próxima vez vota a Kodos.

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Esta es una polémica falsa, que divide el mundo del entrenamiento entre dos bandos igualmente destructivos, poco profesionales y nocivos para el avance y dignificación de nuestra profesión.

Por eso llevamos ahora a EE.UU el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL, la tercera vía del trabajo con perros. Porque no es cierto que estemos entre la espada y la pared. Esa es la mentira más insidiosa y tóxica con la que nos han intoxicado.

Elegir entre dos vías contrarias: una mentira rentable.

El entrenamiento canino siempre ha tendido a moverse y explicarse a través de la confrontación entre dos opciones que se muestran como simétricamente opuestas e incompatibles.

Parece que los entrenadores, y consecuentemente los propietarios de perros, tienen (tenemos) permanentemente que elegir bando en un sistema bipartidista, lo que genera problemas técnicos para progresar y posicionamientos más ideológicos que conceptuales en muchos casos.

Este frentismo no es una casualidad, es fruto tanto de las limitaciones formativas e inseguridades de algunos profesionales, que se muestran defensivos y cerrados cuando se cuestionan sus prácticas o se plantean prácticas novedosas, como de los intereses espurios de algunos entrenadores y escuelas que basan su marketing en la comparación favorable con “los malos”.

Así, parece que quienes contratan un entrenador o aquellos que buscan formarse como entrenadores deben elegir siempre entre dos vías, una les debe parecer buena y la otra mala.

Parece que desde el principio el interés principal está en encarrilarnos, en captarnos y en cambiar el pensamiento crítico por prejuicios y partidismos radicales.

Aunque hoy día perviven estas confrontaciones, el surgimiento de la propuesta de trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL que hicimos desde EDUCAN a finales de los noventa creó una tercera vía para el entrenamiento, la educación, y la intervención sobre el comportamiento canino.

Una tercera vía que se está mostrando como la solución a los problemas tanto ideológicos como técnicos del sector de los profesionales del entrenamiento, siendo la que más aceptación, crecimiento y éxito está teniendo en todos los lugares donde se incorpora, cambiando el sector profesional de cada país en el que es introducida.

Una tercera vía que promueve la visión crítica y el diálogo, pues son casi, casi la misma cosa. Que potencia la objetividad y la cooperación entre profesionales, la relación horizontal y la colaboración desde el disenso, nada de optar entre el seguidismo o la confrontación.

Una tercera vía para los que prefieren estar a favor de cosas que estar en contra de cosas, para los que consideran que quien afirma que todo está inventado solo está confesando su incapacidad y que quien dice tener la exclusiva de lo que funciona está equivocado y frecuentemente desea tener la razón más para usarla como una cachiporra contra los que no le reconocen su posición de gurú preclaro que para ayudar a las personas y a los perros.

Y esto lo logramos incorporando cinco elementos novedosos a la manera de analizar e intervenir profesionalmente en el comportamiento de los perros.

Los cuatro primeros son la gestión emocional, el aprovechamiento de capacidades cognitivas de los perros más allá del aprendizaje asociativo, el afecto como herramienta de trabajo sistematizada (que no es lo mismo que quererles mucho) y una deontología explícita, objetiva y pública, que puede encontrarse tanto en nuestra página como, más extensamente, en nuestro último libro Tu perro piensa y te quiere.

Incluso el nuevo Laboratorio EDUCAN de Medición Fisiológica del Bienestar Canino está pensado para ser una herramienta de medición objetiva sobre cómo influye lo que hacemos en el bienestar de los perros y así afinar cuáles son las prácticas objetivamente preferibles de entre las que obtienen resultados.

El quinto elemento no es Mila Jovovich, que ya quisiéramos, sino el carácter dinámico, abierto e inclusivo del trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL, respetando sus bases conceptuales cualquiera puede (¡y debe!) sumar nuevas propuestas, nuevas técnicas. Así, en los países en los que el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL ha sido exitoso, han surgido protocolos para actualizar de manera más eficaz y saludable herramientas de trabajo tan problemáticas emocionalmente como el clicker, protocolos para lograr el éxito deportivo en diferentes disciplinas de manera que guía y perro sean colaboradores necesarios, nuevas propuestas de análisis e intervención sobre los problemas de comportamiento… Incluso quienes no sienten simpatía por esta forma de trabajar han incorporado a su práctica y léxico términos como “estado emocional”, “gestión emocional”, “cognición canina” o “gestión del entorno”.

Y justamente por este motivo, por la relevancia global de esta tercera vía, nos han insistido en la necesidad (¡y oportunidad!) de implantarnos en los EE.UU, porque allí está muy vivo el modelo de confrontación que “rompe” en bandos a nuestro sector a través de dos enfrentamientos para los que EDUCAN y el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL suponen una tercera vía alternativa y mejor.

Existe un primer enfrentamiento respecto al lugar de donde nacen las técnicas y protocolos que empleamos para intervenir en la conducta de los perros y otro, que en realidad es consecuencia del primero, que enfrenta la ética a los resultados.

Primer enfrentamiento: La ciencia antipática frente a la pseudociencia y pensamiento mágico.

La primera confrontación es entre la ciencia y las ideas creenciales, mágicas y pseudocientíficas como fuente de la que nutrirnos para diseñar y llevar a cabo cualquier proceso de intervención comportamental.

Hasta la revolución cognitiva en el entrenamiento canino científico han sido dominantes dos modelos de trabajo basados en ideas científicas antiguas que “maquinizan” al perro:

  • Uno conductista, en el que el perro es una máquina de aprendizaje asociativo, que se limita a vincular sucesos del entorno con las conductas que estuviera realizando en ese momento.
  • El otro instintivista, que plantea que el perro es una máquina de emitir respuestas instintivas, de manera principalmente reactiva, ante determinados estímulos del entorno.

Muchos profesionales del entrenamiento actual se adhieren todavía a una de estas dos visiones, o a una mezcla de ambas.

Pero las dos ven al perro como una máquina que responde a lo que pasa, sin capacidad prospectiva. Sin posibilidad de gestionar de manera activa su entorno.

Esta ciencia emplea mensajes e ideas que no nos gusta escuchar: el perro no nos quiere, sino que lo parece porque nos asocia a comida y otras cosas buenas, el perro no comprende las situaciones sino que se limita a responder a ellas, el perro no tiene intencionalidad, sino instintos… sencillamente el perro es algún tipo de máquina de conducta más o menos programable si conoces el lenguaje de programación.

Esto promovió la atracción de muchos por los “cantos de sirena” de la pseudociencia, que secuestró para su uso privado palabras que la ciencia maquinista del comportamiento desechaba o miraba con desprecio: “emoción”, “vínculo”, “afecto”, “empatía”, “comprensión”. Términos e ideas atractivos que se emplearon desde la visión supersticiosa sin ningún rigor, para promover los entrenamientos basados en “energías”, basados en el pensamiento positivo, en comunicaciones telepáticas, en liderazgos casi chamánicos y otras ideas similares. Basados en nada.

La tercera vía: el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL, ciencia sólida y con mensajes que el público desea escuchar frente a la ciencia antipática y la pseudociencia.

Esta confrontación entre una ciencia sólida pero antipática y la pseudociencia está superada por la ciencia cognitiva, que ofrece una ciencia comprensible, con mensajes que son positivamente recibidos por el público y que coinciden con la sensibilidad y la óptica de quienes tienen perros y les quieren, de quienes tenemos perros y los queremos.

Los perros tienen capacidades de pensamiento que les llevan a intentar comprender su entorno y modificarlo con su conducta, en lugar de limitarse a reaccionar a él, son prospectivos y no solo reactivos. Buscan empoderarse del ambiente, no responder a él.

Los perros sí nos quieren, el afecto es un motor de conducta importante, no hace falta comida para que realicen las cosas que les pedimos.

Además tienen formas de aprendizaje especiales, especie-específicas, para relacionarse con los individuos a los que quieren y para aprender a integrarse en un grupo social de manera armónica. Si usamos principal o únicamente refuerzos individuales como la comida para educar a nuestros perros, en lugar de estas capacidades afectivas y sociales, les haremos menos competentes a nivel social, comunicativo y afectivo. La comida está bien para enseñar conductas nuevas, pero no debe usarse sistemáticamente como herramienta relacional, porque puede tener efectos muy destructivos.

EDUCAN y el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL son la tercera vía más allá del pensamiento mágico y la ciencia de ayer, con protocolos de trabajo que incorporan la ciencia del comportamiento más actual y aceptada. Una ciencia que congenia perfectamente con la manera de entender al perro de quienes viven con ellos y les quieren.

Con el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL ya no hay motivo para elegir entre hacer un entrenamiento científico que no cuadra con nuestro conocimiento empírico de los perros como amigos y compañeros o dejarnos seducir por la pseudociencia. No hay motivo para hacer un entrenamiento con el que no nos sentimos cómodos, ni necesidad de refugiarse en las mentiras amables de la pseudociencia, que nos ofrece lo que deseamos sin apoyarse en ningún dato. Sin nada más allá de intentar a toda costa decir lo que quieran escuchar, lo que quieran “comprar” los propietarios de perros.

 Segundo enfrentamiento: buenismos frente a resultadismos.

Pero la polémica más extrema, la más frecuente, la que más divide a la profesión, la que más parece presionarnos para elegir entre bandos y la que más ha pesado para iniciar la aventura de EDUCAN en EE.UU. es la que iniciaba este texto, la que enfrenta la vía resultadista con la vía buenista.

  • Los resultadismos, consideran admisible toda aquella forma de práctica profesional que logra los objetivos conductuales deseados. Esta es una puerta abierta al maltrato, al abuso profesional, a la simplificación excesiva y a la objetualización del perro, en oposición al reconocimiento de su valor como individuo.
  • Los buenismos, hacen grandes declaraciones de intenciones, pero no concretan de manera objetiva aquellas prácticas que consideran válidas y aquellas que no. Esto da lugar a juicios diferentes sobre prácticas iguales, al sectarismo, acaba con el debate profesional, inunda de lugares comunes la profesión y distorsiona los mensajes que reciben los potenciales clientes sobre la profesión, su objetivo y su praxis.

Esta polémica nace porque en un momento dado, y como respuesta ante las maneras abusivas de entrenar que se habían vuelto frecuentes, surgió un movimiento ético que planteaba que no todo es válido para conseguir que el perro realice o deje de realizar una conducta que nos interesa.

Este era un cambio necesario, imprescindible, que hubiera debido llevarnos al desarrollo de una o varias deontologías profesionales que permitirían a los propietarios saber cómo trabajaba cada profesional antes de contratarles, lo que funcionaría como regulador, pues el mercado preferiría progresivamente a quienes lograsen los mismos resultados de las maneras menos invasivas, más amigables y más éticas. Evitar el maltrato y promover el conocimiento de la especie con la que trabajamos, respetar su imagen y necesidades, así como promover el bienestar y el acceso a la felicidad de los perros durante su adiestramiento siempre ha sido un tema central en nuestro acercamiento.

El problema empezó cuando algunos descubrieron que la ética podía ser el principal e incluso el único argumento de venta de su producto y simultáneamente era una forma muy eficaz de desacreditar a su competencia para posicionarse en el mercado.

Esto llevó a una radicalización del discurso en su forma, pero una dilución en su fondo: cada vez se proclamaba más alto y más vehementemente la calidad ética propia y la falta de calidad ética de “los otros”, pero cada vez se definía menos objetivamente cuáles eran las prácticas concretas de un entrenamiento ético, una actuación propia de sectas pseudocientíficas y no de quienes basan su praxis en cualquier tipo de ciencia.

La estrategia era perder a quienes indagaban, llevándoles por un laberinto de lugares comunes, de frases buenistas indefinidas y llenas de posibles interpretaciones para que así creyesen haber oído lo que deseaban y lograr su adhesión.

Y es que el buenismo NUNCA es lo ético, el buenismo es lo contrario de la ética: la representación teatral e impúdica de una apariencia de bondad para venderse. El buenismo siempre son la rapacidad y el ego disfrazados, y en muchos casos también la ignorancia defendiéndose del conocimiento y pretendiendo destruirlo.

Porque esta es una polémica falsa, que divide el mundo del entrenamiento entre dos bandos igualmente destructivos, poco profesionales y nocivos para el avance y dignificación de nuestra profesión.

Una polémica que nace únicamente de una carencia que ninguno de los dos bandos quiere subsanar, porque no les interesa: la falta de una deontología profesional objetiva y comprobable.

Lo que realmente quiere el público es un entrenamiento con una ética real, de la que se deriven normas de buena y mala praxis objetivas y comprobables, pero que también sea eficaz y les convierta en compañeros y tutores cualificados de sus perros, no en permanentes sospechosos de maltrato, siempre en déficit, siempre fallando.

La tercera vía: EDUCAN, la deontología profesional definida, explicita y pública.

La deontología profesional es lo contrario al buenismo, es la exposición honesta clara y objetiva de las prácticas que consideramos aceptables en el ejercicio de nuestra profesión y de las que no.

Estas prácticas deben responder a parámetros y criterios que puedan comprobarse y medirse de tal modo que puedan evaluarse objetivamente por parte de un tercero.

La correcta práctica profesional al intervenir en el comportamiento canino, en nuestra opinión, está determinada por tres aspectos, que deben poder ser evaluados de manera objetiva:

  1. En primer lugar su eficacia, si una intervención no es eficaz sencillamente no tiene sentido.
  2. En segundo lugar su incidencia en el bienestar del perro. Podríamos obtener resultados conductuales, que el perro haga o deje de hacer algo, a través de mecanismos que causaran deterioro en la calidad de vida del perro a medio o largo plazo ¡o con otros que la mejorasen! estos últimos serían los adecuados.
  3. En tercer lugar su deontología, debemos ser explícitos sobre qué prácticas consideramos adecuadas y cuáles no. Existen diferentes sensibilidades hacia la interacción con los perros y, aunque nuestra intervención sea eficaz y aumente el bienestar del perro de manera objetiva, debemos informar a nuestros clientes previamente a contratarnos sobre cómo trabajamos y sobre los motivos que nos llevan a ello, para que elijan libremente y de manera informada al profesional con quienes se sientan más cómodos e identificados. Esta es la única manera de permitir que los clientes realmente hagan una elección informada sobre las prácticas del profesional que contratan.

Por supuesto, por clara que sea nuestra deontología profesional, siempre pueden surgir situaciones ambiguas, en el límite entre lo que es aceptable y lo que no. En estos casos tendremos que realizar una valoración ponderada sobre qué es correcto en dicho caso concreto, para ello es recomendable consultar con colegas que comparten nuestra deontología y que nos aportarán perspectiva.

Pero si hemos definido bien nuestra deontología profesional los casos dudosos serán residuales y absolutamente excepcionales. Si aparecen con frecuencia nuestra deontología no es clara y/o suficiente.

Quienes no tienen su deontología profesional accesible al público, quienes dicen frases estupendas y preciosas, llenas de “amor”, pero que no son objetivamente evaluables por un tercero, no están actuando éticamente bien a nivel profesional, pues no asumen un compromiso real de buenas prácticas que les pueda ser exigido y no informan suficientemente a sus posibles clientes sobre su manera de trabajar, hurtándoles la posibilidad de una auténtica elección informada sobre el profesional al que contratan.

EDUCAN y el trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL son la tercera vía porque proponemos un auténtico entrenamiento ético, porque definimos con claridad qué prácticas nos parecen correctas y cuáles no de manera que un tercero pueda observarnos trabajar objetivamente y evaluar si las cumplimos.

La tercera vía: un camino público y sin propietarios

Pero ¡ojo! también están en la tercera vía todos los profesionales del comportamiento que avanzan con el conocimiento, que lo aceptan aunque les contradiga y les obligue a cambiar lo que hacen. Los que no dejan congelado en el tiempo el momento de la ciencia que les gusta, o con el que se sienten cómodos (lo que es un dogmatismo contrario al pensamiento científico).

Están en la tercera vía todos los profesionales que se niegan a posicionarse en frentes ridículos, todos los que se preocupan primero y principalmente de exponer lo que ellos hacen de modo claro y sincero, en lugar de centrarse en decir qué hacen mal sus competidores y soltar frases bonitas como brindis al sol para gritar su estupendez.

Todos ellos están con nosotros en esta tercera vía del trabajo con perros, se hayan incorporado hace tiempo o lo hagan ahora, estén más o menos de acuerdo con algunas de nuestras maneras de hacer algunas cosas, nos resulten simpáticos o antipáticos. Eso es lo bueno de la tercera vía, que nadie tiene que concederte su permiso para entrar, que no existe una selección sectaria, ni nadie que emita (cobrando) los carnets de acceso: basta con hacer bien y honestamente las cosas a nivel técnico y profesional.

Y creemos -tenemos la convicción- que la gran mayoría de entre quienes contratan servicios para intervenir en la conducta de sus perros están deseando incorporarse a esta tercera vía del comportamiento canino.

#súmatealCOGNITIVOEMOCIONAL #entrenarperrosesotracosa #EDUCANtodosabordo

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Pasado y presente: El enfoque de GESTIÓN EMOCIONAL frente al CONDUTISTA/HABITUACIONISTA.

Mejor enséñame a gestionar mis emociones, que no puedo evitar tenerlas ;-) ;-)

Mejor enséñame a gestionar mis emociones, que no puedo evitar tenerlas 😉 😉

Muchas veces quienes tienen experiencia previa en modelos de entrenamiento conductistas tienen dificultad para ver los beneficios del adiestramiento COGNITIVO-EMOCIONAL, por dos motivos:

  1. El tiempo de entrenamiento para lograr la misma conducta suele ser igual, o incluso superior en algunos casos, respecto a la manera de entrenar que ya conocen.
  2. La conducta no será necesariamente mejor ejecutada en lo que se refiere a su forma que enseñándola de manera conductista.

Esto hace que puedan pensar que no tiene mucho sentido cambiar su manera de trabajar para lograr lo que en apariencia son resultados iguales.

Las ventajas que ofrece al adiestramiento COGNITIVO-EMOCIONAL en la enseñanza de destrezas no están en la velocidad de adquisición o en la precisión de la conducta, sino en el mantenimiento de su eficacia en el largo plazo, en las motivaciones para trabajar y en el encaje del adiestramiento como una actividad social conjunta y satisfactoria por sí misma entre la persona y el perro. En temas de fondo y de largo plazo, y es lógico que esto dificulte a quienes tienen experiencia previa exitosa con otras formas de trabajo el plantearse cambiar.

Sin embargo existe un área en la que las propuestas del trabajo COGNITIVO-EMOCIONAL ofrece resultados más rápidos, más consistentes y más prácticos que sus alternativas.

Y es en el trabajo de problemas emocionales.

Ahora sigue un mega tocho de post técnico, pero no tienes porqué pasar por ello, también puedes ver un resumen en este video:

EL ENFOQUE CONDUCTISTA/HABITUACIONISTA

El modelo tradicional conductista considera las emociones como etiquetas o como respuestas fisiológicas involuntarias bajo las que agrupamos una serie de conductas que se realizan sin necesidad de aprendizaje ante la presencia de determinados estímulos y se pueden asociar a otros estímulos por condicionamiento respondiente (clásico). Es decir que el eventual aprendizaje de estas conductas asociadas a otros estímulos que los que las activaban originalmente, así como la consolidación de dicho aprendizaje, depende de que aparezcan después del estímulo mucho más que de obtener algo con ellas. Su mera aparición es el refuerzo que las fortalece.

Esto tiene varias consecuencias conceptuales para trabajar con ellas desde una óptica conductista que define la mayoría de los trabajos que ¡¡aún hoy!! son los más usados para tratarlas, pese a sus limitadísimos resultados.

Al no ser conductas voluntarias, que dependen de sus consecuencias para aparecer, asociarse a estímulos y consolidarse o disminuir, los caminos y recursos para influir en ellas dependerán de capacidades involuntarias en el perro.

La base del trabajo sobre el estímulo original que activa la conducta sin necesidad de aprendizaje será habituar al perro al estímulo, es decir hacer desaparecer las conductas emocionales problemáticas haciendo que el estímulo que las activa deje de tener consecuencias para el perro. Si hubiera aprendizaje respondiente deberíamos interrumpir y debilitar la asociación por condicionamiento clásico entre la conducta emocional y el estímulo al que la hubiera asociado.

Ambas cosas se logran principalmente exponiendo al perro a dicho estímulo  a niveles muy bajos en sesiones controladas de manera que no aparezca la conducta, y subiéndolos progresivamente de tal manera que no aparezca la conducta durante el proceso y se acostumbre a ellos.

Este es el enfoque conductista/habituacionista.

El habituacionismo parte de la interpretación conductista que trata la emoción como proceso involuntario, como conducta involuntaria ante determinados estímulos, que además se puede aprender por condicionamiento respondiente, una contingencia de dos términos, estímulo-conducta, en la que el aprendizaje depende de la aparición de la conducta tras el estímulo y no de la consecuencia derivada de la conducta.

Como digo, la intervención comportamental habituacionista se centra en bajar el nivel del estímulo para evitar la aparición consecuente de la conducta, haciendo que la emoción siempre aparezca en niveles muy bajos para habituar al perro a él, y/o debilitar y/o cambiar las asociaciones respondientes entre estímulos y conductas, lo que se hace principalmente usando procesos involuntarios, como la habituación y la positivización, siendo sus recursos principales de intervención la desensibilización sistemática y el  contracondicionamiento emocional para positivizar, asociando al estímulo que se quiere “desactivar” una conducta involuntaria, respondiente, contraria a la de la emoción cuya aparición es problemática: juguetes, comida…

Aunque algunas propuestas conductistas/habituacionistas pueden añadir medidas secundarias que implican conductas voluntarias, podemos distinguirlos porque el peso del avance estará siempre en los procesos involuntarios y en la desaparición de respuestas conductuales ante los estímulos.

Consecuentemente desde esta óptica se propone trabajar siempre en niveles muy bajos de emoción, evitando que el perro  sea expuesto a ninguna situación en la que pueda activarse la conducta emocional inadecuada durante el tratamiento. Lo que impediría la habituación y/o reforzaría el aprendizaje respondiente.

Esta propuesta es infinitamente larga de llevar a cabo, a veces es imposible de compatibilizar con las necesidades y vida cotidiana del perro y/o de su “familia humana”, porque evitar que durante seis meses se encuentre con ningún perro o no vea coches si les tiene miedo es irreal e imposible.

En parte por esto, y en parte porque conceptualmente es un modelo que niega e ignora lo que hoy sabemos del funcionamiento de las emociones por lo que no aprovecha los avances en este campo, las propuestas conductistas/habituacionistas prácticamente nunca llegan a normalizar al perro: tras procesos muy largos y muy exigentes en todos los aspectos solo nos aportan, en el mejor de los casos, mejoras parciales. Lo cierto es que casi imposible resolver un problema emocional serio usando desensibilización y positivización como recursos principales.

De hecho, actualmente las limitaciones del modelo conductista/habituacionista está cambiando el mercado más importante a nivel de facturación (que no de calidad) del mundo de la educación canina, EE.UU. Dándose la paradoja de que los ponentes más populares ofrecen el modelo conductista/habituacionista como el más eficaz y operativa, como el único real. Pero los resultados son tan limitados y frustrares para el público que ha surgido un movimiento del mercado hacia los resultadistas más cañeros: la franquicia de adiestramiento que más ha crecido en los últimos años allí, y que ya tiene más de noventa delegaciones disputándose el primer puesto, es Sit Means Sit, que significa “Sienta significa sienta”, pero que podría traducirse apelando a su mensaje como “La letra con sangre entra”. Una empresa de adiestramiento cuya imagen de portada es un collar eléctrico que se fabrica ya con los logos e imagen de la empresa.

Y esto es en buena medida consecuencia de la inoperancia práctica -fuera de los seminarios- de los modelos conductistas/habituacionistas para ayudar a los perros que conviven con nosotros y tienen problemas emocionales, pero esa es buena parte del tema de mi próximo post, así que no lo expondré en más detalle.

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… Y solo lleva la mitad :-/ :-/ , menos mal que está el video.

EL ENFOQUE DE GESTIÓN EMOCIONAL

Cuando el enfoque conductista era todo lo que teníamos había que resignarse a trabajar con él y así lo hacíamos. Pero afortunadamente para nosotros, y sobre todo para los perros, la ciencia del comportamiento avanzó y nos aportó nuevos conocimientos sobre el funcionamiento de las emociones, ofreciéndonos nuevos recursos de intervención sobre las conductas emocionales. Que no son la misma cosa.

La emoción es un estado interno determinado que: (1) surge como respuesta inmediata e involuntaria de los animales ante un estímulo o situación y que les (2) permite orientar adecuadamente su conducta y (3) evaluar su eficacia.

Con esto vemos que la emoción tiene tres planos funcionales. Su activación ante algo, su aprovechamiento al producir conducta adecuada para responder a la emoción y la evaluación posterior de la situación para poder volver a la calma si se ha solucionado el problema que la activaba, o seguir emocionalmente activo y generar nuevas conductas cuando no se ha logrado.

La gestión emocional es el conjunto de procesos relacionados con la activación, aprovechamiento y evaluación de eficacia de las emociones.

Aquí expondremos las bases del trabajo de gestión emocional, el enfoque que usamos en EDUCAN, pero, tengo que meter una cuña publicitaria: si quieres saber cómo aplicarlas de manera práctica… te toca esperar a mi próximo libro o apuntarte a nuestros cursos, donde es la manera de afrontar los problemas emocionales que enseñamos.

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Una gestión emocional saludable activará las emociones convenientes en el momento y nivel adecuado, las aprovechará de manera adaptativa y devolverá al perro a la calma tras la situación emocional, permitiendo que las emociones funcionen como ayudantes eficaces para la supervivencia y búsqueda de bienestar del perro en su entorno y grupo social.

Aparecen problemas emocionales cuando la emoción se activa de manera inadecuada, cuando no se aprovecha correctamente o cuando no se evalúa eficazmente la respuesta emocional.

Nuestro objetivo será restablecer la salud emocional y mejorar la capacidad de gestión emocional del perro, no cambiar conductas concretas. Las conductas son la manifestación del problema, nunca el problema en sí.

El enfoque gestional parte de una interpretación emocionalista que trata la emoción como un conjunto de procesos complejos, involuntarios y voluntarios, gran parte de ellos inobservables, de los que la conducta emocional es la expresión visible, dependiendo el aprendizaje de la modificación de dichos procesos.

La intervención comportamental gestionalista tiene tres estrategias complementarias: en ocasiones (1) bajar el nivel del estímulo, para trabajar procesos involuntarios y mejorar la activación emocional, en ocasiones (2) promover y ayudar a la aparición de conductas emocionales correctas para darle al perro control de la situación emocional y mejorar el aprovechamiento emocional, y, en ocasiones, (3) bajar el nivel de la respuesta conductual o impedir la respuesta conductual inadecuada cuando aparece, para promover el autocontrol emocional y mejorar la evaluación emocional de la situación para comprobar si está solucionada.

Esto se hace trabajando en todas las intensidades de la emoción, desde las más bajas a las más altas, pero centrándose en los niveles medios de activación emocional, donde procesos voluntarios e involuntarios interactúan y se puede lograr una máxima mejora de las capacidades de gestión emocional, más que intentando evitar las conductas inadecuadas consecuentes a una mala gestión emocional.

Debe entenderse que el enfoque gestionalista niega las premisas conceptuales de el enfoque conductista/habituacionista (la emoción es una etiqueta para determinadas conductas, la conducta es lo relevante…), pero no la utilidad parcial de sus recursos de trabajo, por eso los incorpora no como única o principal herramienta, sino como una parte de un conjunto mayor.

Esta forma de trabajo además es compatible con la vida normal del perro, y no habrá tremendos retrocesos antes situaciones puntuales de activación indeseada de la conducta emocional. Además tendremos recursos para que el manejo y control del perro ante una situación emocional inesperada sea fácil y beneficie al proceso terapéutico en lugar de desbaratarlo.

Así que una ventaja importante de la propuesta de gestión emocional es que no exige imposibles a los propietarios durante el tiempo que dure la intervención para mejorar el problema. Esto no es secundario, quizá sí, si solo impartes formación sobre el tema, pero si tienes que trabajar con perros y dueños reales la cosa cambia. Mucho.

Podríamos esquematizar la forma de trabajo del enfoque gestionalista:

1. Trabajar principalmente en niveles bajos de emoción con procesos involuntarios y de manera secundaria en niveles medios con procesos voluntarios parar tratar y mejorar los problemas de activación emocional.

2. Trabajar principalmente en niveles medios de emoción con procesos voluntarios y de manera secundaria en niveles bajos con procesos involuntarios para mejorar los problemas de aprovechamiento emocional.

3. Trabajar conjuntamente niveles bajos y medios de la emoción, con procesos involuntario y voluntarios respectivamente, para mejorar los problemas de evaluación emocional.

4. Aplicar de manera combinada e individualizada los tres puntos anteriores a la gran mayoría de problemas emocionales en los que se combinan problemas de activación, aprovechamiento y desconexión emocional.

Este es el trabajo que se haría sobre la emoción problemática, el miedo, la ansiedad, pero no será jamás todo el trabajo a realizar desde una óptica gestionalista.

La buena praxis profesional respecto a las emociones siempre evaluará y mejorará, en caso de ser necesario, la salud emocional del perro, porque las emociones funcionan de manera global y no podemos limitarnos a trabajar sobre los comportamientos problemáticos que provocan, ni siquiera podemos limitarnos a trabajar sobre las emociones que causan una conducta problemática durante la situación en la que aparece dicha conducta.

Aislar y trabajar la conductas emocionales problemáticas es insuficiente.

El sistema emocional del perro funciona e influye en su comportamiento como un todo, por ello debemos trabajar la salud emocional de manera holística. Pero la evaluación y pautas de mejora de la salud emocional serán objeto de otro post.

El enfoque gestionalista entiende que la emoción no se puede reducir a una visión simplificada que se limita a las conductas que la expresan y que propone operar única o principalmente a través de que desaparezca la activación emocional, en lugar de redirigirla hacia un camino adaptativo y exitoso, que cause el cambio conductual a través de que el perro mejore sus recursos para gestionarla.

Los conocimientos actuales sobre el complejo funcionamiento de la emoción hacen que entendamos como reduccionista, limitado y obsoleto el enfoque conductista/habituacionista, siendo la opción más eficaz, operativa y consistente la gestionalista.

Ayuda a gestionar emociones, no elimines conductas. 

#descubrealosperros #súmatealCOGNITIVOEMOCIONAL #entrenarperrosesotracosa

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Riesgos emocionales de los trabajos de olfato mal planteados.

Kata en el sofá después de "terminar" un yogur, le encanta quedarse dormida olfateando algo que hubiera tenido comida antes, es su equivalente a leer algo en la cama para facilitar dormirse. ¿Perros histéricos por hacer olfato? ¡Not my cup of tea!

Cata en el sofá después de “terminar” un yogur, le encanta quedarse dormida olfateando algo que hubiera contenido comida, es su equivalente a leer algo en la cama para facilitar dormirse.
¿Perros histéricos por hacer olfato? Not my cup of tea! 🙂 🙂  

Mi amigo troceó varias lonchas de bacon crujiente sobre la lechuga cortada, picó encima queso cheddar, puso una generosa cantidad de croutones de pan frito y terminó su labor añadiendo tres grandes cucharadas de una espesa salsa César: “Es que quiero empezar a cuidarme y ya sabes que la ensalada es lo más saludable, lo mejor para adelgazar.”

Parece obvio que la ensalada será más o menos saludable o más o menos eficaz para adelgazar según cómo la preparemos, sin embargo a muchas personas les parece que cualquier cosa que puedan hacer entrar en la definición de ensalada será, mágicamente, saludable y ligera.

El trabajo de olfato es la ensalada de los entrenadores caninos: desde que se han descubierto sus potenciales beneficios parece que cualquier trabajo de olfato que hagamos será saludable para el perro y le ayudará a mejorar su gestión emocional.

Pero todo depende de cómo preparemos la ensalada.

En ocasiones se promueven y recomiendan, con la mejor intención del mundo, algunos modelos de entrenamiento de olfato que son eficaces -muy eficaces- para alcanzar resultados, pero que en realidad son insalubres para los perros.

Debemos saber cuáles son la premisas para que un trabajo de olfato sea emocionalmente seguro y saludable, y es muy sencillo.

Los beneficios del olfato se originan en gran medida en que el perro disfruta de lo que está haciendo, con lo que puede aplazarse la obtención de los resultados, encontrar, sin que el perro genere problemas emocionales.

Esto es importante porque (hoy) sabemos hacer muy pocas cosas con los perros que nos permitan diferir en el tiempo la obtención de una meta sin hacer que se obsesionen con ella.

Lo que permite que disfrute de todo el proceso es que el perro durante el trabajo de olfato de manera natural obtiene, llamémosles así en pro de la claridad,  tres “refuerzos”: buscar, encontrar y lo que obtiene al encontrar.

Estos tres “refuerzos” deben mantener un balance entre sí para que el perro continúe disfrutando del conjunto de la búsqueda, siendo particularmente importante mantener el placer de buscar, de explorar el olor. Y eso es lo que solemos romper.

Los perros no necesitan encontrar nada para pasarlo bien olfateando, se quedan largo rato oliendo cosas interesantes sin llegar nunca a localizar su origen: si por tu casa pasan unos gatos, verás cómo después tu perro olisquea con intensidad. Aunque nunca encuentre a los gatos no dudes que cada vez que pasen por allí tu perro volverá a pasar un largo rato oliendo. Un rato divertido.

Los principales problemas, a nivel de salud emocional, con los trabajos de olfato surgen por dos motivos, que se potencian el uno al otro:

  • Elegir mal el refuerzo que le ofrecemos cuando localiza, lo que puede generar adicciones.
  • Entrenar de manera que todo el interés del perro se concentre en encontrar, lo que desvaloriza la búsqueda.

Muchas veces lo que el perro busca es directamente lo que hace valiosa la búsqueda, como al buscar comida o los rastros de otros animales, en estos casos se da una natural proporcionalidad entre intensidad e interés en la búsqueda y satisfacción al encontrar lo buscado. Sin embargo, en otras ocasiones queremos que encuentre algo que no tiene interés directo para él, como drogas, café u otras sustancias que ni le van ni le vienen. Para lograrlo asociamos la sustancia con algo que sí le guste al perro, pero si lo que obtiene es excesivamente excitante y valioso con respecto a la búsqueda podremos generar adicciones, que es el tipo de maltrato, soterrado y discreto, que más frecuente se ha vuelto en el entrenamiento canino y del que no solemos darnos ni cuenta. Sobre ello realicé hace tiempo este artículo.

Además, es usual traernos nuestro enfoque en adiestramiento de obediencia al trabajo de olfato. Si nos fijamos, veremos que en la mayoría de los entrenamientos de obediencia (no en el C-E) lo que se hace es atrasar progresivamente la entrega de un refuerzo individual de interés para el perro, esto hace que se muestre activo e interesado, pero tiene un coste: el perro trabaja con concentración tensa, centrado solo en lo que obtendrá, lo que es vistoso y eficaz, pero emocionalmente insalubre, en lugar de mostrar concentración relajada, centrado en lo que está haciendo, que es el tipo de concentración que trae mejoras en la gestión emocional. Esto lo expuse en detalle cuando escribí sobre la concentración relajada. Este enfoque es completamente errado en el olfato, y, sea como sea nuestra manera de entrenar, innecesario: lo adoptamos por inercia, por la pereza, que nos tienta a hacer lo mismo que nos funciona en otra área del entrenamiento, pero si entrenas olfato con la misma cabeza que te pones para entrenar obediencia estás entrenando olfato mal.

En el trabajo de olfato es fundamental  mantener un balance entre (A) el tiempo y (B) dificultad de búsqueda, (C) el valor de lo que se obtiene al encontrar y (D) el estado emocional que genera el refuerzo elegido.

Nada más nocivo para el perro y para su formación en olfato que combinar estas dos cosas: (1) asociar al principio del entrenamiento un refuerzo demasiado valioso y excitante, típicamente un mordedor o pelota, a encontrar y (2) hacer que las primeras búsquedas sean muy cortas y sencillas en pro de una pretendida “intensidad” y facilidad.

La combinación de búsquedas muy cortas y sencillas con la obtención de refuerzos muy valiosos y excitantes lleva al perro a desvalorizar la búsqueda y obsesionarse con encontrar. Esta obsesión “parece” intensidad, pero es debido a la concentración tensa: el perro quiere llegar al punto final y hasta que lo consigue en lugar de disfrutar del proceso está mostrando ansiedad por no alcanzar su refuerzo. Quien se da un atracón de estudio porque necesita aprobar un examen, mostrará una actividad muy intensa, con ello podría parecer que tiene más interés y que logrará más resultados que quien disfruta de estudiar un tema que le gusta, y que, debido a la concentración relajada, se muestra más tranquilo cuando lo hace, sin conductas exuberantes. Pero lo cierto es que el que aprende mejor en el largo plazo y, sobre todo, el que disfruta del proceso es el segundo. Sin embargo caemos con frecuencia en la cortedad de miras que supone ver a un perro obsesivo y ansioso mientras busca y considerar deseable, incluso necesario, ese estado emocional insalubre.

La obsesión nos puede traer excelentes resultados, sobre todo a corto plazo, pero no es necesaria para lograrlos y además destruye la salud emocional del perro. El mundo del entrenamiento habrá dado un paso de gigante cuando decir que un perro “es un yonki de la pelota” sea un diagnóstico y no una alabanza.

Para hacerlo bien, en el sentido de saludablemente, es importante empezar con búsquedas que no sean demasiado cortas y con refuerzos que no exciten tanto al perro, típicamente la comida. Debemos mimar al máximo el disfrute durante la búsqueda, pues es el mecanismo que hace del trabajo de olfato algo bueno para el perro. Si lo destruimos podemos olvidarnos de la mejora de la gestión emocional. Esto no quiere decir que no usemos mordedores o pelotas, pero no al inicio, es mejor introducirlos más adelante, cuando las búsquedas son más largas y complejas y, pese a ser divertidas y satisfactorias, generan algo de eustrés en los perros, que podrán descargarlo a través del juego coordinado con su guía usando el mordedor.

Un recurso extraordinariamente útil para evolucionar las capacidades olfativas de nuestros perros de manera sana, sobre todo cuando nuestro objetivo es algún tipo de búsqueda deportiva o funcional, es entrenar los recursos de olfato con ejercicios y búsquedas alejados de los que deseamos finalmente. En el Club de Olfato EDUCAN, en nuestros cursos de trabajo de nariz  y en los seminarios que impartimos sobre este tema, como el que daré yo la semana que viene en Kireba, es frecuente que algunos entrenadores se sorprendan de ver cómo sencillos juegos de nariz pueden ser las herramientas perfectas para conseguir mejoras impresionantes en casi todo lo que es valioso para las competiciones o búsquedas funcionales: marcaje de objetos, tiempo de búsqueda, discriminación de olores, superación de dificultades…  Y sin necesidad de obsesionar al perro, ni rayarle para que se ponga como loco.

No caigamos ni en el error de mi amigo al preparar la ensalada y no supongamos que todo trabajo de olfato será necesariamente saludables, ni en el simplismo resultadista de suponer que un trabajo eficaz y que no implica pegar al perro será siempre seguro y bueno para el perro.

Porque en el trabajo de olfato es sencillo hacerlo bien, pero es igual de fácil hacerlo mal 😉

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¡¡Bu!!

 

El lema de la Universidad de Marte adorna su puerta de entrada.

El lema de la Universidad de Marte adorna su puerta de entrada.

En esa obra maestra que es Futurama, el lema de la Universidad de Marte es El conocimiento produce miedo. Y, como suele decirse, es gracioso porque es verdad.

Pocos gremios muestran más temor ante las novedades, ante los cambios en el conocimiento, que el de los educadores caninos. Parece que cuando encuentran algo que funciona muchos entrenadores se aferran a ello y se niegan a pensar que existan o se descubran otras cosas que funcionen, ni mucho menos que funcionen mejor.

Pero la ciencia y la tecnología no van de ese palo: el conocimiento avanza, se redefine, lo que ayer parecía una verdad global hoy podríamos saber que es parte de algo más grande, los carromatos fueron un grandísimo avance, pero no eran absolutos ¡claro que funcionan! Pero hoy solo se usan en determinadas circunstancias en las que son la mejor o la única opción, para todas las demás tenemos coches, aviones, trenes…

Es imprescindible que los entrenadores y educadores tengamos claro que estamos en el neolítico de la tecnología del comportamiento canino. Lo que hemos logrado es monumental frente a lo que había hace unas décadas, pero es minúsculo frente a lo que se puede conseguir, a lo que se va a conseguir.

La tecnología del comportamiento canino está en su infancia, no en su madurez.

Cuando un entrenador dice que está todo inventado solo muestra su miedo ante la idea de que existan cosas más allá de las que conoce, comprende y maneja. Cuando un entrenador dice que está todo inventado lo que dice, en realidad, es que no está cualificado para enseñar.

Porque casi todo está por inventar, porque lo que sabemos no es la meta, sino la puerta que hemos abierto hacia lo que viene. Lo que ahora hacemos (y funciona) no debe ser un ancla para mantenernos quietos, sino un trampolín para saltar hacia lo que haremos mañana.

La ciencia nos está mostrando que los perros no son, no aprenden, como creíamos: tenemos que tomar estos nuevos conocimientos y usarlos para desarrollar nueva tecnología de entrenamiento y educación.

En mi nuevo libro plantearé varios protocolos innovadores, sistematizados y reproducibles para trabajar con los perros que se basan en estos conocimientos, protocolos de gestión emocional, relacionales…

Solo de entrenamiento aportaré tres protocolos diferentes:

  1. Uno para el adiestramiento para el manejo cotidiano y la convivencia, en el que el perro obtiene beneficios directos y se mejora su acceso a la felicidad por lograr integrarse en la vida cotidiana con los personas con quienes convive, basado en las capacidades cognitivas del perro, permitiendo que trabajar con quien se quiere sea suficiente refuerzo para mantener la eficacia del entrenamiento, y que es, con algunas actualizaciones, el que desde hace algo más de un año enseñamos en los cursos de adiestrador profesional de EDUCAN (junto al protocolo de gestión emocional). Pero la cosa no queda ahí.
  2. El segundo protocolo de trabajo, que nos ha costado muchos años de desarrollo, está referido al adiestramiento deportivo y de utilidad, donde el beneficio directo es para las personas, hemos diseñado un modelo de entrenamiento en el que damos el control del trabajo al perro. Basta de que el entrenamiento ético sea una graciosa concesión del entrenador, que puede retirarla cuando desee, con nuestra propuesta el perro puede decidir interrumpir el trabajo unilateralmente, sin que sea posible que el entrenador le obligue de ningún modo a continuar.  Si les pedimos que hagan algo que nos beneficia a nosotros tenemos la obligación ética de asegurarnos que disfruta de lo que hace de manera saludable, sin maltrato, sí, pero también sin adicciones: a la pelota, al clicker o a ninguna otra forma de refuerzo. Hacer que el perro tenga no solo voz, sino voto de calidad sobre lo que hace, sobre lo que le pedimos que haga, es muy difícil para los entrenadores, acostumbrados, deseosos y habituados al control, pero es la única manera realmente justa de entrenar a un perro para algo que nos aporta beneficios a nosotros. La única manera de garantizar que disfruta de lo que hace y elige hacerlo es… que pueda elegir no hacerlo 😉 .
  3. Por último (referido al entrenamiento) el libro incluye los protocolos de entrenamiento que hemos diseñado para el entrenamiento de perros de asistencia, y cuyas líneas generales hemos presentado por primera vez en Buenos Aires este Enero de 2016, que tiene como pilares técnicos básicos (A) la capacidad del perro de empatizar con las personas y su deseo de ayudarlas, así como (B) la comprensión sobre sus acciones de ayuda y sobre (C) cómo puede modificar el entorno con su comportamiento. Esta óptica destierra por completo los peligrosos anacronismos de entrenamiento que, en mi opinión, son gran parte del motivo que lleva a que muchos perros de asistencia muestren niveles de estrés insalubres, así como pérdidas en su calidad de vida y posibilidad de acceder a la felicidad. Los asistentes a estos seminarios pudieron comprobar cómo los perros realizaban conductas con la única intención de ayudar a su guía, cómo abrían cajones por primera vez de manera completa y controlada cuando entendían y tenían por objetivo alcanzar lo que estaba dentro, cómo eran capaces de entender el concepto de avisar, haciéndolo con conductas diferentes e innovadoras según lo requiriese la situación y cómo adaptaban su manera de moverse y comportarse con su guía según actuase este, ofreciendo diferentes conductas adaptadas a sus circunstancias sin necesidad de ningún entrenamiento previo de dichas conductas. Crear compañeros que ayudan y no “herramientas” de ayuda. Eso en dos fines de semana.

Pero estas propuestas que haremos en mi próximo libro no son ni mucho menos un final, son nuestro aporte en este momento, hacen faltan más para que la tecnología del comportamiento canino avance y se desentumezca. Ese era el objetivo de Tu perro piensa y te quiere, ofrecer a los entrenadores los conocimientos actuales que les/nos permitirán desarrollar nuevas técnicas de trabajo. Incluso tuvimos un seminario para enseñar lo fácil que es hacerlo y hacerlo bien (que en breve imparto en solitario en Zaragoza, para Factor Amigo). Esa es la tarea colectiva: Inventemos, innovemos.

Y no hay que preocuparse de que se pongan nerviosos quienes se instalan en lo conocido y no quieren avanzar, porque es inevitable estar o bien entre quienes tienen miedo, o bien entre quienes lo provocan 😉 😉

 

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La responsabilidad de tutelar la ilusión.

Cata y Ela en el jardín, mirándome. Más emocionante cada día que sé más sobre sus capacidades cognitivas, sociales, afectivas y emocionales.

Cata y Ela en el jardín, mirándome.
Más emocionante cada día que sé más sobre sus capacidades cognitivas, sociales, afectivas y emocionales.

Es frecuente que los entrenadores o quienes formamos a entrenadores cometamos un error discretamente triste y terrible, que es reducir la ilusión que les producen los perros a quienes contratan nuestros servicios profesionales.

Acudir a un entrenador para quien convive con un perro, tomar la decisión de aprender a entrenar perros para quien los ama, son experiencias que en la mayoría de los casos se inician con unas expectativas casi mágicas. Son actos cuyos primeros pasos están repletos de emocionalidad. Y eso es bueno.

Quienes llegan a nosotros nos entregan esa ilusión, que es muy frágil e inicialmente suele estar contaminada de lugares comunes y creencias equivocadas ¡si apartamos esas capas sin cuidado la romperemos! No es más profesional quien muestra asepsia e indiferencia al analizar lo que le sucede a un perro y al intervenir en su comportamiento, ni mucho menos quien parece disfrutar usando el conocimiento como una escoba para barrer esos pajaritos de la cabeza de sus clientes. Qué mezquino y qué lúgubre eran ese compañero y ese momento que nos hablaban sobre los reyes magos para mostrarnos a la vez su conocimiento y nuestra inmadurez.

A veces parece que tener conocimientos consistentes implica disfrutar viendo cómo se puede deshacer con palabras la magia que sentían quienes nos contratan. Disfrutar desarmando los argumentos que sostienen esa emoción especial que evocan los perros.

Y son esas actitudes las que mantienen vivos profesionalmente a los gurús que venden pseudociencia, energías inespecíficas y buenrollismo de saldo, porque no tienen nada de realidad pero atienden a la importancia emocional de la relación con los perros para la persona que les consulta, no la mejoran, porque ese no es su negocio, pero no la rompen, saben alimentarla pervirtiéndola y devorando el sentido crítico de quien confía en ellos para así engancharle a sus fórmulas falsas, pero fáciles, suaves y deseables.

La tecnología del comportamiento más meticulosa nada tiene que ver con la seriedad o la frialdad, con soltar un “eso es ansiedad por separación y esto es lo que tiene que hacer”, mientras alargamos una hoja impresa de pautas.

La ciencia es una herramienta para comprender e interactuar con la maravilla que es nuestra relación con los perros y así debemos trasmitir los conocimientos que de ella derivan, usándolos de manera amable para limpiar de errores y hacer más brillante la ilusión de quienes llegan a nosotros, nunca para romperla.

Es nuestra responsabilidad profesional aprender a ser cuidadosos y delicados, a que nuestros consejos, nuestras enseñanzas, nunca degraden algo tan excepcional como resulta el querer y ser querido por ¡¡un individuo de otra especie!!

Calvin sin Hobbes, Banksy siempre acierta.

Calvin sin Hobbes, Banksy siempre acierta.

Hay tres motivos para esto:

Primero estaremos dejando sin su única arma a los embaucadores, a esos vampiros que con discursos de sirena atraen a los confiados amantes de los perros hasta que naufragan en su superchería miserable

Segundo, nuestros clientes se fidelizarán y contratarán más servicios para descubrir y avanzar más en su relación con los perros. Esto es un valor cuantificable, hacer bien las cosas es rentable.

Pero, sobre todo, con la de pocas cosas que últimamente tenemos para ilusionarnos me parece un delito de lesa humanidad robarle ninguna de ellas a nadie. No tenemos derecho, en realidad nadie lo tiene.

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Click or Think? La tirita antes que la herida.

El futuro es ahora

En su imprescindible libro Genios, Brian Hare, director de Dognition y creador del Duke Canine Cognition Center (primer centro de investigación de la cognición canina que se ubica en y como parte de una universidad) habla de su sorpresa cuando le invitaron a dar una charla sobre la cognición canina en un conocido fórum estadounidense de adiestramiento canino y descubrió que muchos de los ponentes promovían el uso del entrenamiento con clicker.

Brian escribió cosas como: “Se proyectaron diapositivas de hacía décadas en las que se veía a ratas y palomas en cajas de Skinner”, “a continuación vino una oda a B. F. Skinner por haber descubierto los principios universales del aprendizaje” “Los clickers habían vuelto a la palestra”.

Todo esto le causó una sensación que describe perfectamente: “Fue como si una nave espacial hubiera aterrizado y un montón de alienígenas hubieran bajado de ella para anunciar que nos iban a llevar a los años cincuenta”.

Brian señala en su texto que no hay ninguna evidencia científica de que el clicker acelere o mejore el entrenamiento canino, habiendo un único estudio comparativo entre adiestramiento con clicker y enseñanza de la misma destreza sin clicker, trabajo en el que la velocidad de aprendizaje fue igual entre los perros que aprendían sólo con un reforzador primario y aquellos a los que “marcaban” la conducta con el clicker antes de entregar dicho reforzador. En esta única investigación el clicker no mostraba ningún beneficio.

Es bien sabido que estas ideas han llevado a Brian a tener duras polémicas con entrenador@s con clicker tan reputados como Jean Donaldson (cuyo libro El choque de culturas nos parece bastante nocivo para la comprensión de los perros y de la manera de relacionarnos con ellos a la mayoría de autores relacionados con la cognición canina, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión).

En la misma línea, hace poco Claudia Fugazza publicó un estudio comparativo enseñando algunas destrezas a perros con Clicker Training (entendido este como moldeado libre) y a través de Do as I Do, una técnica de aprendizaje cognitivo basada en la imitación. El resultado es que el aprendizaje con la técnica cognitiva resulta más eficaz.

Y ahora nosotros publicamos una entrevista con Juliane Kaminski, autora de “The Social Dog: Behaviour and Cognition” en la que dice que usar el clicker no tiene sentido en la educación de un perro, que los perros entrenados con clicker parecen mostrar menos capacidades de resolución de problemas y que, de hecho, han tenido que rechazar en la investigación cognitiva perros entrenados con clicker porque parece que este entrenamiento les impide hacer inferencias complejas para resolver una situación, o sea: que parece empeorar las capacidades cognitivas de los perros, incluso que podría destruirlas de manera permanente (todo esto a partir del minuto 28 aproximadamente). Afirma que el entrenamiento con clicker “reduce al perro a algo parecido a una máquina”. Tan relevante resulta esta situación que actualmente se está llevando a cabo una investigación sobre cómo afecta negativamente el Clicker Training a las capacidades cognitivas, sociales, emocionales y comunicativas de los perros, como también menciona Juliane en el video.

En EDUCAN ahora mismo estamos colaborando en un proyecto de investigación internacional sobre mejoras técnicas y éticas para el entrenamiento (que espero poder contar en detalle en unos mesecitos) y la única condición que se nos ha puesto desde la dirección del proyecto, que parte de investigadores de la cognición animal, es que los perros que preparemos no pueden ser entrenados con clicker. De hecho las palabras fueron: “Que no hayan escuchado un clicker en su vida”.

Joder, qué fuerte.

¿Qué nos pasa a los cognitivos con el clicker? ¿Es tan “malo” como parece sugerir todo lo que he escrito?

En el mundo del perro tendemos a los bandos, y esta progresiva descalificación del Clicker Training por parte de “los cognitivos” ya ha causado enfrentamientos y frentismos en EE.UU. y otros países, en donde se ha llegado a excesos como tildar de maltratadores a los entrenadores que practican Clicker Training, con la furibunda respuesta que era esperable por parte de quienes lo usan.

El objetivo de este artículo es, si no evitar la polémica, porque muchos en nuestro sector parece que se “nutren” de la confrontación y que les encanta, al menos minimizar la tensión entre los entrenadores razonables de ambas tendencias antes de que entremos en (otra) lucha absurda, debilitante y creadora de división. O sea, lo del título: poner la tirita antes de que llegue la herida.

En primer lugar deben mencionarse los argumentos en contra del clicker que aportan los cognitivos.

Un primer argumento, que es muy repetido y resulta injusto es descalificar al clicker por ser arcaico. Sin duda es cierto que es una herramienta antiquísima a nivel de tecnología del comportamiento, entiendo que a Brian y a otros investigadores de la cognición les pueda causar la misma sensación de anacronismo que un teléfono fijo con disco de marcar a un adolescente. Y desde luego no ayudan aquellos entrenadores que lo publicitan como la herramienta del “entrenamiento moderno”, y que deberían ser más cautelosos o precisos en sus expresiones.

Pero más veterana es la correa y aún no hemos encontrado nada que la sustituya para llevar al perro de manera segura y cómoda en determinadas circunstancias. Su antigüedad no es per se un motivo para descalificar al clicker y cuando escucho a alguien usar seriamente este argumento me parece que se roza el esnobismo intelectual.

Sin embargo sí existen una serie de argumentos consistentes, basados en los conocimientos actuales sobre las capacidades emocionales, cognitivas, sociales y comunicativas de los perros, que muestran riesgos reales en determinadas maneras de usar el clicker, principalmente el moldeado libre, que es el que, con algunas variaciones, siempre se ha defendido como mejor y principal forma de enseñanza con clicker desde los sectores más “ortodoxos” de uso de esta herramienta.

Veamos cuáles son esos riesgos:

Sufrimiento emocional del perro.

Cuando los perros se encuentran en situaciones de interés en las que no saben cómo actuar y están acompañados por personas queridas, emiten señales sociales intencionales para buscar su ayuda y apoyo. El perro sufre cuando ignoramos estas señales, como recomiendan algunas escuelas que plantean entrenamientos de moldeado libre sin que el entrenador o propietario se dirija al perro, sin responder a sus señales con información social de ningún tipo, sino “quedándose como un palo” y emitiendo información solo con el clicker cuando el perro realiza alguna aproximación a la conducta deseada.

También causa sufrimiento emocional el proceso de reforzamiento diferencial que implica avanzar a través aproximaciones sucesivas, pues antes de ofrecer el siguiente avance el perro debe extinguir el anterior, y hoy sabemos que los procesos de extinción de conducta causan altos niveles de estrés y ansiedad, más que el reforzamiento negativo en muchos casos. No entraré a exponer y valorar el peligro adicional de que el perro, una vez entrenado, pueda ofrecer conductas parciales en situaciones de estrés, iguales a alguna de las aproximaciones que se han premiado, porque es un problema técnico para la calidad del entrenamiento y no un riesgo para el perro.

Atrofia de las capacidades de comunicación social y deterioro de la relación afectiva.

Que no respondamos a las señales sociales de nuestro perro y que no emitamos información social durante las sesiones de moldeado libre tiene otro efecto potencialmente más grave que el sufrimiento durante la sesión: y es que el perro, viendo que su comunicación social no es recibida y que, a su vez, el entrenador no le emite ninguna información social tienda a extinguir esta forma de comunicarse. Con lo que el perro empeorará una de sus más impresionantes y potentes capacidades cognitivas sociales: la de comunicarse con nosotros como individuos queridos. Este es un riesgo real, severo y que puede empeorar para siempre tanto nuestra relación con los perros, como su capacidad de aprendizaje, puesto que hoy sabemos que el aprendizaje social es de los más “potentes” en nuestros compañeros.

Además esto impide un entrenamiento cooperativo, en el que el perro sepa que puede informarnos sobre sus emociones y capacidades durante el afrontamiento de una situación. Sin señalética social sus únicas posibilidades son hacer o no hacer y esperar nuestra respuesta. No podemos sostener su estado emocional con señales sociales para trasmitirle calma y seguridad, el perro está solo para afrontar la situación.

Esto “semaforiza” al entrenador, que para estas propuestas de entrenamiento idealmente sería un emisor de clicks y comida para el perro, al menos en las etapas iniciales de enseñanza, las que suelen generar más estrés y más demanda de apoyo. Una tristísima relación que, como dice Kaminski en el video, puede ser necesaria para el entrenamiento de animales no humanos, que no tienen relación social con las personas, no comunicándose con nosotros en este plano, pero que empeora las capacidades sociales de los perros e imposibilita que el entrenamiento pueda basarse en el afecto y confianza entre perro y entrenador. De hecho en algunos foros de clicker se ha llegado a publicar y difundir la idea de que cuando un modelo de entrenamiento o un entrenador hablan del afecto como elemento de trabajo están saliéndose de un modelo de adiestramiento científico ¡Lo juro!

Atrofia de las capacidades cognitivas de prospección e inferencia.

Esto es a lo que se refería Kaminski en el video, hoy sabemos que los perros no solo aprenden por asociaciones, sino que son capaces de hacer inferencias de manera que su conducta busque intencionalmente un fin. Esto, que puede parecer un tanto ambiguo puede verse en los siguientes vídeos:

Perro buscando cómo alcanzar su pelota naúfraga.

Whippet planificando una siesta en su mantita.

Estos perros intentan alcanzar un objetivo concreto y reconocible (un refuerzo referencial, que ahora veremos lo que es) con su conducta, no la emiten aleatoriamente, sino de manera prospectiva para alcanzar dicho objetivo. Obviamente evalúan la eficacia de la conducta según les acerque a él.

Este es el tipo de cosas que se investigan en cognición, cómo el perro es capaz de hacer inferencias sobre lo que su conducta causará en el entorno. Cómo resolver la situación.

¿Y por qué esto se afecta con el clicker? ¿No nos han dicho una y otra vez que las sesiones de moldeado libre precisamente potencian la capacidad del perro para “pensar” (un término sorprendente por parte de quienes defienden un modelo conductista de entrenamiento)?

Bueno, pues sí y no.

Es cierto que hace que el perro genere mucha conducta, pero no es conducta prospectiva sino pruebas “a ver qué pasa, a ver qué hace sonar al clicker”. El perro piensa sí, pero en un nivel muy, muy básico. No hay aprendizaje inferencial, no hay interacción para modificar el entorno de manera planificada e intencional…

Para verlo partamos de uno de los conceptos importantes para la cognición, que menciono en mi último libro: los reforzadores referenciales -imprescindibles para hacer inferencias- que son aquellos que no se limitan a aparecer de manera consecutiva a la conducta del perro, sino que además guardan una correspondencia lógica y directa con el objetivo, correspondencia que es perceptible por el perro,  permitiéndole planificar y elegir un rumbo conductual que previsiblemente le ayudará a modificar el entorno de manera propositiva para obtener dicho refuerzo.

Por ejemplo, el perro del video que quiere agarrar la pelota en la piscina o el cachorro de whippet que busca salir de su encierro para tumbarse en la toalla pueden proyectar que determinadas conductas les permitirán alcanzar estos objetivos, los refuerzos referenciales: alcanzar la pelota/tumbarse en la toalla. Como estos refuerzos son de este tipo especial, refuerzos referenciales, ayudan al perro a generar conductas intencionales dirigidas de manera prospectiva y proactiva hacia alcanzarlos. Esta es la cognición de calidad.

El clicker es un reforzador no referencial. El perro no puede proyectar qué conductas lo harán sonar, desea que suene, pero no puede diseñar una estrategia conductual para conseguirlo. Por tanto se ve obligado al juego de “frío” (no suena el click), “caliente” (suena el click) probando una conducta tras otra e intentando ver cuál consigue hacer sonar el clicker, con lo que la conducta no puede ser prospectiva, no hay planes, solo pruebas al azar. Un avance a tientas hacia un objetivo oscuro para el perro, un objetivo que solo está en la mente del entrenador.

El perro más bien aprende a ignorar el ambiente que a manipularlo a su favor, pues no le ayuda a predecir ni a planificar qué hacer. Además su evaluador de éxito es solo el click. Es como danzar para un dios misterioso esperando que nos envíe una señal para indicarnos cuál de nuestros pasos de baile le ha satisfecho. Le “robamos” al perro el control de su entorno, su capacidad prospectiva y le decimos que depende de fuerzas invisibles y caprichosas para saber cuándo su conducta es adecuada o no.

Es por esto que perros que han trabajado con clicker a través de moldeado libre no funcionan en los experimentos de cognición, cuando se les plantean situaciones en las que deben deducir qué hacer analizando su entorno y generando conducta prospectiva no lo intentan, sino que prueban conductas no relacionadas con la situación, esperando a que suene el click, y cuando no lo hace se frustran y no buscan soluciones proactivas. En lugar de analizar la situación para resolverla empiezan su danza esperando hacer algo que agrade al misterioso Dios del Clicker.

Sobreexcitación al obtener el refuerzo

Me hace notar mi amigo David Ordóñez de Perruneando, que he soslayado un problema. David es una de las personas que, en mi opinión, que podría ser parcial por el cariño que le tengo, más está haciendo avanzar en nuestro país las Intervenciones Asistidas por Perros hacia el ámbito de la seriedad y la consistencia científica. Es, junto a Rafael Martos, el artífice y “padre” del Máster Universitario Oficial en Intervención Asistida por Animales por la Universidad de Jaén y la Universidad Internacional de Andalucía, único título oficial del área en España.

Sobre este tema dejo el enlace a un post del blog de David donde lo explica requetebién. David me recuerda que otro problema potencial del clicker, muy importante en su área de especialización, las Intervenciones Asistidas por Animales, es la excitación que genera en el perro. Y tiene toda la razón del mundo. Me apunto un negativo por negligencia involuntaria, edito el post y lo explico:

La forma de responder cuando obtenemos un refuerzo referencial y uno no referencial, que no podemos prever cuando aparecerá, es diferente. Al alcanzar un refuerzo referencial se consigue lo que se preveía conseguir, el whippet llega a su mantita, el perro del otro video obtiene la pelota. Como su conducta está dirigida a este fin no hay sorpresa al alcanzarlo, de hecho, según se realiza la conducta el perro va viendo si está saliendo bien o no. Esto hace que al lograr el objetivo el perro “cierre” la excitación, que ha sido necesaria para alcanzar lo que deseaba.

Sin embargo, durante los moldeados libres, el perro no sabe qué conducta hará sonar el clicker por lo que cuando lo hace no se calma sino que se excita por haber acertado, puesto que no sabía qué era lo que le haría lograr que sonase. Esto es incompatible con la calma.

Además, según postula la misma Karen Pryor, existe una reactivación de la parte emocional del cerebro al sonar el clicker, que aumentaría la alegría, lo que se traduce en excitación. Esto puede ser un problema para trabajos, como menciona David, que requieran tranquilidad de ejecución o bien para perros fácilmente sobreexcitables.

Hasta aquí vemos que sí existen problemas severos que parecen justificar la poca simpatía de los científicos y entrenadores interesados en la cognición canina hacia el Clicker Training. Pero es que las cosas no son ni blancas ni negras, como suele suceder.

Porque se pueden tomar algunas sencillas precauciones que nos eviten estos efectos nocivos del clicker, mientras que nos permiten seguir aprovechando sus ventajas.

1- En primer lugar las sesiones de moldeado libre estricto solo serán nocivas si constituyen el grueso del entrenamiento del perro, pero si la mayoría del trabajo se hace con protocolos que no incluyan el clicker y que impliquen a la comunicación social como herramienta de relación y avance no supondrá un problema usarlo para las destrezas concretas que lo requieran. Mientras sea un porcentaje pequeño e informemos al perro de cuándo trabajaremos sin comunicación social, para que sólo la abandone en dicha situación, podremos evitar los problemas antes mencionados.

2- También podemos incluir la comunicación social bidireccional dentro del trabajo con clicker, lo que hace “daño” afectivo al perro es la propuesta clásica en la que el entrenador solo activa el click y da la comida. Pero si modificamos esa práctica estricta, caduca y nociva, introduciendo señales sociales por nuestra parte y respondiendo a las del perro podemos minimizar el riesgo enormemente. En este aspecto debo decir que las propuestas innovadoras de entrenamiento con clicker que se han diseñado en España, incorporando motivaciones sociales y pautas emocionales en sus protocolos, y que están muy siendo difundidas, son un paso de gigante e infinitamente más actuales, eficaces y saludables para los perros que las espantosamente rígidas que nos suelen llegar de los países anglosajones, y que son las que han dado lugar a las acusaciones de maltrato emocional que mencionaba antes. Si la propuesta de trabajo con clicker es igual para una gallina que para un perro la cosa va mal.

3- Deberíamos plantearnos usar el clicker sólo para la enseñanza de aquellas habilidades que realmente lo necesiten, por resultar conductas que muy difícilmente el perro nos ofrezca o podamos inducir, evitándolo en los procesos educativos que regulan la relación del perro con sus personas queridas. Al final la cosa es tan sencilla como usar una herramienta como tal y no como una forma de trabajo universal, puesto que ninguna herramienta es una forma de entrenamiento en sí misma.

Con las anteriores precauciones podremos evitar suficientemente los efectos adversos del clicker a nivel global, aprovechando su utilidad como herramienta de adiestramiento, pero algunos problemas como el estrés del trabajo por aproximaciones sucesivas (no el del aprendizaje, que es conveniente e inevitable, sino el debido a los procesos de extinción de las aproximaciones anteriores, que es el chungo) o el aprendizaje de conductas en segmentos no pueden separarse del trabajo de moldeado libre o dirigido, aunque podamos minimizarlo a través de responder a las señales sociales de los perros y de trasmitirles a nuestra vez comunicación social tranquilizadora.

Otros aspectos como la falta de referencialidad del refuerzo sencillamente no pueden suplirse, porque se desvirtuarían los mecanismos que hacen eficaz al clicker, pero es que en el entrenamiento del día a día también necesitamos enseñar al perro cosas que no pueda deducir del ambiente y por ello no siempre es óptimo el uso de refuerzos referenciales.

Lo que debemos hacer es recordar que un entrenamiento moderno debe actualizarse con los nuevos conocimientos, ni la actitud ética ni el avance técnico están en las herramientas. Hay que desecharlas o cambiar su forma de uso cuando descubrimos nuevas cosas sobre cómo afectan o influyen al perro más allá del aprendizaje de destrezas. Porque lo más urgente para los entrenadores pueden ser la conductas, pero lo más importante para los perros es el bienestar, el desarrollo saludable como animales sociales y el acceso a la felicidad.

El entrenamiento con clicker es viable e incluso divertido y saludable mientras suponga una pequeña parte del entrenamiento, pero cuando es la principal manera de enseñar, de educar y de relacionarnos con los perros puede causar problemas y dar lugar a disfunciones afectivas, emocionales, sociales y cognitivas.

Winston Churchill decía que un fanático es alguien que nunca cambia de opinión, sin importar los datos. No seamos fanáticos, el clicker sin duda e históricamente ha ahorrado mucho dolor físico y emocional a los perros, pero es el momento de intentar avanzar un paso más, de hacerlo un poco mejor que ayer. Sabiendo que lo que ahora hagamos dentro de unos años será modificado o abandonado porque sabremos más y podremos mejorarlo. La ética es continua, pero la técnica es temporal, tiene fecha de caducidad.

No es justo ni razonable etiquetar como sospechosos de mala praxis a quienes utilizan el  clicker, entendiendo que sigue siendo una herramienta útil para el entrenamiento (y creo que lo será durante largo tiempo, al menos para algunos tipos de entrenamiento) siempre que limitemos y afinemos su uso, asegurándonos de aprovechar los beneficios que ofrece y evitando a la vez sus peligros para los perros que entrenamos.

Pero debe entenderse también que, al no ser el clicker una herramienta cognitiva por  estos riesgos y por no aportar prácticamente ninguna ventaja a la hora de “tocar” la capacidades cognitivas (objetuales y sociales) de los perros, quienes investigan estas áreas y no entrenan perros vean el clicker con cierta antipatía y sospecha. 

Los nuevos conocimientos redefinen lo que es bueno o malo para los perros durante su entrenamiento, quizá debamos optar por alternativas educativas al clicker en determinadas áreas, en las que su uso deberá restringirse progresivamente, pero tampoco desechemos o demonicemos por completo una herramienta útil y eficaz, incluso necesaria, para conseguir resultados en algunas acciones complejas.

No hagamos bandos con esta situación, debatamos pero no peleemos. Más bien se pueden abrir espacios de diálogo que nos permitan aprovechar los conocimientos y experiencia de entrenadores y científicos de diferentes ópticas.

Porque del disenso sobre conceptos, sobre ideas, y no sobre personas, de la discusión donde se respeta al que piensa diferente y se le presupone la misma buena fe en sus ideas y prácticas que tenemos nosotros en las nuestras, es de donde pueden salir los avances más notables para mejorar la tecnología del comportamiento canino. Y esta es, debe ser, puede ser, una empresa colectiva donde todos podemos encontrarnos.

 

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Entrenamiento de animales y ética: una perspectiva animalista (II)

Paris, perra encontrada con miedo severo a las personas y acogida por la Asociación Nueva Vida.

Paris, perra encontrada con miedo severo a las personas, acogida y cuidada por la Asociación Nueva Vida.

El maltrato

El maltrato de las personas hacia los animales no humanos es un tema que ha sido objeto de estudio y análisis con frecuencia. Por ello intentaré no extenderme en este punto, limitándome a ofrecer una definición operativizable de maltrato y mencionar quiénes están en situación, a mi entender, de cometer maltrato.

Definir competentemente el maltrato y señalar quiénes están en situación de llevarlo a cabo es un mínimo necesario para nuestra ecuación en busca de una ética y una deontología comprometida -pero objetivizada- de la práctica profesional relacionada con animales no humanos, pues serán dos operadores relevantes para la prevención, evaluación y disminución de la prácticas abusivas.

Qué es maltrato

Es muy difícil manejar y/o analizar lo que no está bien definido o aquello cuya definición no puede operativizarse, de manera que permita evaluar de manera objetiva cuándo aparece o cuándo no. Esta dificultad se vuelve crítica si, además, deseamos luchar contra algo de manera eficaz y hacer una política preventiva que incluya pautas de buena praxis.

Todo el mundo tiene una idea personal sobre lo que constituye maltrato y una sensibilidad diferente a la hora de incluir o no algo en la categoría de maltrato.

Esta “evaluación por sensibilidad” del maltrato es ineficaz y supone problemas. Quizá los principales son: que dificulta prevenirlo, puesto que hasta que una situación no sucede o no la imaginamos no podemos presuponer su gravedad, que potencia la división entre quienes tienen (tenemos) sensibilidades diferentes, dificultando unir fuerzas en un frente común de lucha contra el maltrato, lo que hace que quienes no son sensibles hacia el maltrato, tanto personas como instituciones, terminen percibiéndonos como grupúsculos sin ideas claras. Por último discrimina a las especies en base a la sensibilidad que despierten en nosotros, porque es un hecho cierto que la expresividad de un cangrejo nos genera menos empatía que la de un cachorro de perro, lo que desajusta nuestra “evaluación por sensibilidad” del maltrato. No creo que demasiada gente comiera en un lugar donde matasen los corderos lechales delante de uno, mientras escucha sus balidos asustados, pero no parece suponer un problema hacerlo mientras hierven vivos a crustáceos ante nosotros. Ojo, todavía no estoy hablando de lo adecuado o no que me parece consumir animales, ese es un punto al que tardaré bastante en llegar. Solo pretendo ejemplificar un problema obvio de la “evaluación por sensibilidad” del maltrato.

Se hace evidente que resulta necesario llegar a una definición objetiva y clara de maltrato que, además, sea funcional para su prevención y evaluación.

Propongo una definición de maltrato animal similar a la aceptada para el maltrato infantil en muchas legislaciones, y que iremos viendo a lo largo de este trabajo que es muy útil a nivel operativo:

Maltrato es cualquier acción u omisión no accidental que genera perjuicios o compromete la satisfacción de las necesidades básicas de dicho animal.

Personalmente, y es el objetivo de este trabajo, impulso una práctica profesional relacionada con animales no humanos que vaya más allá de satisfacer sus necesidades básicas, potenciando su bienestar y promoviendo su acceso a la felicidad, en mi caso desde el entrenamiento.

Pero esto es claramente excesivo como requisito mínimo para determinar el maltrato, al menos si queremos una definición útil, operativa y aceptable a nivel general. Y tengo la convicción de que la mejor manera de llegar a lo óptimo es definir con eficacia lo mínimo e ir construyendo sobre ese cimiento. Nunca será igual la práctica óptima que la práctica mínimamente aceptable, pero ambas deben ser definidas, en especial la segunda.

El maltrato, obviamente, se sale de cualquier práctica mínimamente aceptable  por debajo y se define por ser lesivo para el animal, ya llegará el momento de definir la práctica óptima que resulte beneficiosa para el animal. He buscado una definición que sea válida para cualquier caso posible, sin excepciones, para toda especie y tipo de relación con los seres humanos.

Es importante la elección del término no accidental en lugar del muy usual intencional para referirnos a qué constituye maltrato. Alguien puede alimentar a un perro sólo con un mendrugo de pan al día durante años creyendo sinceramente que es lo adecuado y saludable, no existe la intención de maltratar, pero como la acción no es accidental, sino voluntaria, sí constituye maltrato pues compromete las necesidades físicas del animal. Por supuesto la intencionalidad implica un agravante del maltrato, pero no es un requisito necesario para que exista.

Según avancemos en este trabajo veremos que la elección de no accidental frente a intencional es muy valiosa como base para evaluar la calidad de las interacciones entre humanos y otros animales, pues existen muchos colectivos que trabajan (trabajamos) con animales no humanos y donde perviven prácticas que pueden implicar maltrato por acción u omisión, pero que son realizadas de buena fe por quienes las llevan a cabo. También puede suceder lo contrario, que prácticas que puedan no “gustarnos” en una primera impresión resulten finalmente beneficiosas o necesarias para el bienestar del animal y privarles de ellas pueda llegar a constituir maltrato.

Poniendo un ejemplo muy obvio, podría parecer que atar a los perros les genera perjuicios o limita su bienestar, pues preferirían estar corriendo libres, sin embargo esta práctica no siempre implicará maltrato. Cuando lo hacemos para desplazarnos por la ciudad y con materiales adecuados, estamos asegurándonos de que no puedan sufrir o causar daño al cruzar la calle, por ejemplo, y estamos ejerciendo una tutela responsable. Sin embargo cuando un perro permanece atado con un metro de cadena a un punto fijo durante horas o días sí se están desatendiendo sus necesidades y comprometiendo su bienestar, por lo que constituiría maltrato.

Veamos otros ejemplos muy sencillos (ya habrá tiempo de llegar a los complicados) de aplicación práctica de este concepto de maltrato:

Una vacuna inyectable hace daño al perro al ser aplicada, pero como no le genera perjuicios sino beneficios y no compromete sus necesidades básicas, sino que las cubre, no es maltrato. El mismo pinchazo realizado gratuitamente sí sería maltrato, puesto que solo existe perjuicio.

Pisar a un perro en un traspiés y hacerle daño sin querer (algo que a todos nos ha sucedido) no supone maltrato aunque suponga perjuicio para él, porque es accidental. El mismo pisotón hecho intencionalmente sí supondría maltrato. Descartes maltrató a la perra preñada a la que pateó, aunque tuviera la convicción de que era una “maquina de carne, un autómata sin sentimientos”, puesto que su patada no fue accidental.

Recordemos que es necesario evaluar lo más objetivamente posible cuándo existe maltrato. La definición debe facilitar el dictamen técnico del maltrato y la autoevaluación de cada profesional respecto a su (nuestro) trabajo. Cuando no es así nuestra definición será solo una declaración de intenciones, un brindis al sol, no una herramienta eficaz en la lucha contra el maltrato.

Sobre quién se comete maltrato

Cuando intervenimos en el comportamiento de un animal de manera ética, buscando una actuación profesional óptima, tenemos que considerar cómo afectará nuestra intervención tanto al individuo con el que estamos trabajando como, a nivel de imagen y conocimiento, a su especie. Esto no sucede igual al evaluar el maltrato.

El maltrato siempre se refiere a uno o varios individuos, no a la especie.

La actuación óptima sobre animales no humanos implicará al individuo y a la especie, pero el maltrato no se define por no ser una actuación óptima, sino por ser una actuación directamente lesiva y que se comete siempre sobre un animal o animales concretos.

Es decir, cuando se retienen orcas en cautividad, en condiciones que no permiten cubrir sus necesidades básicas (como pueda ser el desplazarse decenas de millas náuticas cada día), se puede estar dando una imagen nociva o tóxica sobre las orcas y sobre su relación con los seres humanos, lo que es malo, pero no se maltrata a las orcas como especie o a los cetáceos como orden, sino a los individuos concretos que se encuentran cautivos.

Insistir de nuevo en que cuando hablamos de maltrato no estamos definiendo en absoluto cómo se actúa bien, sino cómo se actúa mal. Es muy importante no mezclar estos conceptos, pues ambos son necesarios para una deontología operativa y susceptible de ser normalizada.

Quién está en situación de cometer maltrato

Otro punto relevante es definir quién puede estar cometiendo maltrato, sin ello es fácil que personas o entidades puedan escudarse en su falta de implicación directa en situaciones de maltrato.

La inacción de entidades o personas con poder para prevenir, interrumpir y eventualmente castigar el maltrato es uno de los principales problemas que existen para una lucha eficaz contra el maltrato.

Por esto es importante dejar claro quién está en situación de maltratar.

Cualquier persona, institución o entidad que tenga relación directa o indirecta con animales no humanos y cuyas acciones u omisiones no accidentales puedan generar perjuicios o comprometer la satisfacción de las necesidades básicas de algún animal o grupo de animales está en situación de cometer maltrato.

Con relación directa con los animales tendríamos a propietarios, cuidadores, entrenadores, veterinarios…

Con relación indirecta con los animales, pero no por ello libres de la posibilidad de ser responsables de maltrato, tendríamos a directores o responsables de instalaciones de alojamiento de animales, empresas, legisladores, autoridades responsables del cumplimiento de las normativas relacionadas…

Pero aquí no acaba la cosa…

Creo que la definición de maltrato que propongo es consistente, sencilla y válida como herramienta de trabajo, pero es que esta era la parte fácil.

Es muy importante que los conceptos, particularmente los que son tan importantes como el de maltrato, estén completados con formas concretas y lo más objetivas posibles de evaluación, tanto a anteriori como a posteriori, para que los técnicos del área puedan (podamos) evaluarlo en terceros y autoevaluarse (autoevaluarnos) a sí mismos durante su (nuestra) práctica profesional. Esto es lo que permite hacer operativa la definición.

Esa es la parte difícil, que veremos más adelante.

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Entrenamiento de animales y ética: una perspectiva animalista (I)

Orión, un perro destinado a las peleas y rescatado por Adriana y Manu. Gracias :-)

Orión, destinado a las peleas y rescatado por Adriana Rodriguez y Manu Moriche ¡Gracias!  🙂

Como mencioné, estoy haciendo un trabajo amplio sobre ética y entrenamiento de animales no humanos. Varios amigos me han convencido de ir publicando en La Caja Verde extractos, para recibir feedback de quienes la leéis y así convertir este trabajo en algo más colectivo y compartido. Ya lo decían en La Bola de Cristal…

Qué y cúando es lícito entrenar animales

Para trabajar con animales no humanos, particularmente con sus emociones, es necesario tener una posición clara y determinada sobre la manera lícita de intervenir en su comportamiento.

Debemos considerar cómo influirá nuestro trabajo en aspectos que van mucho más allá de los beneficios de manejo o utilidad práctica que nos reporte.

Antes de intervenir sobre el comportamiento de un animal no humano es necesario definir previamente, y de manera clara, qué es lo que consideramos correcto. No podemos suponer que nuestro amor por los animales y nuestra capacidad como entrenadores nos servirán de guía eficaz porque:

  1. El amor no es igual al respeto, se cometen muchos abusos por amor. El amor por los animales tiende a sacar nuestra parte más infantil, la que desea poseer. Yo, como tanta gente a la que le gustan los animales, de niño quería tener muchos animales. Hoy he aprendido que solo debo tener conmigo animales domésticos, que los salvajes deben estar en su entorno o, si han sido sacados de él, en centros dedicados a su cuidado y recuperación.

 

  1. Además saber cómo entrenar a un animal nos da poder sobre él, y eso tiende a potenciar por nuestra parte una búsqueda excesiva del control de su naturaleza. El que algo pueda hacerse no indica que esté bien hacerlo, aunque los medios para lograrlo sean amables.

 

La posesión y el exceso de control cosifican a los animales, da igual que nuestras intenciones sean buenas y sintamos un profundo y sincero amor por ellos

La manera de ejercer de los entrenadores profesionales y de los especialistas en gestión del comportamiento, además de a los animales y a su imagen, afecta a la imagen, desarrollo y rumbo de nuestra profesión.

Podría parecer que defiendo dejar de entrenar animales no humanos. Pero no es así en absoluto.

Muchos animales no humanos requieren entrenamiento. Obviamente los que conviven con nosotros, como los perros, pero también los salvajes que están en centros de recuperación necesitan que los entrenadores les ayudemos. Sin esta ayuda el manejo, el cuidado veterinario e incluso el entrenamiento que les permitiese reintegrarse a su entorno serían imposibles.

Además, si quienes tenemos una visión animalista renunciamos a ser entrenadores porque resulta difícil hacerlo bien, estaremos dejando el terreno libre a quienes no tengan consideración hacia aspectos que vayan más allá de entrenar para conseguir las conductas que les resultan rentables.

Debemos asumir que nuestro papel es similar al de profesores, que han de explicar y enseñar, pero no cualquier cosa, ni de cualquier manera: hay que seguir un plan de estudios que estará siempre al servicio del alumno.

El entrenamiento debe estar diseñado y ejecutado de este modo. Admitimos que nuestros hijos se esfuercen y que sus profesores les programen tareas en áreas que serán necesarias para su desarrollo personal, pero si les enseñan únicamente a realizar conductas que redundan en el interés directo de quien las está enseñando no podemos hablar de enseñanza, sino de preparación para la explotación. Sin duda en las fábricas que emplean niños en Asia para la confección de ropas se les enseñará a usar los útiles necesarios para su labor, pero nunca consideraríamos eso como un programa de formación profesional. Con los animales, con su entrenamiento, sucede lo mismo: debe tener como directriz principal el beneficio que obtendrá el animal.

Esto, que es cierto en todos los casos, se vuelve crítico al trabajar con animales salvajes. Porque hay cosas que es lícito y adecuado trabajar en los perros, que deben compartir su vida con nosotros y adaptarse a nuestro entorno, que no deberíamos hacer con animales salvajes, incluyendo el quitarles el miedo o la agresión en determinados momentos: un animal salvaje que pierda el miedo a las personas fácilmente será cazado si se reintroduce, eliminar ese miedo puede ser incorrecto. Un animal al que se le corrige por perseguir y cazar a otros animales que deben ser sus presas también está dejando de ser adaptativo.

Por todo lo anterior es necesario definir unos parámetros generales sobre lo que es correcto y lo que no lo es para hacer intervenciones sobre el comportamiento que sean beneficiosas para los animales.

¿Qué tener en consideración antes de intervenir en el comportamiento de un animal?

 

La calidad de vida del animal y su derecho a la felicidad.

Las intervenciones sobre el comportamiento deben ser compatibles con la calidad de vida del animal y promover su acceso a la felicidad. Por ejemplo: en una ocasión me preguntaron si era posible entrenar a un perro pequeño a hacer sus necesidades en una bandeja de gato para no tener que sacarle a la calle. Este es un ejemplo óptimo: es posible, pero impedirá que el perro pasee, conozca a otros perros, haga ejercicio… Es una intervención incompatible con el derecho del animal a acceder a la felicidad.

La intervención sobre un comportamiento debe mejorar, o al menos no empeorar, la calidad vida del animal en el contexto en el que trabajemos con dicho comportamiento. Por ejemplo: en una ocasión me pidieron que un perro adulto, al que le entusiasmaba perseguir y cazar conejos, algo potenciado por sus propietarios y con una evidente base innata, dejara de hacerlo porque querían hacerse con unos conejitos blancos para su hija y tenerlos sueltos por el piso con el perro de manera permanente, aun cuando ellos no estuvieran. Es posible, pero ¿a costa de qué? ¿será saludable emocionalmente para el perro? ¿es justo para el perro?

La intervención sobre el comportamiento debe mantener o mejorar la capacidad posterior del animal de gestionar su entorno y adaptarse a él, así como mejorar sus capacidades de relación con coespecíficos y con otras especies con las que interactúe. El ejemplo paradigmático está en los chimpancés a los que se les enseñó lenguaje de signos, después ya no se comunicaban bien con otros chimpancés y languidecían durante años en zoos haciendo signos desesperadamente a los visitantes a la espera de volver a ser escuchados, a la espera de recuperar la posibilidad de comunicarse con otros. Una posibilidad que el entrenamiento les había robado.

Puedo entender a la persona sin recursos y sin formación en un país deprimido de África, que por unos dólares mata a una hembra de chimpancé para arrebatarle a su bebé y vendérselo a un turista. Lo entiendo porque no ama a los animales y está en una situación de necesidad.

Comprendo un poco menos a quien compra a la cría, porque esa persona dice que ama a los animales, piensa que los ama… tanto que quiere poseerlos. Tan mal que por poseer a animal se pone una venda sobre lo que se hace para conseguirlo y sobre la infelicidad a la que le condena.

Pero al que no puedo entender ni perdonar en absoluto es a quien, con conocimientos, le roba a un animal la posibilidad de comunicarse con los suyos, a quien aplica un entrenamiento que le aísla de sus congéneres y le arrebata su condición de chimpancé. Porque ese sí sabe lo que se hace y, pese a todos los argumentos que dé, en el fondo lo hace porque puede. Ese es el tipo de poder al que me refería antes.

La imagen del animal y de su especie.

Las intervenciones sobre el comportamiento deben promover en quienes observen y/o interactúen con el animal una imagen digna de este y concordante con los conocimientos científicos sobre el comportamiento y necesidades de su especie.

La intervención sobre el comportamiento no debe dar al público una imagen ridícula, idealizada, demagógica, objetualizada o antropomórfica del animal concreto con el que hemos trabajado o de su especie.

Aquí abundan los ejemplos: desde los más evidentes, como el entrenamiento de la “sonrisa” en los chimpancés, que para ellos es una señal de miedo y se entrena a través del miedo, hasta los más sutiles, que por ello son los más peligrosos, pues parecen “buenos”: como entrenar a un tigre para hacerse fotografías con personas, a unas orcas para cantar y bailar con sus entrenadores o a un perro a montar en bicicleta.

Todas esas cosas vejan la dignidad del animal entrenado y muestran a su especie de una manera irreal y discorde con los conocimientos científicos sobre cada una de ellas: el tigre no debe parecer amigable, la imagen de que los tigres no son peligrosos y pueden actuar amigablemente con las personas es demagógica e idealizada, es bonita, pero falsa, y dañina para el conocimiento y respeto de la especie. Las orcas no son personajes de una película de Disney, que se organizan de manera coreográfica cuando están contentos. Ese entrenamiento es antieducativo para quien lo ve, no es beneficioso para las orcas, sólo para quien las explota. Adiestrar a un perro para montar en bicicleta es técnicamente admirable y muestra una gran capacidad por parte de quien lo consigue, sin duda el perro será un animal querido por su entrenador. Pero es un entrenamiento antropomórfico que, en realidad, le da un papel paródico y bufonesco al perro, vulnera su dignidad como individuo y hace que las personas que lo contemplan se alejen del conocimiento real de las necesidades y capacidades de su especie. Por no hablar del riesgo absolutamente innecesario de sufrir una caída.

La calidad del trabajo de los profesionales del comportamiento.

Las intervenciones profesionales sobre el comportamiento de los animales no humanos deben poder ser (A) supervisadas en su desarrollo, para evitar excesos, aunque no lleguen al nivel de maltrato, y (B) evaluadas en su éxito de manera objetiva, para evitar a quienes no obtienen resultados y sólo venden humo.

Pero debemos entender el éxito no solo como la consecución, eliminación o variación de uno o varios comportamientos, sino también, y especialmente, de los puntos anteriores: cómo se ha influido en la calidad de vida, el acceso a la felicidad, la imagen del animal y en el conocimiento de su especie.

La intervención profesional sobre el comportamiento de los animales no humanos debe hacerse de manera acorde al conocimiento científico de cada especie y adaptada para cada individuo concreto, así como mostrando el respeto, entendido como consideración de que el animal tiene un valor por sí mismo y no solo en función de su papel respecto a nosotros, y cariño, entendido como inclinación afectiva que reconoce su valor como individuo y busca su desarrollo saludable y feliz, del profesional hacia el animal con el que está trabajando.

Fijaos en todos y cada uno los ejemplos anteriores, fijaos que ninguno de los casos que he mencionado mejoraban la calidad de vida de los animales entrenados, más allá de conseguir unos trocitos de comida en el momento. No son intervenciones exitosas. No son intervenciones justas sobre el comportamiento, aunque se hagan de manera amable.

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Teóricamente hablando…

En el mundo de la educación y gestión del comportamiento canino existe una cierta resistencia hacia la teoría. Puesto que la nuestra es –y debe seguir siendo- una disciplina práctica, parece que un poco de teoría está bien, pero que mucha no tiene demasiada utilidad. Parece mejor tener en la cabeza un buen resumen o una buena frase que transmita la idea general sobre la teoría que estudiarla y conocerla en profundidad.

Estoy en desacuerdo con esta idea, creo que hay motivos de peso para que quienes trabajamos con el comportamiento de los animales mantengamos un estudio constante, actualizado y consistente sobre sus bases teóricas.

En primer lugar cuando se intentan simplificar excesivamente conocimientos científicos amplios se termina por desvirtuar y distorsionar su sentido, dándoles un carácter mucho más absoluto y radical del que realmente tienen. Por eso hay tanto hooligan canino que agarra algún dato científico aislado para que le sirva como cachiporra frente a los que no piensan como él.

Puede ser necesario resumir, sinoptizar o poner ejemplos metafóricos para entender o explicar determinadas ideas, pero si empezamos a convertir estas metáforas, comparaciones y simplificaciones en nuestra única manera de estudiar o comunicar hemos entrado de lleno en el terreno de la pseudociencia, donde, como todo se parece a algo (que diría Ferrant), y todo puede explicarse como mejor convenga, al final todo vale. Que es lo mismo que decir que nada vale. La ciencia es delicada, por buena que sea si se maneja de manera imprudente o errónea deja de ser ciencia.

Además la teoría es necesaria para que se hagan cambios revolucionarios, algo que es imposible desde un enfoque exclusivamente práctico.

En todas las disciplinas -y el entrenamiento y educación canina no es una excepción- la teoría aporta las revoluciones, los cambios radicales, el avance rupturista, mientras que la práctica nos trae las reformas, la mejora progresiva de lo que ya se conoce, el afinado y ajuste sobre lo que se está haciendo en un proceso de avance continuo.

Una práctica eficaz es incompatible con los enfoques completamente novedosos, porque nadie que sea experto en un trabajo y obtenga buenos resultados estará dispuesto a arriesgarlo todo, a perderlo todo inicialmente, para probar algo que nunca se ha hecho antes y, por novedoso, algo en lo que le resultará imposible mantener su nivel de destreza. Desde la práctica eficaz no se pueden hacer revoluciones radicales en la manera de trabajar, esto es un hecho, no una opinión.

Si quieres ajustar un pequeño problema, si quieres avanzar un paso más en lo que haces, ser más preciso, acude a las enseñanzas de la práctica. Pero si quieres cambiarlo todo por completo, si quieres reinventar tu campo de trabajo, necesitas la teoría.

Sin teoría no existe revolución alguna en ningún campo, tampoco en el nuestro.

¿De verdad queremos quedarnos puliendo las herramientas que ya tenemos para siempre? Yo espero, deseo, que dentro de veinte años la tecnología actual del comportamiento esté tan desfasada como la tecnología de un coche de igual antigüedad. Ojo, que esto no implica que dicho coche sea malo o ineficaz, puede ser excelente, pero sin duda estará tecnológicamente obsoleto.

Citaré una última razón por la que el estudio de la teoría me parece importante, una razón que tiene que ver con tomar perspectiva sobre nuestra profesión y con la ética.

Los especialistas de la educación y la gestión del comportamiento canino tendemos a preferir que nos expliquen técnicas que obtengan resultados más que los conceptos sobre los que esas técnicas se diseñan.

Esto crea un problema, cuando las técnicas fallan no sabemos qué hacer, sabemos pilotar el comportamiento, pero no conocemos su mecánica interna. Mala cosa, puesto que los “mecánicos” del comportamiento canino somos nosotros. En los coches (sí, es una metáfora, no se trata de desterrarlas, sino de dosificarlas) después del piloto, está el mecánico, que conoce cómo funciona el motor, pero no hay nadie detrás nuestro que pueda arreglar las cosas si nosotros fallamos: los científicos que nos proveen de conocimientos no están preparados para convertir sus descubrimientos en aplicaciones prácticas. Antes que pilotos del comportamiento debemos vernos como mecánicos del comportamiento, porque si no entendemos el funcionamiento del motor dejamos una brecha entre la ciencia de base y el entrenamiento de animales y la gestión de su comportamiento. Es como si en fórmula 1 solo hubiera pilotos e ingenieros, sin mecánicos que enlacen ambas cosas para una práctica de calidad.

Si los entrenadores no asumimos esta necesidad de formarnos para comprender la mecánica del comportamiento estamos faltando a nuestros deberes profesionales y dejando sin asistencia de calidad a los perros cuando muestren cualquier problema que vaya más allá de aplicar una fórmula de solución porque… ¿qué tiene más sentido, que conozcamos unas técnicas para solucionar la ansiedad por separación o que sepamos cómo funciona la ansiedad y cómo podemos mejorar su gestión y prevenir su aparición en cualquier circunstancia? Porque si atendemos a muchos textos formativos la ansiedad en los perros solo parece ser un problema, solo se diagnostica y se trata, cuando esta relacionada con la separación ¿Y que hacemos cuándo un perro sufre problemas de ansiedad por otras causas? ¿Cómo evaluarlo fiablemente? ¿Cómo tratarlo y comprobar su mejoría?

La teoría de calidad es la que nos dará la herramientas de análisis e intervención sobre el comportamiento que nos permita entender y ayudar a todos los perros con problemas. Sin conocimientos teóricos nos tendremos que limitar a aplicar fórmulas de diagnosis y pautas de tratamiento cuyo funcionamiento real no comprendemos, que tienen un ámbito limitado y que son un verdadero “aserejé” para muchos de los profesionales que llevan años usándolas, una forma de ejercer la profesión que no solo es éticamente dudosa, sino que deja sin atención de calidad a todos los perros que no cuadran claramente con nuestras plantillas de trabajo.

Por supuesto, la teoría no es más importante que la práctica ni la sustituye, pero la complementa de manera necesaria para un ejercicio profesional correcto. No creo que nadie se plantee que en su coche solo dos de las ruedas son necesarias para circular, aunque esta metáfora quizá distorsione el sentido real de este post ¿o no? 😉

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Antropomorfismo, las medias verdades…

Referido a animales no humanos, el antropomorfismo implica interpretar alguna conducta de un animal no humano de manera equivalente a cómo la interpretaríamos en una persona, en lugar de hacerlo de manera que se corresponda con su etología.

El antropomorfismo es un sesgo, es decir, una desviación en el análisis de lo que percibimos que nos aleja de la conclusión o actuación correcta. Los sesgos son chungos cuando estudiamos o entrenamos a un perro porque nos sacan de la buena ciencia.

Pero cuando el antropomorfismo se explica de manera parcial, interesada y tramposa también supone un peligro. Y, por desgracia, es algo muy frecuente en el mundo del perro.

Siempre que doy clase a entrenadores, ya sean expertos o estén iniciando su formación, les hago la misma pregunta:

“¿Habéis oído hablar del antropomorfismo y de sus peligros?”

Y siempre me responden afirmativamente, se les ha insistido en que el antropomorfismo es un abismo que se encuentra a uno de los lados de la carretera de la ciencia y que deben evitarlo a toda costa para no despeñarse.

Todos los entrenadores que he conocido han recibido una y otra vez este mensaje. Consecuentemente se preocupan mucho de conducirse de manera lo más alejada posible de ese temible peligro.

Pero les han hecho trampa.

Porque lo siguiente que les pregunto es si conocen el sesgo contrario, el que te hace caer por el otro lado de la carretera.

Y nunca les han hablado de él. Ninguno de los entrenadores a los que les he preguntado conocían cuál era el sesgo opuesto al antropomorfismo. Eso es mala praxis formativa.

El sesgo contrario al antropomorfismo es el sesgo de objetualización, que implica interpretar las conductas de un perro (u otro ANH) de manera equivalente a como interpretaríamos las acciones de un objeto. La objetualización causa una desviación de la calidad del análisis de la conducta de los perros mucho mayor que la derivada del antropomorfismo.

Porque es bastante evidente que los perros -mamíferos sociales, emocionales y comunicativos- son bastante más parecidos a las personas que a los microondas. Y que la interpretación correcta de sus motivaciones y de sus acciones están más alejadas del conocimiento de las funciones de cada tecla del microondas y de la manera correcta de programarlo, que de las equivalencias con las motivaciones y acciones de otro mamífero social, emocional y comunicativo.

Cuando alguien informa enfáticamente sobre el peligro en un lado de la carretera y omite decir que al otro lado acecha un abismo aún más peligroso está actuando negligentemente, bien por ignorancia, bien por mala fe, y quien confíe en esta información parcial terminará despeñándose por el lado que pensaba seguro.

Porque las medias verdades son las peores mentiras.

Para estudiar y entrenar a los perros sin soltar la mano de la ciencia es muy importante conocer ambos sesgos, antromorfizar y objetualizar. Cuando nos informan solo de uno nos empujan hacia el otro, provocando que caigamos en el sesgo contrario al que conocemos. En muchas ocasiones esto se hace con plena intencionalidad.

Demasiada gente está aprovechando el fantasma de la antropomorfización, sacudiendo su esqueleto como una amenaza, para conseguir que cada vez más entrenadores objetualicen a los perros, los cosifiquen y vean su entrenamiento y la convivencia con ellos como la programación de un complejo electrodoméstico, que funcionará eficazmente conociendo y pulsando la secuencia de botones adecuada.

Los perros no funcionan así. Porque los perros son sujetos y no objetos.

Por eso, aunque hay que evitar ambos sesgos, tengo claro en cuál de ellos preferiría incurrir ¿Y tú? ¿En qué lado de la carretera te sientes más cómodo y seguro cuando llegan las curvas?

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Algunos problemas que se han instalado en la Terapia Asistida por Perros.

Mi amiga María Daniela Balduzzi, que lidera el Big Team Argentina dedicado a la terapia y las actividades asistidas por perros, me ha animado a escribir este post, sobre lo que ambos creemos que son problemas extendidos en el área de la Terapia Asistida por Perros (TAP).

En nuestras conversaciones privadas ambos coincidimos en que existen prácticas negligentes que se han vuelto tan habituales en la TAP que se llegan a considerar  normales y correctas. María Daniela me animó a escribir este post exponiéndolas, defendiendo la necesidad de que estos problemas se conozcan, pues muchas veces quienes se inician en este área no están sobre aviso y llegan a adoptarlas de buena fe.

La causa primera de muchos de estos problemas son determinados modelos formativos que afectan a la forma de realizar TAP de quienes  aprenden con ellos.

En muchos países, entre ellos España y, según me dice María Daniela, Argentina, se ha generalizado en la formación de los futuros Técnicos de Terapia Asistido por Perros (TTAP) un modelo de trabajo en el que se asocia una discapacidad, patología o problemática con unos objetivos de mejora comunes a dicha discapacidad, patología o problemática (“esto” es lo que se hace con ancianos, “esto” es lo que se hace con menores en situación de exclusión social…)

Este modelo no solo es equivocado, sino que potencia fuertemente la discriminación que implica evaluar y clasificar a quienes reciben la terapia por su discapacidad, patología o problemática y no por sus necesidades y circunstancias individuales y únicas. Etiquetar a las personas de esta manera es un fortísimo generador de discriminación, paternalismo y otras consecuencias igualmente severas para los potenciales beneficiarios de la terapia. Por ello lo consideramos no solo un enfoque equivocado sino peligroso.

Además es un modelo que potencia que los TTAP “suplanten” a los terapeutas especialistas (psicólogos, fisioterapeutas, neuropediatras…) en la dirección de la terapia, causando que muchas de sus acciones supuestamente terapéuticas no lo sean realmente:  en primer lugar no se evalúa objetivamente su eficacia, con lo que no se puede saber si existe mejoría, algunas de estas actuaciones podrían resultar problemáticas, ya sea durante su realización, ya sea al finalizarlas por los problemas emocionales que puedan darse en los sujetos de terapia y que no se han previsto (¿en cuántos casos se implementan las necesarias sesiones de finalización que preparan emocionalmente a los sujetos de terapia para terminar el proceso y dejar de ver a sus amigos caninos?).

Por esto siempre hemos defendido un modelo formativo muy diferente, que se basa en las áreas de mejora potenciales de cada persona, permitiendo individualizar el proceso y dejando el protagonismo técnico, la dirección y la evaluación de la terapia al especialista y no al TTAP. Puedes conocer más sobre nuestro modelo formativo pinchando aquí.

Pero el modelo de trabajo que proponemos choca con varios escollos, más relacionados con las tres Ps: Pereza, Poder y Pasta (en Argentina la tercera sería Plata) del entrenamiento de animales, que con aspectos técnicos.

En primer lugar muchas personas, al formarse y después al trabajar como TTAP, prefieren un modelo tranquilizador que les aporte fórmulas de trabajo generales a las que acogerse. Individualizar el diseño de cada terapia, coordinarse (y subordinarse) con el especialista y evaluar objetivamente los resultados sobre el papel resultan cosas sencillas, pero en la práctica profesional exigen mucho más  trabajo que repetir sesiones tipo por colectivos, trabajar a nuestro aire o apelar al “buenismo” autocomplaciente para validar los resultados únicamente con frases como “su sonrisa es mi evaluación”. Esto tiene que ver con la pereza.

En segundo lugar muchas entidades dedicadas a la TAP están formadas única o principalmente por especialistas caninos, que prefieren mantener un mayor rol directivo en su trabajo, para así funcionar de la manera más autónoma y con el mayor control de la terapia que sea posible. Es normal, pues algunas de estas entidades llegan a ser muy grandes y no les gusta depender de especialistas ajenos, que además pudieran dar una valoración negativa de su trabajo en alguna ocasión. Esto tiene que ver con el poder.

Por último la TAP es un negocio rentable y muchas entidades tienen intereses económicos notables, dependiendo sus beneficios e incluso su supervivencia de mantener un trabajo fácil de realizar y de delegar, a veces tan sencillo que puedan llevarlo a cabo por completo alumnos en formación. Esto tiene que ver con la pasta/plata.

Aunque debe asumirse que la terapia ha ser rentable para resultar una actividad viable, esta rentabilidad no puede basarse en un modelo que dependa (1) de la discriminación de los sujetos de terapia reduciéndolos, igualándolos, a su discapacidad, patología o problemática, (2) de trabajadores de baja cualificación y escasamente remunerados y (3) de la evaluación propia, autocomplaciente y siempre positiva, de los resultados.

Finalmente los actores principales no somos nosotros, ni los perros, sino individuos diferenciados que confían en un protocolo terapéutico y cuya potencial mejora está comprometida. No basta con que la terapia no haga daño, debe exigírsenos a quienes estamos implicados una continua y rigurosa evaluación de que estamos consiguiendo todo lo posible en el tiempo y con los medios de los que disponemos, pues finalmente este tiempo y estos medios están dejando de invertirse de otros modos en la mejora de los sujetos de terapia. No basta con hacer algo, si no hacemos más que otras acciones que requieran medios y tiempo equivalentes estamos “robando” a los sujetos de terapia su mejora potencial. La visión de la TAP como canal de autorrealización del TTAP debe acabarse y debemos verla como la herramienta terapéutica que es, que debe ser. La felicidad y realización de quienes disfrutamos con esto ha de ser una consecuencia del trabajo y no su objetivo.

Aunque, por supuesto, esto es mi opinión y tiendo a ser algo severo en este tema, puesto que creo que se ha generalizado un discurso “buenista” que tapa muchas carencias, actuaciones deficientes y una cierta pereza para analizar en profundidad y con consistencia lo que realmente aporta la TAP a quienes la reciben.

Compromiso y evaluación de resultados objetivos y fiables, diseño del trabajo técnico, personalizado y dirigido por un especialista en el área. Y todo el corazón para llevarlo a cabo, no para sustituir las premisas técnicas.

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EDUCAN, los certificados de profesionalidad estatales, los perros de asistencia y el Reishiki.

Ayer publicamos en el Facebook de EDUCAN que hemos sido la primera escuela de adiestradores de la CAM (la inspectora comentó que tenía la casi total seguridad de que éramos los primeros a nivel nacional) que puede emitir directamente el Certificado de Profesionalidad Oficial del Estado Español de Instructor de Perros de Asistencia.

Esto es un mérito importante para EDUCAN, puesto que las condiciones son exigentes y las evalúa el estado. No es un mero trámite administrativo, sino un elemento objetivo de valoración y reconocimiento de la calidad. Y si no ya veremos cuántos pueden realizar ese “trámite” 😉 .

Pero sin duda, además de EDUCAN, existen otras buenas empresas que cumplen o cumplirán sin problema las condiciones exigidas y se acreditarán, como nuestros archienemigos (cordiales por otra parte) de Bocalán, que es la otra escuela de entrenadores de referencia en nuestro país, o Animal Nature de mi amigo Carlos Bueren. De hecho sin ellos (y otros más en toda España, pero hago referencia a empresas cuya labor está enfocada en la CAM) este sería un sector que quedaría cojo y que daría la espalda a la realidad. Son una competencia muy difícil, la más difícil, pero no me gustaría una regulación hecha a medida para obligar a los alumnos a pasar por el aro de una sola empresa. Eso sería injusto e iría contra el libre mercado y contra todo lo que creo y defiendo.

Pero lo que es sí bueno para todos, es que el proceso de evaluación e inspección ayudará a separar el grano de la paja y a “ordenar” el sector de la formación de entrenadores en España en un momento en el que las medias verdades y la picaresca parecen más la norma que la excepción en la oferta formativa canina.

Cuando se publiquen los otros dos Certificados de Profesionalidad, “Adiestramiento de Base y Educación Canina” e “Instrucción Canina en Operaciones de Seguridad y Protección Civil” también intentaremos acreditarnos. Hasta dicha publicación toda empresa que dé a entender que su formación tiene algún tipo de carácter oficial a nivel nacional respaldado por el Estado está falseando la información y actuando de una manera engañosa. Y si empiezan siendo poco claros….

Curiosamente ni EDUCAN ni Bocalán, las Oxford y Cambridge (¿o las Cambridge y Oxford? 😉 ) de la formación de entrenadores de animales en España, ambas asesoras del Estado español en el proceso de creación y puesta en marcha de estos certificados, han/hemos “vendido” una falsa oficialidad de nuestros cursos.

EDUCAN y Bocalán hacen publicidad veraz en este aspecto: Bocalán consiguió hace poco incluir su formación de entrenadores de perros de terapia en el programa Europeo Leonardo, EDUCAN ha sido reconocido como Centro Oficial para impartir la formación y emitir directamente el título oficial de entrenador de perro de asistencia, el Certificado de Profesionalidad. Estos son méritos reales de ambas empresas, concedidos por entidades públicas de gran calado, no hay “yo me lo guiso, yo me lo como”, ni cortinas de humos para que los alumnos crean que somos más de lo somos.

No hacemos trampa y no exageramos: no es necesario pasar por nuestras escuelas, a modo de impuesto revolucionario, para poder ejercer legalmente como técnico de terapia asistida por perros o como entrenador de perros de asistencia.

Los técnicos de terapia asistida no están regulados en nuestro país y es absolutamente innecesario tener ninguna titulación concreta para ejercer; basta con darse de alta en hacienda (y cotizar, of course my dear) para estar 100% legal.

En el caso de los perros de asistencia el tema es algo más restrictivo, porque será necesario que un perro esté adiestrado por una entidad o entrenador que posea el Certificado de Profesionalidad para ser incluido en el registro oficial de perros de asistencia y así beneficiarse de las diferentes leyes autonómicas de accesibilidad para acompañar a su usuario. Pero eso no quiere decir que haya que pasar por EDUCAN (u otra de las escuelas que posteriormente entren en la oficialidad) como única vía: existe también un proceso de acreditación al que quienes se consideren cualificados pueden presentarse, exponiendo su experiencia y formación, para obtener el Certificado de Profesionalidad como Instructor de Perros de Asistencia.

Es cierto que este proceso tiene un par de “peros”, el primero es no saber la frecuencia con la que se convocarán estos procesos de acreditación, aunque inicialmente no serán demasiado frecuentes, es lógico pensar que progresivamente irán siéndolo más. En todo caso, existe la posibilidad de solicitar un proceso de acreditación a través de empresas u otras entidades del sector.

El segundo problema se ha manifestado en el proceso de acreditación en Catalunya, que reguló el perro de asistencia a nivel autonómico antes de que saliera publicado el Certificado de Profesionalidad de carácter nacional en el BOE: el que las convocatorias de acreditación no se publiciten suficientemente, limitando las posibilidades de presentarse de quienes desean certificarse. En este aspecto únicamente puedo asegurar que desde EDUCAN se informará ampliamente y desde todos nuestros canales de aquellas convocatorias que conozcamos, facilitando que cualquier interesado, tenga relación con nuestra empresa o no, tenga opción acudir. Es cuanto está en nuestra mano hacer, y podéis contar con que lo haremos.

Pero además del área “legal” el perro de asistencia, y, más en concreto, la formación de entrenadores de perros de asistencia son temas que no están exentos de problemas profundos, estructurales en muchos casos, que conviene exponer con claridad antes de que el entusiasmo de nuestros alumnos les lleve a apuntarse de manera impulsiva ¡Porque ya hemos recibido más de cincuenta peticiones de información para veinte plazas convocadas en Octubre de 2015! Y antes de que nadie se tire al agua es mejor que sepa bien cómo están las cosas.

Hay dos problemas principales, a mi entender, con el perro de asistencia:

  • Garantizar la calidad de vida del perro
  • La situación del mercado laboral.

A los que se añade para quienes quieran formarse y para las escuelas:

  • El coste de la formación.

Ninguno de estos problemas es sencillo de afrontar, pero para hacerlo lo primero es exponerlos.

EDUCAN fue pionero tanto en la introducción del perro de asistencia como de la formación de entrenadores especializados en su preparación. Sin embargo las dificultades que encontrábamos para garantizar la calidad óptima de vida de los perros una vez entregados nos llevó a desvincularnos del sector durante largo tiempo. Lo explicaré mejor para evitar malas interpretaciones: al hablar de calidad de vida no me refiero ni a maltrato ni a sufrimiento del perro, sino a la imposibilidad de acceder a la felicidad. Las formas de entrenar más usadas implican programas de condicionamiento demasiado centrados en refuerzos individuales (típicamente comida y juguetes) que relegan a un segundo término el desarrollo social del perro. El trabajo así planteado no es colaborativo sino un intercambio de conductas por comida, imposibilitando que realizar la conducta de manera coordinada sea un fin social en sí mismo, lo que tiende a objetualizar la relación. Esto, que puede no ser demasiado grave en un adiestramiento de manejo o incluso en un adiestramiento deportivo, pues el trabajo supone un subconjunto relativamente pequeño del tiempo de relación entre la persona y el perro, pasa a ser más peligroso en un perro de asistencia, que usa mucho más del entrenamiento durante la convivencia. Insisto en que esta es mi opinión y no hace referencia a desatender los mínimos de calidad de vida, sino a limitar los máximos.

Muchos años nos ha costado desarrollar un nuevo modelo de entrenamiento que evite estos riesgos manteniendo la calidad operativa de los resultados, pero creemos haberlo conseguido de manera consistente. Ahora iniciamos la publicación de varios libros exponiendo nuestras propuestas de trabajo, en dos meses aproximadamente saldrá el primero. Por ello este primer problema, el más grave, lo hemos conseguido superar. Aunque nos haya costado más de diez años de I+D+I 😛

El segundo problema es la situación del mercado laboral, algo particularmente importante para quienes deseen dedicarse al perro de asistencia profesionalmente. Lo cierto y verdad es que no existen empresas que oferten puestos de trabajo para entrenadores de perros de asistencia. Después de esta frase parece lógico pensar que no tiene mucho sentido formarse u ofertar formación como entrenador de perros de asistencia.

Ese razonamiento parte de un error de base: cuando EDUCAN y Bocalán iniciamos nuestra actividad formando entrenadores (no me refiero ahora sólo a los de asistencia) no había demanda de cursos, ambas empresas podíamos considerar un buen curso uno con diez alumnos, y ambas empresas tuvimos menos en bastantes cursos. Y dábamos uno o dos cursos al año. No existía cultura de formarse a través de cursos en el mundo del entrenamiento canino, no existía la demanda. La creamos nosotros, creyendo en su calidad, en sus beneficios y trabajando para promocionarlos. Mi amigo Iñaki Pardo opina que el negocio está en la formación, pero es porque en su momento creamos ese negocio que no existía.

En la película “La red social” el rector de Harvard recrimina a unos alumnos que, como en Harvard todo el mundo tiene tanto talento, nadie quiere ser contratado por una empresa, todos quieren crear su propio trabajo. Aquí parece suceder lo contrario: la gente espera ser contratada por una gran empresa y eso no existe, cierto. Pero todos los que hemos estado y perseverado en el perro de asistencia hemos encontrado usuarios y financiación. Cuando en EDUCAN hicimos los primeros cursos para la CAM entregamos seis perros, ahora Bocalán, en un verdadero hito por el que ya felicité en privado a Teo Mariscal, van a entregar ¡once perros! Carlos Bueren, de Animal Nature, está trabajando e investigando con perros de asistencia para afectados por trastornos del espectro autista.

Bocalán no entrega perros de asistencia porque tiene suerte, es el resultado de un equipo excelente trabajando a lo largo del tiempo, creyendo en la utilidad y viabilidad de su proyecto: Teo es un máquina con el Foundraising, Elena, a la que conocí el otro día, me pareció un lujo como responsable de los perros entregados, es tan buena que incluso podría trabajar en EDUCAN (con un pequeño exorcismo para expulsar algo de ABA y hacer hueco a las ciencias del comportamiento actuales). Ellos han creído y han creado.

Es trabajo de quienes deseáis ser entrenadores de perros de asistencia, de quienes creéis en la importancia del perro de asistencia para mejorar la calidad de vida de sus usuarios, informar, promocionar, presentar proyectos ilusionantes y hacer que ese mercado crezca para os incluya y os permita vivir de lo que amáis. Si no eres emprendedor y asumes el riesgo y la responsabilidad no merece la pena que hagas el curso, ni el nuestro ni ninguno, porque no te servirán para nada. En esto hay que desear volar alto y saber volar solo, es un trabajo para halcones, no para gallinas ;). EDUCAN y Bocalán al principio éramos una persona, una correa, convicción y ganas. Si te falta la correa te la regalamos.

El último punto es el coste de una formación tan larga, mi amigo Iñaki, haciendo una regla de tres con nuestros precios, ha calculado que el curso de Instructor de Perros de Asistencia costaría cerca de doce mil euros por alumno. Aquí creo que también las empresas debemos mojarnos y ayudar a quienes se atrevan y arriesguen a trabajar duro para crecer y hacer crecer el perro de asistencia en España. Por eso en EDUCAN estamos buscando la manera de que sea lo más barato posible, y aunque varias cosas están en el aire y por ello no puedo dar un precio ahora, aseguro que este curso costará sustancialmente menos que lo calculado por Iñaki. Palabrita del niño Jesús.

Suerte y Reishiki para todos.

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Señales, comandos y una cierta falta de sentido crítico.

Uno de los problemas generalizados que existen en el entrenamiento y gestión del comportamiento canino es la falta de sentido crítico.

Sin duda prefiero a quien no coincide en nada conmigo, pero que discrepa desde un análisis profundo y consistente, a aquel que opina como yo sin hacerse preguntas y aceptando un razonamiento ya hecho sólo porque cuadra con sus ideas previas sobre cómo deberían ser las cosas. Opinará como yo, pero no piensa como yo, pues nunca he compartido que se pueda tener una convicción técnica sin un análisis profundo de una cantidad suficiente de información de calidad.

La falta de sentido crítico trae una consecuencia inevitable y torrencial, los prejuicios, en su sentido literal: opiniones negativas y tenaces sobre algo previas a conocerlo suficientemente. Un tremendo lastre.

Y quiero ilustrar esto con un ejemplo de prejuicio que se acepta sin pensar demasiado sobre ello, porque coincide con lo que algunos prefieren pensar. Me refiero al uso de la palabra señal y/o de la palabra comando refiriéndose a las indicaciones que aportamos al perro para que realice alguna conducta.

En España se ha hecho un lugar común en algunos sectores del entrenamiento considerar la palabra señal como la correcta y afirmar que la palabra comando es incorrecta y tiene un sesgo negativo, una oscura connotación paramilitar, al relacionarse de algún modo con los cuerpos especiales denominados comandos.

Sin embargo ese argumento es falso, porque, en realidad, no se dan “comandos a los comandos”, lo que daría lugar a malos entendidos cómicos. Pocas películas bélicas veréis en las que un aguerrido sargento de los Marines inicie una peligrosa operación gritando a sus hombres: “Seguid mis comandos”. Comando no es ni una palabra técnica ni jerga del ámbito militar que signifique orden (de mandar, no de poner juntos los calcetines). Nunca lo ha sido.

Evidentemente, por lo anterior, usar comandos no da ningún carácter paramilitar ni a quien los da, ni a quien los recibe, si fuera así todos nuestros ordenadores, incluso los elegantísimos y claramente civiles y pacifistas Macs, serían sospechosos de militarismo. Es una asociación ridícula, que no resiste el más mínimo análisis crítico y que, tras pensar sobre ello, produce un cierto rubor haber aceptado como válida.

Porque la diferencia real es que señal es un término de psicología conductista y comando es un término de computación y cognición, que son las disciplinas de donde se adoptan, por más que la imaginación poco leída de algunos les atribuya orígenes más sospechosos.

Señal hace alusión a un estímulo que indica y marca el momento en el que será valioso realizar determinada conducta, de manera similar a las señales de tráfico que informan de cuándo realizar o dejar de realizar algún acto de conducción. Así, simplificando, las señales informan al perro de la posibilidad de recibir un refuerzo realizando alguna acción concreta. En entrenamiento C-E usamos el término señal cuando estamos realizando aprendizaje asociativo, las señales para ser eficaces en un entorno enriquecido y variable requieren largos procesos de generalización.

Comando, sin embargo, está referido a un estímulo que pone en marcha un proceso cognitivo interno determinado, de manera equivalente al funcionamiento de un comando de programación informático (de donde se toma el término) y está más relacionado con el aprendizaje conceptual, proactivo y estructural. El adiestramiento C-E cambia de usar la palabra señal a la palabra comando cuando el perro, teniendo asociada la señal a alguna acción, ha de usar dicha acción de manera proactiva para responder y solucionar una situación problemática y con información ambigua que le llevaría a realizar otras acciones diferentes. Así, la señal pasa de indicar el valor conductual de un momento a funcionar como una instrucción (un comando, vaya) que requiere atención, esfuerzo consciente y procesado novedoso para ser eficaz en circunstancias complejas, multiestimulares, descontextualizadas y con variables extrañas, lo que minimiza las necesidades de generalización.

Si comando no tiene ninguna relación con la jerga paramilitar, donde no se utiliza en absoluto como sinónimo de orden, indicación o señal ¿por qué se ha popularizado y perpetuado esa asociación tramposa que descalifica comando como palabra técnica? Pues sinceramente, me parece una fea maniobra de algunos sectores radicalmente conductistas para “vendernos” como buena y técnica su nomenclatura y hacer sospechosa y darle un cariz negativo y de poca calidad a los términos que vienen de otras ciencias del comportamiento.

Recalco: de algunos sectores conductistas inseguros y tramposos, porque la mayoría de conductistas radicales que conozco optarían por discutir con argumentos técnicos y consistentes sobre los beneficios de su término frente al otro (he disfrutado mucho debatiendo este tema con amigos que pensaban de manera diferente a la mía), sin necesidad de asociarle previamente emociones negativas, cargándole con prejuicios que enturbian el debate de los conceptos y crean una situación de sospecha moral sobre quienes optan por el término cognitivo.

Otro tema de debate, que prometo abordar en otro post, es el uso, las implicaciones y los matices de las palabras orden e indicación de manera diferenciada respecto a señal y comando. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión…

Tengamos cuidado porque las palabras a veces pesan demasiado para que se las lleve el viento, tanto como para ser usadas como armas. Y aquí nadie está en guerra ¿o sí?

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Dios está en los detalles (II): Conseguir una llamada eficaz y consistente.

Sin duda el ejercicio más relevante del adiestramiento para el manejo y tenencia responsable de un perro es la llamada. Cuando resulta consistente, forma el cimiento para que nuestros compañeros caninos jueguen y corran libremente, pues nos permite recuperarlos y evitar que invadan zonas que pudieran ser peligrosas para ellos.

Pero no es fácil obtener una llamada de calidad. En este post voy a intentar ofrecer algunas claves para conseguirlo.

Buena parte de los problemas se deben a una doble condición, obvia y contradictoria: La llamada es muy sencilla de entrenar en un ambiente controlado, pero después es muy difícil de realizar en la vida cotidiana del perro. Gran parte del quid del éxito en este ejercicio consiste en entender esto de manera profunda y entrenar de manera concordante.

La llamada es fácil de entrenar porque, como acción, no tiene complejidad: acercarse hacia una persona querida que además le entrega un premio (incluso con los sistemas menos respetuosos es sencillo para el perro entender que el “refugio” ante un aversivo está en una persona querida). Cuando les enseñamos a acudir en una sesión de entrenamiento, el guía o el entrenador somos referencias claras y la obtención del refuerzo también es bastante simple de asociar con la conducta.

Pero después solicitaremos la llamada mientras esta jugando, corriendo con otros perros o abstraído en la exploración de una apetecible basura. Esto hace que las dos condiciones que se daban durante su entrenamiento, la referencia social clara y la evidencia de dónde se encuentra el refuerzo de su interés, simplemente desaparezcan. El plano social enfocado en otros perros amigos y los refuerzos que se obtienen al jugar con ellos, buscar en la basura… hacen que se volatilice todo lo que hacía fácil la llamada. Si nuestro entrenamiento se ha basado en una técnica que daba el máximo protagonismo a estos dos parámetros, el ofrecerle un refuerzo individual al acudir y la facilidad de encontrarnos como referencia de llegada, el ejercicio se nos escurrirá entre los dedos.

La llamada puede y debe iniciarse de esa sencilla manera, pero es un primer paso que sin una evolución posterior del entrenamiento a través de trabajos conceptuales, que van mucho más allá de la generalización (tan sobrevalorada como herramienta para dar consistencia a un adiestramiento), no permitirá desarrollar el ejercicio para que sea eficaz en la vida cotidiana del perro.

¿Qué debemos hacer para que el perro que en una sesión de entrenamiento oye “¡Aquí!” y acude con nosotros termine haciéndolo también durante sus paseos? Existen varios puntos que tenemos que conocer y trabajar:

  1. Refuerza la llamada principalmente a través de actividades favoritas: Igual que un niño cuando está jugando con sus amigos ignorará olímpicamente tu oferta de un helado, el perro no acudirá si el refuerzo principal que has usado para construir la llamada es un pequeño trozo de comida ¿qué es eso frente a la libertad de correr, revolcarse y servirse basura? Aquí aprovechar el principio de Premack es fundamental. Una vez asociada la señal, empieza a llamarle antes de dejarle libre en el parque, de salir a la calle, de hacerle localizar un juguete o de que aparezca su mejor amigo. Esto le da a la llamada un valor contextual y situacional, que es el que puede funcionar después, en las situaciones reales en las que la usarás. Estás integrando la llamada en las circunstancias finales de trabajo.
  2. Entrena en situaciones de activación emocional alta: Es absurdo pensar que el perro va a realizar la llamada cuando esté excitado si sólo entrenas con el perro concentrado y tranquilo. El contexto emocional es determinante, los mecanismos neurales que el perro utilizará para escucharte, controlarse y acudir mientras corre y juega son específicos y deben ser entrenados para que se vuelvan funcionales. Para conseguirlo búscate “simuladores emocionales” que permitan trabajar con una alta activación emocional: pedirle la llamada dentro de casa cuando es la hora del paseo y está en la puerta deseando salir es una buena manera de hacerlo, cuando acuda correcta y establemente un par de veces le pones la correa y ¡a la calle! También lo puedes hacer antes de entrar al coche para ir al campo. Incluso, si fuera posible, podrías entrenar en el veterinario, siempre que a tu perro no le guste ir, antes de salir le pides la llamada y sólo os vais cuando la haga bien. Entrenando así conviertes la llamada en algo más, en un ejercicio de gestión emocional que mejorará las capacidades emocionales de tu perro. Mejor imposible.
  3. Convierte el buscarte y llegar hasta ti en un reto: Puesto que la otra gran diferencia que separa las situaciones de entreno de las reales es la facilidad de mantener al guía como referencia, debemos entrenar al perro a localizarnos, esforzarse en llegar hasta nosotros y, además, haciéndoselo divertido. Para ello recomiendo dificultar el acceso a la posición de llegada poniéndole problemas como cambiar nuestra posición, colocarnos de espaldas, escondidos entre arbustos… Llegar hasta ti debe ser un juego divertido, proactivo y que requiera de esfuerzo mental. Esta técnica, que es bien conocida por los practicantes del adiestramiento C-E, resulta ventajosa para mejorar la llamada independientemente de cuál sea nuestro sistema de entrenamiento.
  4. Estabilidad, estabilidad, estabilidad: Una de las causas más frecuentes del deterioro de la llamada es la inestabilidad. Su aparición es lógica, le pedimos al perro que haga algo en un entorno altamente emocional y está deseando terminar para volver a lo suyo ¿Cuántas veces has visto a un perro hacer la llamada casi con urgencia para inmediatamente salir de nuevo corriendo hacia sus amigos? Esto funciona como una trampa para cazar adiestradores novatos, como vemos que el perro acude con presteza pensamos que es buena cosa permitir esta inestabilidad, dejándole volver de inmediato a jugar, lo que inicialmente activará al perro para venir rápido. Pero si trabajamos así, la inestabilidad se fijará por condicionamiento clásico (me sigue gustando más este término, qué se le va a hacer) y la llamada se irá deteriorando desde dentro, desde el mismo corazón del ejercicio, hasta que el perro se limite a dar un par de pasos hacia nosotros antes de reanudar con entusiasmo lo que realmente quería hacer. Para evitarlo tenemos que conseguir que el perro se estabilice y serene emocionalmente antes de liberarle. Esto se consigue dándole una referencia clara sobre el final del ejercicio cuya realización le requiera y facilite el autocontrol. Lo normal es pedirle que se siente delante nuestro, lo que le desconecta visualmente de la situación. Esto es óptimo para que los perros con una impulsividad baja o media se estabilicen. Sin embargo en perros extremadamente dinámicos, que no pueden dejar de atender a lo que les interesa, esta llegada resulta potencialmente estresante. Para ellos es mejor acudir a sentarse al lado de su guía, de manera similar a lo que sería la posición base de IPO, OCI o Ring, lo que les permite comprobar mediante el tacto que están correctamente situados con nosotros, mientras con la vista pueden controlar lo que pasa, algo importante para que perros muy dinámicos se controlen y estabilicen en un contexto con varios puntos de interés. En ambos casos la calidad y estabilidad del sentado funcionan como evaluadores del autocontrol emocional. Cuando el perro se encuentre estable y autocontrolado es el momento de liberarle y permitirle volver de nuevo a su actividad.
  5. Renuncia a la perfección: Los perros, como nosotros, tienen días mejores y peores, lo importante es la regularidad. Cuando alguien empieza a plantearse que el perro debe venir siempre, de inmediato, a la primera y suceda lo que suceda, está plantando en su pensamiento la semilla del abuso. El perro debe ser fiable en la llamada, no soy condescendiente con esto porque su seguridad y su calidad de vida están comprometidas, pero si un día está jugando con sus amigos ¿no te parece razonable tener que llamarle un par de veces?
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Dios está en los detalles (I): Formas sencillas de facilitar y mejorar el entrenamiento de la permanencia en adiestramientos de manejo.

Llevo tiempo queriendo hacer una serie de artículos sobre algunas pequeñas cosas que se pueden llevar a cabo en los adiestramientos para el manejo y tenencia (lo que se suele llamar “obediencias comerciales”) y que, en mi opinión, mejoran sustancialmente los resultados.

Y es que en muchas ocasiones mantenemos formas de hacer “tradicionales” casi por inercia, sin pensar en lo sencillamente que podrían mejorarse si incorporásemos de manera práctica a nuestro trabajo algunos de los conocimientos sobre perros que tenemos.

Uno de los ejercicios que más claramente muestran esto es la permanencia en quieto, al no ser particularmente complicado de enseñar no suele pensarse demasiado sobre ello. Sin embargo, todo lo sencillo que pudiera tener su entrenamiento se compensa por lo complejo que resulta su uso en la vida cotidiana: dejar a un perro quieto mientras entramos a comprar el pan puede ser muy arriesgado. Un buen motivo para revisitar y actualizar la manera de enseñarlo, además, siendo el nuestro un trabajo vocacional, siempre gusta ver nuevas formas de hacer las cosas.

El primer error que aún veo con frecuencia en el entrenamiento de la permanencia es terminarla llamando al perro a distancia, esta costumbre es herencia de los reglamentos deportivos y no aporta ninguna ventaja conceptual al trabajo y sí bastantes problemas. En un adiestramiento de manejo es vital que las permanencias sean tranquilas y seguras, para ello lo mejor es que el perro vea que su guía siempre vuelve a él para terminar el ejercicio, así podrá relajarse mientras estamos lejos de él, sabiendo que hasta nuestra vuelta no tiene que estar atento a nada más. Si le llamamos a distancia mantendremos al perro expectante a recibir nuestra señal todo el tiempo que esté quieto, impidiendo su tranquilidad y facilitando que pueda confundirse si hacemos o decimos algo fuera de lo normal durante la permanencia. No sería la primera vez que veo a un perro levantarse creyendo que su guía, por fin, le ha llamado por que saludaba a alguien que estaba al otro lado de la calle. Debería ser un norma de oro ir a buscar siempre al perro al entrenar las permanencias.

Otra herencia envenenada de los adiestramientos deportivos es la de enseñar al perro a permanecer tumbado en esfinge. Esta forma de tumbarse es muy difícil e incómoda de adoptar para algunos perros, exigiendo en todos los casos un nivel de tensión y atención sobre sí mismos que impide a los perros relajarse, algo interesante y valioso si estás compitiendo, pero que en el manejo cotidiano va contra la necesaria tranquilidad durante la espera. Yo siempre ladeo los cuartos traseros del perro para que repose más cómodamente, aunque muchos de mis perros han practicado adiestramiento deportivo y tienden a ponerse en esfinge, yo insisto en el entrenamiento lateral hasta que entienden que para permanecer quietos fuera de la pista tienen que ponerse cómodos ¡es como convencer a un dandy de que se tumbe en la hierba con su ropa nueva! Pero gracias a eso mi perra Ela, IPO III, pudo acompañarme en la cabina de pasajeros en uno de mis viajes a Chile: dieciséis horas tumbada y quieta a mis pies no eran viables en esfinge.

Los otros cambios que planteo son menos formales y más conceptuales, pero no por ello más complejos de implementar. Todos tienen por objeto asociar un estado emocional tranquilo y seguro al ejercicio, quizá el fallo más frecuente y fácil de cometer al entrenar las permanencias es asociar un estado emocional de inseguridad e incomodidad en el perro. Para el perro, que nos alejemos de él e incluso desaparezcamos de su vista, como la amada que parte en el tren en las películas, es algo potencialmente muy agobiante: tener que vernos impertérrito y quieto, sin acudir a nosotros llamado por su cariño, es duro, de hecho los protagonistas de las películas siempre terminan corriendo tras el tren, aunque sepan que solo disminuirá la separación durante un breve lapso. Es algo emocional, una característica de los mamíferos sociales: tienden a evitar la separación, es una buena opción para mantener la cohesión del grupo durante los largos lapsos de convivencia en los que no existe un objetivo colaborativo definido. Sentirse emocionalmente mal ante la separación y buscar la reunión es adaptativo.

La mayoría de fallos y correcciones a los perros durante la enseñanza de la permanencia son por levantarse para ir hacia un guía que se aleja de manera inexplicable para el perro, no parece muy justo trabajar así. Para evitarlo existen tres frentes sobre los que actuar:

  • La distancia: Debemos entrenar el ejercicio completo no alejándonos inicialmente más de tres o cuatro metros, así el perro puede aprender sintiéndose seguro y sin activar ningún mecanismo emocional de alerta. Todas las progresiones que comento en los otros puntos deben realizarse primero en esta distancia corta, cuando estén sólidamente construidas y el perro sepa lo que va a pasar y lo que se espera de él, podrá usar lo aprendido para tranquilizarse ante el aumento progresivo de distancia.
  • La atención: La conexión sensorial con el perro es un criterio muy importante en el entreno de la permanencia y debe tomarse en consideración, dejar de mostrarse conectado con el perro es difícil y estresante para él. La manera adecuada de hacerlo es construir primero el aprendizaje de alejarnos y volver manteniendo la mirada y la atención sobre el perro de manera continua, cuando esto está construido empezaremos a retirar la mirada manteniendo contacto sensorial con él hablándole, en adiestramiento C-E usamos el código de comunicación, el “muy bien”, que hace saber al perro que, aunque no le miro, seguimos conectados y juntos en y ante la situación. Progresivamente haremos desaparecer esta comunicación oral, pero habremos evitado el momento de riesgo emocional más importante: el de darnos la vuelta y desconectar nuestras miradas.
  • La manera de desaparecer de la vista del perro y aumentar el tiempo hasta nuestra reaparición: Evidentemente una permanencia de manejo para ser eficaz tiene que permitir que desaparezcamos de la vista del perro durante un tiempo, esto, nuevamente, es un momento de estrés y malestar social para el perro ¿Desaparecer? Una cosa es quedarse quieto ante un guía que no te presta atención, pero cuya presencia tranquilizadora es evidente para el perro y otra muy diferente es que salga de su campo sensorial “¿volverá mi guía? ¿tengo que quedarme aquí? ¿qué esta sucediendo?” Lo más natural es venir a buscarnos, no es un problema de aprendizaje, es una respuesta emocional involuntaria y muy potente ante la situación. Para aportar calma debemos aprovechar una de las capacidades cognitivas de los perros: la permanencia de objeto, los perros son capaces de hacer representaciones mentales sobre dónde están o estarán las cosas (y las personas) aunque no los vean. Por ello la mejor manera de no intranquilizar a nuestro perro es iniciar nuestra desaparición pasando por detrás de un obstáculo vertical de poca anchura, como un árbol: cuando lo rodeamos el perro nos pierde de vista por un momento, pero es capaz de proyectar que apareceremos en el otro lado, por lo que no se inquieta. Nuestra progresión será aumentando el tiempo que tardemos en “cruzar” el árbol, puesto que la expectativa de nuestra salida y la proyección mental de que estamos detrás del árbol, por tanto localizables y cercanos, permiten la tranquilidad del perro durante la espera. Nunca debemos iniciar nuestras desapariciones rodeando la esquina de un edificio u otro obstáculo que no le permita al perro proyectar dónde estamos o por dónde apareceremos, pues eso es un potente activador del malestar emocional y “tirará” del perro haciéndole levantarse para buscarnos. Solo cuando el perro tenga sepa que podemos estar fuera de su vista y tardar un tiempo en volver, pero que siempre lo hacemos, introduciremos este tipo de obstáculos, una vez más el aprendizaje previo será la herramienta para que el perro se calme y no active sus defensas emocionales ante nuestra desaparición. Y es que la cognición tiene aplicaciones prácticas inmediatas ;).

Como veis propongo una manera de entrenar la permanencia que no implica dificultades técnicas, ni cambios sustanciales, permitiéndonos mejorar nuestro entrenamiento tanto en resultados prácticos como en calidad emocional a través de pequeños cambios. Porque a veces, como decía Mies, “Dios está en los detalles”.

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¿Adiestrar? Está bien, negociemos.

Hay varios puntos en el adiestramiento y la modificación del comportamiento actuales que me preocupan, creo que las fuerzas que han sido nuestros principales aliados y que han impulsado el avance de nuestra disciplina están empezando a ser lastres para el progreso más que sus socios eficaces.

El adiestramiento de perros es un trabajo multidisciplinar, en el que necesitamos beber de muchas fuentes para conseguir un resultado óptimo. Ha sido necesario importar conocimientos de aquellas disciplinas científicas que estudian diferentes áreas relacionadas, más o menos directamente, con el comportamiento y la conducta. Esta debe ser el ancla que nos impida derivar hacia las explicaciones míticas, tan atractivas y seductoras por su acariciadora sencillez y su perfecto acople con nuestros deseos sobre cómo debe ser un perro y nuestra relación con él.

Sin embargo ese saber no es suficiente, pues el adiestramiento no es, no puede ser únicamente, una reproducción, más o menos exacta, del trabajo experimental. Existen dos factores relevantes que implican la necesidad de incorporar otro tipo de conocimientos para llegar a un resultado eficaz y aplicable:

  1. La especial relación afectiva de los perros con las personas, que ha sido la causa de repetidos fracasos al intentar usarlos como sujetos de análisis experimental de la conducta. Sería extraño que pudiéramos obtener unos resultados completos aplicando unos conocimientos que en perros no pueden experimentarse y contrastarse con calidad debido a la gran cantidad de variables extrañas que incluye su relación con las personas.
  2. Los entornos diversos, muy cambiantes y poco susceptibles de ser controlados en los que debe funcionar un adiestramiento. Esta es una particularidad del trabajo con perros, que no se da en el entreno de otros animales, que suelen tener condiciones regulares y controladas en sus entornos y/o limitadas las situaciones en las que solicitaremos las conductas enseñadas. Por ello no podemos basar nuestro trabajo únicamente en la posibilidad de un control completo del entorno, de los estímulos que aparecerán y de cómo aparecerán, pues esto lo volverá un trabajo “de salón”, cuya eficacia se diluirá como azúcar cuando salgamos de las situaciones bien medidas que podemos crear en un laboratorio o durante un curso de formación. Los perros viven con nosotros y debemos manejarlos en una diversidad casi infinita de lugares y situaciones, lo que hace que sea irreal y falsa la idea de conocer, y no digamos controlar, todas las variables posibles.

Por ello, aunque el entrenamiento de perros debe necesariamente incluir estos procesos y conocimientos no puede limitarse a ellos.

En mi opinión hay tres cosas que debemos incorporar de manera sistemática y protagónica al trabajo con perros:

  1. La didáctica: A los que provienen de disciplinas científicas “duras” la didáctica puede no parecerles ciencia en absoluto, pero si nos ha servido para educar a todos los científicos que en el mundo han sido, a nuestros hijos y a nosotros mismos quizá deberíamos darle una oportunidad. Al fin y al cabo Brunner una vez me dijo “no toda la ciencia es estadística, no toda la estadística es ciencia”. Si el perro nos ve de una manera tan determinante como se ha demostrado, quizá, en lugar de intentar neutralizar nuestro protagonismo a través de herramientas y técnicas para relegarlo a un segundo plano, ha llegado el momento de ponerlo a trabajar para conseguir animar, implicar y dirigir el proceso de entrenamiento del perro, siendo enseñantes activos y protagónicos en la experiencia conjunta de enseñanza/aprendizaje.
  2. La negociación: Una vez aceptada la didáctica como herramienta necesaria y prioritaria debemos entender que existen múltiples opciones didácticas. En el mundo del entrenamiento de animales nos acechan tres grandes riesgos: el maltrato, la bambificación (Vicchio definió en 1986 esta forma concreta y nociva de antropomorfismo que consiste en la atribución de sentimientos y pensamientos humanos a los animales. La bambificación, además, intenta dar una visión de los animales extremadamente positiva y amigable, obviando cualquier cariz desagradable) y la despersonalización objetualizadora del aprendiz. El plantear el proceso de enseñanza/aprendizaje como una negociación entre dos partes, con protocolos y técnicas que nos exigen atender a las demandas del perro, además de enseñarle -como parte imprescindible del proceso- que tiene derecho y opción a exigirnos determinadas cosas como enseñantes, nos vacuna contra los tres riesgos antes mencionados: si maltratamos rompemos la negociación y por ello la posibilidad de mantener la didáctica, tenemos que recoger las demandas del perro y tomarlas en consideración para avanzar, lo que no permite atribuirle pensamientos o intenciones imaginarios, y su condición de sujeto dinámico e interactivo durante la enseñanza, nos impide objetualizarlo como un mero receptor de técnicas que genera conductas según le dosificamos estímulos.
  3. La valoración ponderada: La incorporación de consistentes conocimientos científicos ha llevado a que se busque la valoración objetiva de los casos y la elección de las técnicas en base al análisis de variables mensurables y definidas. Pero, puesto que los entornos y situaciones que tendremos con el perro son tan heterogéneos que las variables extrañas tienden a ser infinitas y además el didacta -me refiero al entrenador, no al malo de Halo 4, pedazo de juego- es otra fuente de variables extrañas, la valoración objetiva no es suficiente excepto en un reducido número de casos. Esto sucede en muchas disciplinas (si no en todas) que tienen un enfoque de aplicación practica y no es ningún drama: la medicina, la psicología (yo soy de los que considera la conductología otra disciplina diferente a esta), la enseñanza… que optan como mejor solución para ser eficientes por la existencia de un mediador cualificado que pondere cada caso para decidir qué es relevante y cuál es el rumbo a seguir para ese caso en concreto. Médicos, psicólogos, profesores y entrenadores caninos debemos tener una formación suficiente para analizar cuándo un caso nos permite una valoración objetiva, porque podamos recoger y analizar todas las variables relevantes, y cuándo eso es imposible o insuficiente y se hace necesario que realicemos una labor de mediación y valoración subjetiva ponderada para poder ofrecer resultados idóneos y un trabajo válido.

Tenemos que importar conocimientos de muchas disciplinas, pero si nos asimilamos a ellas perderemos el rumbo de nuestra actividad, que tiene características, necesidades y respuestas propias. Algunos enfoques empiezan a parecer visitas pesadas que al prolongar su estancia en nuestra casa generan una incómoda tensión y una evidente falta de naturalidad en nuestros movimientos. Han estado, han aportado mucho y nos ha hecho felices que vinieran, pero esta es nuestra profesión y tenemos que ser los entrenadores de perros quienes decidamos su dirección.

En EDUCAN hemos dedicado los últimos años a diseñar y probar nuevos protocolos basándonos en la incorporación de estas premisas: didáctica, negociación y análisis ponderado. Me alegra decir que a partir de Enero del 2014 presentaremos nuestras nuevas, y creo sinceramente que revolucionarias, propuestas para diferentes áreas del adiestramiento y la intervención en el comportamiento de los perros.

Y este es el primer anuncio de este tipo que he realizado en toda mi vida profesional.

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El “arte” de adiestrar.

Es sabido que soy un firme y activo defensor de la necesidad de incorporar conocimientos consistentes a la base de nuestro trabajo, sin eso nuestro oficio quedaría, por anacrónico, fuera del mundo que lo rodea. El adiestramiento de perros ha evolucionado mucho en los últimos años, y ha sido para bien.

Sin embargo el rumbo actual también tiene escollos, algunos más insidiosos por estar más ocultos y no mostrarse con claridad.

Uno de los peores es, por seguir principios generales demostrados, ignorar la importancia de los individuos concretos, adiestrador y perro, que participan en el adiestramiento. Por muy técnico y científico que queramos que sea nuestro trabajo, negar o considerar secundario el hecho -evidente para cualquier adiestrador con oficio- de que no existen dos perros que aprendan y trabajen exactamente igual, necesitando de un entrenamiento individualizado, sólo es una muestra de pedantería y, si no de ignorancia, sí de inexperiencia.

Todos los que preparan perros para alguna disciplina deportiva o de utilidad saben que es usual que al aconsejar a un compañero sobre un punto problemático de su entrenamiento -y todos hemos estado a ambos lados del consejo- la respuesta sea: “sí, sí, pero es que este perro es muy especial en algunas cosas”. Y es cierto, es un recordatorio de que si todos funcionaran igual con las mismas técnicas, nadie tendría problemas, vienen a decirnos “yo también me sé los conceptos básicos y estuve en ese mismo seminario, pero con mi perro el trabajo estándar no da los resultados estándar, si fuera así no fallaría en ese ejercicio. Ahora necesito algo particular y exclusivo para este perro”.

Ese es el arte de adiestrar, un concepto que quizá ha sido usado de una manera algo hiperbólica durante mucho tiempo y que ahora la ciencia de adiestrar parece haber convertido en sospechoso. Para mí no lo es, porque conozco y he vivido los tiempos en los que no existía el caudal de información actual, donde la dificultad formativa está en seleccionar los textos, los seminarios, los curso, los vídeos a los que vamos a dedicar nuestros recursos y atención.

Hace no tantos años la información era un goteo escaso y angustioso, los adiestradores tenían que hacer mucho con muy poco, usando un diez por ciento de conocimientos y un noventa de arte, entendiendo por arte la primera de las acepciones de la academia: virtud, disposición y habilidad para hacer algo. Y había mucho de las tres cosas en los adiestradores y en el adiestramiento.

Esto exigía mucha sinceridad y modestia frente al adiestramiento, frente al perro. Era imposible olvidar que adiestrar y guiar cada perro es un camino propio, no una generalidad, y que cada adiestrador tenía más talento para unos u otros perros y con cada nuevo ejemplar que entrenaba y guiaba era necesario volver a aprender a adiestrar, porque intentar los mismo con todos era una vía directa y segura al fracaso o, lo que es peor, a la atonía, a un adiestramiento vacío de emociones (en una ocasión uno de mis formadores me hizo notar que un figurante técnicamente impecable, por su falta de pasión, hacía que los perros que trabajaba sistemáticamente se fueran apagando hasta mostrar un servicio de protección cumplidor pero soso y anodino). Y esa es la peor de las mediocridades.

Es cierto que eso llevaba en muchos casos a sensaciones de frustración y estas en demasiadas ocasiones al maltrato, pero no es menos cierto que el esfuerzo, la implicación e ilusión también eran mayores y cuando las cosas salían había una cierta sensación de magia que se ha perdido. Ahora si algo no funciona enseguida es frecuente ver a gente que tuerce el gesto o empieza a desconfiar del adiestrador, la técnica o el sistema, lo que no es mejor ni peor, sino una consecuencia de la evolución y tecnificación del proceso. Pero yo no cambiaría por nada esos momentos de sorpresa.

Conrad (siempre Conrad) vivió como marino el paso de la navegación comercial a vela a la navegación a vapor y describió perfectamente lo que sucedía: hasta ese momento todos los navegantes eran descendientes de los anteriores, era un mismo arte perfeccionado y afinado con el paso del tiempo, sin embargo la navegación a vapor, que se basaba en principios diferentes y vivía otro tipo de dificultades y riesgos rompía la línea continua. Los navegantes a vapor eran sucesores y no descendientes de quienes les precedían y no tendrían las mismas incertidumbres y miedos, llegado el momento dejarían de entender por qué hacían lo que hacían los navegantes a vela.

Algo muy semejante parece estar pasándonos en el adiestramiento, donde algunos nuevos compañeros, formados única o principalmente en la ciencia de adiestrar yerran al mirar con desconfianza o superioridad a esos predecesores nobles que supieron hacer tanto con tan poco, allanando el camino y sufriendo (pero también disfrutando) el adiestramiento como quienes empiezan ahora no podrán nunca imaginar.

No debemos abandonar la ciencia del adiestramiento, que es la realidad actual, y la mejor respuesta a los interrogantes de la profesión, pues intentar una vuelta al pasado, por atractivo que nos parezca, no es sino artificio y fingimiento, pero mejoraremos sustancialmente si dejamos que nuestra ciencia de adiestrar sea lo bastante permeable como para que, en sus abundantes huecos y límites, nos penetre y ayude al arte de adiestrar, que nunca debió soltar nuestra mano, para llevarnos por el camino correcto, recordándonos que, en cierta medida, es necesario olvidar todo y aprenderlo de nuevo al entrenar y guiar a cada perro que entra en nuestras vidas, ya sea a nivel personal, profesional o deportivo.

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Volvernos empresarios en tiempos revueltos.

Decir que en España estamos en un momento difícil para los profesionales de cualquier sector es algo absolutamente obvio.

Las empresas dedicadas al entrenamiento y gestión de la conducta de perros suelen ser pequeñas y de marcado aspecto vocacional. Esto es bueno: dedicarnos a lo que nos gusta hace más fácil aumentar las horas de trabajo y permite soportar mejor una pequeña merma en los ingresos, pero puede limitarnos en otros aspectos importantes.

El problema más usual es la tendencia a centrarnos en la parte técnica del trabajo, desatendiendo la empresarial. Son frecuentes los ejercicios de diletantismo en los que un adiestrador muestra desinterés e incluso desprecio hacia la idea de promocionar su negocio, dando por hecho que quienes se dedican a mimar estas áreas son una suerte de mercenarios desaprensivos, poco interesados en la calidad del servicio.

Para ser una empresa seria y de calidad debemos ser competentes no únicamente como adiestradores, sino también como empresarios. En España tenemos grandes adiestradores, pero muy pocos empresarios del adiestramiento realmente buenos.

Aunque he comentado lo que pienso sobre qué es una buena empresa y qué no lo es, reconozco que en el necesario camino hacia la competencia como empresario abundan las tentaciones y los momentos de debilidad. Una peligrosa combinación que lleva, en ocasiones, a que, cuando un profesional empieza a pensar en la rentabilidad y funcionalidad de la empresa, termine volviéndose un creyente de esa nefasta visión que plantea que los beneficios económicos son el único parámetro de evaluación del triunfo, lo que llevará a una inevitable cuesta abajo ética y cualitativa de su empresa.

Creo que existen unas cuantas normas cuyo seguimiento nos permitirá llevar a cabo nuestra evolución empresarial minimizando los riesgos de abandonar a un lado la ética y la búsqueda de la excelencia técnica, yo las he usado con éxito e incluiré ejemplos personales sobre cada una de ellas:

  1. Escribe tus normas y criterios de calidad: Todos sabemos intuitivamente cuándo lo hacemos bien y cuándo no, sin embargo existe una zona gris donde es fácil caer para mejorar la facturación o ampliar la clientela, lo que inicia una merma inconsciente de la calidad que no tiene un punto final claro. Este riesgo de movernos en el filo de lo correcto disminuye cuando nuestras normas están recogidas de manera explícita y clara en un texto.

    En ocasiones nos hemos planteado llevar nuestro curso de olfato a BCN: Es un curso divertido para los alumnos y que aumentaría la facturación. Sin embargo tenemos manuales internos para cada curso en los que se explicitan tanto los procedimientos de trabajo clase por clase, como las necesidades del curso. Una de estas necesidades es disponer de un espacio arado justo antes de cada día de curso, de un mínimo de cinco mil metros (que va aumentando según avanza el curso) y a menos de quince minutos del aula teórica. Como no hemos podido encontrarlo, y la norma está negro sobre blanco, es fácil decidir que no podemos llevar todavía este curso a BCN, de no ser así podríamos intentar hacer viable alguna alternativa a través de concesiones para finalmente encontrarnos con que la calidad se hubiera afectado.

  2. Imponte límites: Mucho hablamos de la importancia de que los perros conozcan límites, es cuando menos justo que hagamos lo propio. Si hemos definido previamente nuestros límites,lo que estamos dispuestos a hacer y lo que no, será más fácil evitar tentaciones, pues no tendremos que buscarlos en el momento en el que nos hagan una oferta económicamente atractiva, con el elemento emocionalmente desestabilizador que supone tener la pasta al alcance de los dedos.

    En EDUCAN decidimos no aceptar contratas de recogida y/o eutanasia de animales (lo que no digo que sea una mala praxis, simplemente que nosotros preferimos que quede fuera de nuestras fronteras profesionales), teniéndolo claro es sencillo desoír las ofertas en este aspecto, pero si no te lo has planteado y aparece la posibilidad de aumentar tus ingresos en treinta mil euros al año las emociones pueden abrumarnos, haciendo que nos metamos en proyectos que en realidad no deseamos acometer.

  3. No hagas nada que no puedas contarle a tus competidores: En cada acción publicitaria, en cada conversación con un potencial cliente, mantén la norma de no mentir ni retorcer la realidad de manera que las cosas parezcan lo que no son. Actúa como si tu competidor más feroz fuera testigo de lo que le dices al cliente: diferencia tu empresa, enumera tus ventajas, compara tu servicio con el de tu competencia para mostrar tus ventajas, pero no hagas trampa.

    Yo he informado de cursos a potenciales alumnos delante de colegas que también imparten formación y son competencia directa de EDUCAN y no he tenido que quitar ni una coma de mi argumentario, aunque alguna coña sí que añadí :).

  4. Cuando hagas algo mal no te justifiques: Por bien que trabajes, por cuidado que pongas, en algún momento harás una cagada. No pasa nada, nos sucede a todos (al menos eso espero, sería muy triste descubrir que sólo me sucede a mí), el problema es negarse a verlo o ser indulgentes con nosotros mismos, excusando nuestro fallo. Es razonable analizarlo y necesario entenderlo, pero una explicación nunca es una justificación.

    En uno de nuestros últimos cursos he tenido ocasionalmente un trato menos afinado con los alumnos, tras analizarlo veo que ha sido debido a que problemas personales, tanto míos como de personas muy queridas para mí, me han llevado a desajustarme en algunos momentos. Pero saber los motivos no lo vuelve aceptable. Los alumnos han contratado un servicio y es nuestra responsabilidad, particularmente la mía en este caso, que lo reciban de manera óptima. Espero que no vuelva a sucederme y agradezco de corazón que me lo hayan hecho notar.

  5. Oblígate a ver lo positivo de la competencia: En un mercado deprimido, donde las formas no siempre son óptimas es fácil caer en la tentación de ver la peor cara de nuestros competidores e ir convirtiéndolos progresivamente en enemigos. Cuando ves argumentos comerciales sesgados, descalificaciones hacia la propia labor y otras cosillas de semejante calado el ánimo se puede envenenar. Hay que hacer el esfuerzo consciente de analizar qué tiene de bueno la competencia, tanto en su oferta, para poder contrarrestarlo, como en su publicidad, para aprender y tomar contramedidas. Especialmente tenemos que agradecer a la competencia que nos obligue a mejorar y ampliar nuestros servicios, haciendo que el mercado sea dinámico y progrese.

Este año a nuestros tradicionales competidores en el área de formación de profesionales en Madrid, que eran Bocalán y la UCM, se han unido varios pesos pesados:

Santi Vidal -un auténtico primer espada del trabajo en positivo y uno de los formadores más carismáticos de nuestro país- se vino a vivir a Madrid, donde, lógicamente, abrió su escuela de formación. Esto puede preocupar a quienes impartimos formación en Madrid, aunque en este caso he encontrado un buen amigo en Santi y el tenerle cerca me aporta, a través de divertidas tertulias, más de lo que puedan mermarse nuestros ingresos por su competencia.

Además el mediático Ignacio Sierra volvió a la palestra formativa, trayendo como jefe de estudios de su escuela a un excelente profesional de la formación: Antonio Lence, que ya ejerciera -más o menos oficialmente- la misma función en Bocalán. Podrá compartirse o no la visión del adiestramiento de Antonio Lence, pero no se puede dudar de su competencia y aptitudes didácticas.

Por si fuera poco Lealcan, una empresa con una trayectoria más que sólida, anuncia que la próxima temporada también se lanza a la formación de profesionales, incluyendo profesores como Eliseo Rodríguez, que es una de las pocas personas que considero necesarias para mantener el equilibrio ético del conjunto de mundo del perro. Me doy cuenta de que al hablar de Eliseo es la primera vez que le encuentro todo el sentido a la frase “un pilar de la comunidad”. Y, sí, también es un amigo muy querido.

El caso, momentos tiernos aparte, es que la cosa de la formación está poniéndose dura con todos estos operadores sumándose a la oferta actual en un momento de crisis. Sería fácil caer en destacar los puntos flojos o que son motivo de divergencia técnica o ética con estas escuelas, pero eso es un rumbo inadecuado que termina en verlos como a el enemigo, yo prefiero fijarme en las cosas que tienen de bueno. Gracias a esa visión todas estas escuelas competidoras me están ayudando a ampliar y rediseñar nuestra oferta formativa de una manera que jamás se me habría ocurrido sin su presencia en el mercado, por eso no me supone problema citarlos de manera expresa, me han ayudado, aunque sea de manera involuntaria, y les estoy agradecido. Gracias a ellos en parte espero sorprenderos (y sorprenderles 😉 ) en breve con lo que EDUCAN va a ofrecer en formación.

La crisis ha vuelto imprescindible que quienes desarrollamos trabajos vocacionales en nuestra propia empresa seamos empresarios competentes, dejándonos de milongas autocomplacientes, pero para ello no hace falta, ni mucho menos, perder calidad técnica o ética, ni considerar a todos los que compiten con nosotros como el enemigo. Estamos en esto porque disfrutamos, no hagamos nada que nos impida seguir haciéndolo.

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Enseñar con red.

En las respuestas a La importancia de la comunicación le prometí a Luis Souto que dedicaría un post a comentar algunas formas de minimizar los riesgos potenciales que aparecen al comunicar información novedosa al perro (en el pecado llevas la penitencia Luis). Es un tema más relevante de lo que pueda parecer en un primera lectura y como Luis siempre hace dos o tres(cientas) es muy consciente de ello.

Los entrenadores de animales trabajamos en una situación peligrosa, mientras en la mayoría de profesiones es posible probar innovaciones de manera relativamente segura, aislando la situación experimental de nuestra operativa cotidiana, con animales esto es bastante más complejo: no se le puede explicar al perro que estamos con algo nuevo y que, si nos sale mal, no nos lo tome en cuenta y lo olvide. Los perros se toman perfectamente en serio todo lo que hacemos con ellos (y así les va :(), así que hacer experimentos se vuelve mucho más arriesgado y es, en buena parte, lo que nos hace un gremio profundamente conservador: cuando tenemos una manera de conseguir un resultado es realmente difícil convencernos de probar otra cosa, normalmente sólo el fracaso nos lleva al incómodo y arriesgado terreno de la novedad.

Sin embargo, tomando perspectiva, resulta evidente que debemos innovar. En todas las profesiones han de introducirse avances que permitan su evolución y progreso. No es que lo que hagamos ahora no sea lo mejor, es que no puede serlo por siempre.

Y esto nos deja en equilibrio sobre el filo de la navaja ¿cómo introducir novedades o alternativas creativas sin que se pueda venir abajo el entrenamiento o incluso el proceso terapéutico en el que está inmerso el perro?

Es imposible reducir el riesgo a cero, pero existen una serie de medidas que permiten disminuirlo hasta un punto seguro:

  • Entrenar las técnicas en vacío: En ocasiones aprendemos o diseñamos una nueva técnica que resulta compleja para nosotros, es un error correr a probarla con el perro. Precisamente a este caso hacía referencia Luis Souto en su comentario: el adiestrador no debe estar aprendiendo a realizar la técnica a la vez que está enseñando al perro con ella. Esto es usar a nuestro aprendiz como perrillo de indias para conseguir nuestro progreso. Es más que razonable hacer la inversión de tiempo de llevar a cabo una y otra vez la técnica sin perro (o con un amigo haciendo ese papel) hasta que nos resulte cómoda y familiar, momento en el que podemos pasar a intentarlo con el perro. Además, si lo hacemos con un colega adiestrador, es una manera muy divertida y eficaz de analizar la nueva técnica y ajustarla al uso concreto que le daremos, al fin y al cabo no es estrictamente necesario que cuando se juntan dos adiestradores únicamente se dediquen a hablar mal de otros colegas, se pueden intercalar algunos momentos de debate técnico 😉
  • Usar acciones afines: Otra manera de afrontar las situaciones o conductas complicadas con el mínimo riesgo es el trabajo sobre conductas similares o muy cercanas en la secuencia temporal a aquella sobre la que queremos los resultados finales. Esta es una estrategia que me parece particularmente recomendable para todos los que compiten en reglamentos deportivos o se dedican a la modificación de conducta. Hace poco un amigo y competidor de IPO compartía conmigo la inquietud que le provocaba tener que enseñar a su perro a señalizar los objetos durante el rastro; el perro tenía un rastro excelente y la idea de que se deteriorase esa calidad al introducir la novedad le mantenía parado, sin atreverse a avanzar. La solución fue tan sencilla como enseñar al perro a seguir con el olfato líneas de comida en el suelo, una acción evidentemente afín al seguimiento de pistas, e introducir la señalización de objetos en esas líneas de comida. El aprendizaje fue rápido y claro, además, cuando decidimos incorporarlo al rastro le pusimos al perro dos líneas de comida con objetos que señalar justo antes de introducirle en su primer rastro con objetos, la cercanía en la secuencia terminó de preparar la cabeza del perro para afrontar con éxito la novedad (que ya no era tanta) durante el rastro. Esto es aún más interesante para la modificación de conducta, iniciar un trabajo para corregir la predación usando un coche teledirigido sobre el que hemos puesto un peluche es mucho más seguro y controlado que hacerlo arriesgando la vida de los gatos del barrio. Por supuesto debe entenderse que el trabajo sobre acciones afines es un facilitador y no un recurso milagroso que nos evite el trabajo sobre la conducta de interés. El coche teledirigido nos permite observar cómo responde al perro a nuestra estrategia de adiestramiento y nos facilita el moldeo de su conducta de la manera deseada, pero al final un gato es un gato y, con lo conseguido en la conducta afín, tendremos finalmente que trabajar sobre la situación predatoria que era motivo de consulta.
  • Crear un entorno relajado de aprendizaje: Frente a la antigua visión conductista de que el perro siempre tenía conectado el aprendizaje de la misma manera -por lo que era vital que las sesiones de entrenamiento y los momentos de su uso fueran homogéneos y sin fallos- hoy sabemos que el perro adapta su manera de aprender y consolidar el aprendizaje al conjunto de la situación en la que se encuentra, mostrando aprendizajes más parsimoniosos y plásticos a la modificación en un entorno seguro, con refuerzos de valencia emocional positiva y de valor medio. Podemos diseñar un espacio de aprendizaje que mantenga estas características y usarlo como lugar seguro para probar nuevas cosas: lo que hagamos dentro de ese espacio no generará aprendizajes consistentes, conductas intensas, ni estados emocionales que puedan fijarse de manera problemática a la conducta o situación, lo que es ventajoso al aparecer fallos o problemas. Y si todo sale bien (que a veces pasa 🙂 ) no será problema reproducir el proceso durante las sesiones normales de entrenamiento, en las que la mayor atención, interés e implicación del perro nos harán obtener un aprendizaje de más calidad.
  • Estructurar y acotar los entrenamientos libres: En ocasiones tenemos una idea general sobre cómo entrenar una acción, pero no podríamos concretarla exactamente, esto sucede cuando nuestra experiencia nos aporta intuiciones sobre la dirección que debe llevar el entrenamiento. La intuición es valiosa, es la presentación consciente de un conocimiento que tenemos, pero que no podemos reducir mediante análisis voluntario. A veces se plantea que las propuestas de entrenamiento técnico son limitantes porque no aprovechan la intuición, nada más lejos de mi opinión: si no tenemos manera de aprovechar la intuición no tenemos un protocolo de entrenamiento técnico de calidad, así de sencillo. Sin embargo creo que, puesto que lo que está en juego es la salud emocional del aprendiz -que recordemos siempre que no se ha presentado voluntario al entrenamiento, por mucho que lo disfrute- no está justificado el seguir las intuiciones de cualquier manera, sin criterio ni medidas de control (de autocontrol en este caso). Por ello, en adiestramiento C-E, tenemos una serie de normas para organizar estos entrenamientos libres, que son necesarios para probar nuestras intuiciones y concretarlas en líneas definidas de trabajo.
    1. Los entrenamientos libres tienen que ser ocasionales, no superando el diez por ciento del total de sesiones, el objetivo de estos entrenamientos es aprovechar nuestras intuiciones en momentos en los que no tengamos claro cómo llevar adelante un entrenamiento, si terminan siendo la norma lo que hemos hecho es aceptar la improvisación como premisa y renunciar a nuestras responsabilidades como profesores, lo menos que deberíamos esperar es que el alumno haga lo propio.
    2. Los entrenamientos libres tienen que ser cortos, puesto que metemos al animal en una situación en la que su profesor no tiene claro qué hacer y está probando, se hace evidente que no existe una claridad informativa, lo que puede generar estrés al aprendiz, que se ve obligado a seguir un discurso formativo variable, dubitativo y con reajustes continuos. Nuestro límite es una duración máxima del veinticinco por ciento del tiempo de una sesión de entrenamiento normal y ordenado para el mismo perro, esto nos asegura que no maltratamos sus capacidades cognitivas.
    3. Los entrenamientos libres deben ser percibidos de manera positiva por el perro, puesto que si a la confusión didáctica le sumamos un estado emocional negativo tendremos necesariamente problemas emocionales en el perro, haciendo que se deteriore su relación con el entrenador y con el entrenamiento.

Un cuarteto de medidas que nos permiten hacer experimentos con algo más que con gaseosa, dando seguridad, naturalidad y fluidez a la incorporación de novedades a nuestro entrenamiento, pero siempre sin olvidar que el educando tiene derecho a que tomemos nuestra labor formativa con total seriedad, no frivolizando un proceso que será determinante para su competencia social, su capacidad emocional y sus posibilidades de acceder a la felicidad.

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La única premisa.

Estos últimos años hemos conseguido importantes avances en el entrenamiento de animales, diferentes ciencias han aportado conocimientos de los que se han inferido técnicas de adiestramiento más eficaces y respetuosas con los animales, lo que también ha causado una cierta beligerancia entre quienes apoyaban sus trabajos en descubrimientos diferentes, asegurando que los otros eran incompletos, poco probados o ya superados. Esta beligerancia es necesaria para que nos esforcemos todos en sacar los mejores resultados como apoyo a nuestra postura, es un motor poderoso y fértil.

Pero no debemos olvidar que, como decía Víctor Hugo (que es de esos escritores que lo han dicho todo), “la ciencia es la asíntota de la verdad, se le aproxima sin llegar a tocarla jamás. La ciencia va borrándose a sí misma con tachaduras fecundas”, lo que sabemos hoy será superado mañana, lo que ahora parece una verdad es probable que se tambalee cuando se mire más profundamente o desde otro ángulo. Por ello los enfrentamientos técnicos deben afrontarse como discusiones entre compañeros, todos estamos en el mismo equipo: quienes quieren hacer del adiestramiento de animales una disciplina seria y consistente, huyendo de los dos males que lo aquejan: El trabajo intuitivo e irreproducible, sin duda eficaz pero sin proyección, pues quien lo consigue ignora qué mecanismos ha tocado y cómo lo ha hecho y, como consecuencia de este, el uso de fáciles fórmulas de autoayuda para explicar por qué no se puede explicar cómo entrenar con el perro, con recetas milagrosas y sencillas para abandonar el estudio serio de la conducta y escuchar a tu adiestrador interior (que vosotros no sé, pero a mí el primer día de clase en un curso de adiestramiento me dicen que no se puede aprender a adiestrar y les pido que me devuelvan la pasta), es fácil hacer propuestas de este tipo y siempre tendrán un público entre quienes prefieren los gurús a los profesores y el misticismo de saldo al conocimiento.

Por ello opino que quienes creemos que la ciencia es la luz que nos muestra el camino para avanzar, siempre de la necesaria mano de la ética para sostener y calentar su linterna poderosa pero fría, somos una fraternidad, otra cosa es que, como todos los hermanos, discutamos ferozmente para defender nuestra perspectiva y nuestra apuesta por un modelo u otro de entrenamiento, esto no quita ni una pizca del respeto y cercanía que siento por todos los que comparten esta visión del entrenamiento, por lejos que estemos en nuestras posturas compartimos una misma idea de fondo, cuando, discutiendo, decimos “mi ciencia es más moderna o mejor o más probada” estamos diciendo en realidad que aceptamos una misma premisa: el adiestramiento de animales debe basarse en conocimientos consistentes y los protocolos de entrenamiento han de ser reproducibles para ser de calidad. Y eso es lo que yo escucho.

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La importancia de la comunicación.

Cuando entrenamos a un perro tenemos que enseñar nuevas cosas a un animal de otra especie, esto no es moco de pavo: supone preparar y organizar una cantidad crítica de información de manera que se reciba correctamente, dándole el significado que nosotros deseamos. Algo que ya es difícil con individuos de nuestra especie (y si lo dudas comprueba cuántos malos entendidos causan las redes sociales).

Muchos entrenamientos empiezan iniciando al perro en las conductas de nuestro interés desde el primer día, también el adiestramiento C-E originalmente lo hacía así, se pueden obtener muy buenos resultados trabajando de esta manera, pero también existen algunos riesgos importantes.

La manera de comunicarse de perros y personas no es igual y hacerlo con efectividad requiere del cumplimiento de unas premisas previas.

La primera es que ambas partes tengan interés en establecer comunicación, parece una obviedad pero no lo es en absoluto, y la manera de conseguirlo determinará la actitud del perro (y la nuestra) ante el entrenamiento. En muchos casos nos basamos en metas puramente individuales, y no hablo solo del perro: a un adiestrador que no entiende el adiestramiento como algo que le permite conocer, conectar y afinar su relación con el perro y sólo tiene interés en obtener conductas, difícilmente se le ocurrirá construir la comunicación de otra manera que como un intercambio egoísta de refuerzos por conductas. Sin embargo también se puede obtener el interés del perro por comunicarse con nosotros por otro motivo: la existencia de una fuerte y saludable vinculación afectiva que hará que cuando interactuemos el perro nos ofrezca su atención y desee obtener la nuestra.

Desear comunicarnos, sea de una u otra manera, es condición necesaria pero no suficiente para conseguir que esa comunicación sea exitosa, hay que cumplir una segunda premisa: tener un canal de comunicación que ambas partes sintonicen adecuadamente, aquí también existen dos vías posibles: las dos especies somos mamíferos sociales con una gran capacidad para entendernos con otros miembros de nuestro grupo, pero lo hacemos de manera muy diferente, así que podemos optar por no establecer una comunicación usando el canal social, sino utilizar únicamente señales que marcan la aparición de estímulos individuales de interés para el perro, el canal diseñado para sacarle partido al entorno, que asociaremos con conductas o, por el contrario, construir un código de comunicación para el entendimiento social entre las dos especies que nos facilite a ambas partes la emisión-recepción de información con valor social, un canal social que emite/recibe en “spanglish” interespecífico.

En los actuales protocolos de trabajo C-E la primera etapa del trabajo está dedicada íntegramente a conseguir vinculación y comunicación con valor afectivo y social, hasta que no cumplimos estos objetivos no se inicia la enseñanza de conductas, ni el más simple sentado, así minimizamos dos problemas que, en mi opinión, son muy comunes en el entrenamiento de perros y cuyo origen está en la mala comunicación:

El colapso informativo, que consiste en que la acumulación de pequeñas informaciones que no se reciben o interpretan correctamente termina bloqueando el canal informativo, como nos sucede cuando escuchamos una conferencia en inglés y, aunque entendemos la mayoría de las cosas, algunas frases se nos escapan y al rato necesitamos salir un momento de la sala para despejarnos porque ya no nos enteramos de nada. Otro buen ejemplo de colapso informativo es lo que pasa cuando hablamos por el móvil y alguna interferencia hace que no escuchemos por completo lo que dice nuestro interlocutor, inicialmente podemos mantener la conversación, pero progresivamente se hace más incómoda hasta que no podemos seguir el hilo de lo que nos cuenta. Basta con que se pierda un diez por ciento del significado de una comunicación para que se produzca un colapso informativo, que llegará más rápido cuanto mayor sea dicha pérdida de información. Por ello entrenar y afinar nuestra capacidad y herramientas de comunicación con el perro antes de utilizarlas para trasmitir información es de vital importancia, creo firmemente que muchas de las situaciones que se suelen considerar sobreentrenamiento son en realidad debidas a este fenómeno, por alargar las sesiones hasta que finalmente colapsamos al perro. Por supuesto esto también le puede suceder al guía si no entiende las señales sociales que el perro emite, y por ello debemos mantenernos receptivos. Aunque nosotros seamos los profesores hay que saber escuchar a los alumnos para conseguir resultados y buen ambiente en el aprendizaje.

El otro problema relacionado con la mala comunicación tiene que ver con el emisor de la información y aunque puede afectar a ambas partes del binomio es más frecuente encontrarlo en el guía. Me refiero a la aparición de frustración ante la incorrecta recepción de la información que emitimos, frustrarse al no ser entendidos es una respuesta emocional involuntaria e inevitable, es lo que sucedía en Pekín Express a los atribulados concursantes cuando se enfadaban con un señor de Pekín (o sea un pequinés), que estaba tan tranquilo vendiendo naranjas (de la China) en su puesto del mercado y que no les entendía al preguntarle en correctísimo castellano por la dirección de un templo al que tenían que llegar con urgencia. Sin irnos tan lejos -literalmente- a todos nos sucede que cuando no se nos entiende por el móvil, debido a una mala señal o a interferencias, y nos piden una y otra vez que repitamos lo último que hemos dicho tendemos a abandonar la conversación por frustrante. Los buenos adiestradores no son los que no sienten frustración cuando el perro no les entiende, pues como digo es imposible evitarlo, sino los que, en lugar de aumentarla hasta que llega a ser insidiosa, insistiendo en repetir un mensaje que no se recibe correctamente, cambian la forma o el contenido del mensaje cuanto sea necesario para asegurarse de su buena recepción.

En adiestramiento C-E tenemos la etapa de vinculación y comunicación, diseñada especialmente para nuestro modelo, pero tengo la convicción de que a cualquier otro protocolo de adiestramiento le resultará ventajoso construir la relación y las normas generales de trasmisión de información de manera previa al entrenamiento de conductas.

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Lluvia de albóndigas.

Hace tiempo comenté en el post titulado Consolidar fallos que era un problema común intentar corregir mediante la extinción pequeños defectos de un ejercicio, como la inercia de cruzarse al andar a nuestro lado, con la consecuencia de que se empezara a resentir la calidad del adiestramiento, lo que nos hacía volver a reforzar el ejercicio con defecto, metiéndolo en un programa de refuerzo intermitente que daba consistencia a la incorrección que queríamos corregir inicialmente.

Y es que la extinción es algo trabajoso, un perro que ha establecido que su conducta instrumental aumenta la posibilidad de que aparezca un refuerzo se aferrará a ese aprendizaje, volviéndose insistente (ya sabemos cómo va la curva de extinción) ante la desaparición del premio. Además resulta emocionalmente agotador para el perro esforzarse y no cumplir su expectativa, siendo fácil que aparezcan reacciones emocionales negativas que lleven a que empeore su conducta de manera global, incluso afectando a su interés e implicación en el entrenamiento y en nosotros: al fin y al cabo a las personas nos pasa lo mismo, cuando tenemos un trabajo en el que nos esforzamos al máximo y nos ignoran terminamos aprendiendo a pasar de todo y extinguiendo nuestra conducta, pero después la relación con trabajo, jefes y compañeros no será ni mucho menos igual que antes. Eso es lo que notamos que sucede, de manera más o menos intuitiva, por eso se nos ponen de corbata, cedemos y reforzamos de nuevo el ejercicio inexacto.

Y hacemos bien, porque la extinción puramente conductista puede ser bastante destructiva para la relación con nuestro perro; la ansiedad, la sobreactivación y los estados emocionales negativos acechan. Ojo, estos efectos nocivos sólo se dan cuando se cumplen determinadas premisas: el perro no tiene claro lo que queremos extinguir, siente que su esfuerzo al trabajar es inútil y que sus demandas afectivas ante el fracaso son ignoradas. En situaciones en las que no existe ni ambigüedad, ni un contexto de trabajo en equipo, como dejar de darle comida en la mesa para que no pida, no hay problema para utilizar la extinción.

Afortunadamente existen estrategias alternativas más sencillas y eficaces, una de las más funcionales es infrecuente porque resulta contraintuitiva, sin embargo todos los resultados experimentales prueban su consistencia: La aparición aleatoria de premios.

La tensión generada por la extinción surge por la expectativa del perro de que con su conducta conseguirá el premio, cuando no hay premio responde inicialmente aumentando su esfuerzo en la conducta que había sido eficaz. Pero si la comida empieza a aparecer de manera frecuente y aleatoria surge un curioso efecto: el perro abandona la conducta aprendida rápidamente, mucho más que con la extinción, y sin tensión emocional, no tenemos que “convencerle” de que por más que insista no conseguirá nada, sino que el perro voluntaria, rápida y relajadamente deja de mostrar una conducta que no aporta ningún beneficio cuando los refuerzos vienen “caídos del cielo”.

Por supuesto la forma general de la conducta entrenada también se puede alterar al principio con esta estrategia, pues le estamos reforzando todo el rato, pero sin estados emocionales negativos que puedan afectar en el medio o largo plazo (recordemos que el estado emocional es el primer evaluador de la calidad de un trabajo).

Tras unas sesiones en las que dejamos que el perro se relaje recibiendo los refuerzos gratuitos será sencillo reiniciar el entrenamiento dirigido colocando los refuerzos de manera que se premie la conducta correcta. Puesto que el perro se encuentra bien, calmado, cómodo y seguro será fácil que siga nuestras nuevas indicaciones y no reactive la conducta incorrecta. Es importante no hacer demasiadas de estas sesiones, pues podemos provocar el efecto llamado pereza aprendida que después nos dificultaría el aprendizaje.

Of course, no digo que está que propongo sea la única o la mejor estrategia para reconducir conductas inexactas, hace tiempo que me parece muy difícil decir que algo es “lo mejor” e impensable decir que algo es “lo único” que funciona en adiestramiento. Pero es una estrategia muy eficaz, que por poco conocida y contraintuitiva, se conoce y aprovecha bastante menos de lo que los resultados que se pueden obtener harían recomendable. A nosotros nos ha funcionado muy bien en EDUCAN, sobre todo para reconducir a perros con adiestramientos previos consistentes. Una herramienta más de trabajo, pero una buena herramienta.

Después de unos cuantos post que se alejaban de la práctica directa del adiestramiento creo que se imponía volver al turrón ;).

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¿Fallar o acertar?

Antes que según la escuela de adiestramiento que sigan, que el tipo de estímulos que usen o que la modalidad de adiestramiento que practiquen yo divido a los adiestradores en dos grupos: los que entrenan los perros para no fallar y los que entrenan los perros para acertar.

Desde ya quiero aclarar al lector que soy un firme defensor de trabajar a los perros para realizar la conducta correcta y no para evitar fallos, además como durante años trabajé de la manera contraria tengo la firmeza de los conversos en este tema.

Hay bastantes más adiestradores entrenando para que sus perros no fallen, el error nos parece peligroso y se oyen frases como “no dejes que tenga opción de fallar, así no aprenderá incorrectamente”. Esto además tiene mucho que ver con lo nerviosos que nos pone ver al perro haciendo mal una de las acciones que estamos entrenando.

Evitar que el perro se equivoque es la prioridad para muchos adiestradores. Así pues nuestra energía y atención se ponen en localizar errores y encontrar técnicas que los bloqueen, impidan o corrijan. El acierto termina sucediendo más por las cosas que el perro no hace que por las que intenta de forma activa. Las sesiones están dedicadas a crear “situaciones seguras” de entreno, a cerrar puertas, a limitar opciones…

Pero esta forma de adiestrar conlleva varios problemas:

El primero es que, al cabo de un tiempo entrenando así (y vuelvo a recalcar que no estoy hablando de trabajos únicamente en negativo, muchos adiestradores positivos, cognitivos y de toda índole tienen esta visión), el perro, que no es tonto, se da cuenta y su atención voluntaria se enfoca en localizar lo que no debe hacer, volviéndose más eficaz en dejar de hacer cosas que en hacerlas. Es el esquema general de trabajo que le hemos creado, no nos debería parecer mal.

Emocionalmente es más agotador, recordemos esas películas con un joven y prometedor deportista al que su bienintencionado pero exigente padre/entrenador/agente le recalca cada error que comete hasta que deja de disfrutar de su deporte y decide marcharse con su chica a poner una granja en Idaho, mandando al carajo deporte y exigidor (a pesar de las buenas intenciones y sincero amor de este).

Como nuestros perros es poco probable que puedan marcharse a poner una granja en Idaho en el caso de que estén hartitos de entrenar con nosotros, debemos tener cuidado y asumir como nuestra responsabilidad que el perro no se sature emocionalmente, lo que no debe confundirse con no exigir implicación y esfuerzo al perro. Pero incidir en los errores genera inseguridades y agotamiento emocional en el perro ¿cómo nos sentiríamos nosotros yendo a un trabajo en el que sabemos que nuestro jefe nos va a decir TODOS LOS DÍAS que lo hemos hecho mal o que tengamos mucho ojo de no hacerlo mal? Así no se construye seguridad, implicación ni equipo.

Además aunque inicialmente es más fácil entrenar al perro para no fallar (es más rápido aprender a no hacer que a hacer), al cabo de un tiempo nos daremos cuenta de que existen tantos fallos posibles que toda nuestra vida no será suficiente para entrenarlos todos, sin embargo conducta acertada sólo hay una en cada caso: a la larga es muuucho más cómodo y sencillo para el perro y para el adiestrador centrarse en ella.

En mi opinión es muy importante construir la cabeza del perro para acertar, para ello debemos tolerar fallos inicialmente e informar al perro de ellos sin preocuparnos. El error es parte necesaria de un aprendizaje activo. Nuestra atención debe estar en los aciertos porque así la del perro también lo estará.

Cuando esto sea sólido, cuando el perro trabaje para hacerlo bien y su esquema mental esté construido podremos darle mayor importancia a corregir los fallos que puedan surgir sin que suponga ningún problema.

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Consolidar fallos.

Es un error muy común en adiestradores de todos los niveles consolidar algunos fallos o incorrecciones junto a conductas que hemos enseñado.

A veces nos sorprende lo fácil que resulta variar una conducta adiestrada que es adecuada y sin embargo lo complicado que es hacer lo mismo con una pequeña incorrección.

Esos estáticos lentos, imprecisos o avanzando, esos juntos cruzados/adelantados/retrasados… ¿por qué es tan difícil mejorarlos? Parece que cuando algo sale bien desde el principio no hay problemas en modificarlo, sin embargo cuando se tuerce de primeras… ¡es para echarse a temblar!

Lo cierto es que (como suele pasar en adiestramiento) la culpa casi siempre es nuestra, en este caso sucede por dos motivos:

El primero es la técnica inicial de enseñanza, al principio del adiestramiento debemos tener en la cabeza cuál es nuestro objetivo final y no admitir inicios que sean incompatibles con él. Es normal que los adiestradores sintamos ante el perro virgen la ansiedad del escritor ante el folio en blanco, ¡queda tanto por hacer hasta llegar a presentar el trabajo! y, cuando las cosas no van como esperamos, fácilmente admitimos cualquier salida para conseguir la conducta y evitar “atascarnos” en tal o cual ejercicio. Sobre esto ya he comentado algo en otro artículo (“Quitar y no poner”), pero añado aquí que debemos pensar en cómo va a influir nuestra sesión de hoy, no en la de mañana, sino en la de dentro de dos o tres años, cuando el grueso del trabajo del perro esté montado, lo que estoy haciendo hoy ¿me va a estar dando trabajo para “limpiárselo” de la cabeza al perro? Por ejemplo, si deseo que el perro aprenda a tumbarse hacia atrás para que dé más impresión de velocidad y que no avance en las posiciones y le empiezo confirmando por tumbarse pasando antes por sentarse (dos tiempos) eso va a trabajar contra mi objetivo final, merece la pena esperar más por tener el tumbado que realmente me conviene. Será más valiosa una aproximación al tumbado hacia atrás que una ejecución completa del tumbado incorrecto.

Hay un segundo problema, mucho más importante que el anterior, pues aunque hayamos enseñado alguna acción de manera incorrecta no debería ser un problema mejorarla hasta darle la forma adecuada, bastará con reforzar sólo las repeticiones más cercanas a la perfecta. Pero cuando una conducta se nos “atranca” lo normal es que hagamos un programa de entrenamiento perfecto para consolidar el error: Venimos de ver (o incluso de participar) en una prueba y con el subidón decidimos que no vamos a admitir más ese junto cruzado, y nos ponemos a entrenar sin reforzar las repeticiones incorrectas. Una semana después nos pueden pasar una o varias cosas: nos entran las inseguridades, tenemos lío de trabajo o familia, queremos enseñar otra acción al perro… total que nos decimos que el junto puede pasar como está y volvemos a darlo por bueno con incorrecciones. Pero vamos a un seminario y nos muestran una técnica que va como anillo al dedo a nuestro problema, nuevo subidón, otra semana sin reforzar ni un junto cruzado, como la mejora no va rápida al tiempo se repite la vuelta a las concesiones, a pensar que hay juntos peores, que Fulanito gano un mundial y también tenía el junto cruzado (sí, pero ¿el resto lo tenemos igual que Fulanito?)… Y este ciclo se repite una y otra vez. En realidad lo que sucede es que estamos reforzando el junto incorrecto de forma variable y con ello dándole mayor consistencia que a las acciones correctas, que solemos reforzar de manera más continua, lo que las hace menos resistentes a ser modificadas. Por eso no progresa cuando intentamos mejorarlo.

Si trabajas única o principalmente con procesos de condicionamiento no debes poner nunca una conducta en un programa de refuerzo variable hasta que sea la ideal, pues se hará más sólida y fija, muy difícil de modificar. Algo que se olvida con frecuencia y de lo que debería alertarse a quienes empiezan, sin embargo sólo lo he oído comentar durante seminarios a dos personas: Carlos Bueren y Javier Moral, creo que es una cosa que nos debemos apuntar todos los que impartimos formación.

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