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Agresión a activistas en un correbou: Desnudando al emperador.

Publicado el 3 de mayo de 2016

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El otro día dos militantes antitaurinas acudieron a los correbous, una “fiesta” que le parece muy bien a sus defensores, entre otras cosas, porque ya se hacía en una época en la que no existían las vacunas ni la red eléctrica y porque dicen que es un taco de bonita.

Las agresiones a activistas del animalismo no son una excepción, pero este caso es diferente, muy diferente. Y la diferencia es relevante.

Porque estas activistas no estaban grabando entre bastidores, no intentaban mostrar como detrás de la “fiesta” se esconden cosas que alguien no quiere que se conozcan por el daño que podría causar a la imagen del acto. No eran “espías” en ningún sentido del término.

Estaban grabando, como se ve perfectamente en el vídeo de la agresión, desde la grada. Como parte del público, sólo podían, solo querían, grabar lo que se muestra a la vista de todos quienes deseen asistir.

Querían grabar justamente esa parte que tan hermosa les parece a sus defensores.

La parte de la que presumen.

La que promocionan.

La que les enorgullece.

La del valor cultural, tradicional y todas esas cosas grandilocuentes, que nada valen al lado del menor sufrimiento real.

¿Y les daba vergüenza?

Algo parece no cuadrar del todo.

Algo parece extrañamente desenfocado.

Y es la propia percepción sobre su “fiesta” de quienes agredieron y de los muchos a los que se oye jalearles.

¿Por qué la verdad que defienden sin filtros les parece peligrosa?

Probablemente sin ser del todo conscientes de ello, saben que sin elegir bien las fotos, sin cuidar la edición de los videos hay algo intrínsecamente malo en su “fiesta”, algo que necesita ser maquillado y preparado antes de presentarse a la vista.

Porque intuyen que sus argumentos son un traje del emperador y ya empiezan a notar trasparencias al mirarlo, sus colores se les difuminan en algunos momentos y no se sienten seguros ante la idea de que nadie publique una foto de portada de su emperador, luciendo su bellísimo traje a medida que ellos mismos aplauden y dicen admirar.

Y la violencia siempre es la manera de responder de quienes ya no creen en lo que hacen, porque entonces solo les queda impedir que se pueda opinar en contra. No puedo defenderlo, pero puedo atemorizar a quienes se atrevan a mostrar la verdad. Si temes mostrar a tu emperador en su magnificencia lo que temes es que todos vean que está desnudo.

Porque lo que les preocupa, lo que hace que destruyan con saña las cámaras, no es, no puede ser en este caso, que se desvele un secreto oscuro, sino que lo que dicen considerar “hermoso” resulte inasumiblemente cruel sin el andamiaje de sus lugares comunes, sin rodearla de estetismos de cartón piedra y purpurina, sin un ambiente compinche de alcohol y codazos de complicidad cruel y cazurra.

Lo que les preocupa es verlo mañana y tener que reconocerse a sí mismos lo que en el rabillo de la conciencia ya suponen: que es horrible.

Lo que les preocupa es que a la luz del día no pueden mirar a la cara a su diversión de ayer, porque para disfrutar con los correbous hace falta un ambiente que les lleve a un estado alterado de consciencia, y las cámaras no pueden grabar eso. O sí, y es aún peor.

Cuando agreden lo que hacen es reconocer, gritar, aúllar, convertir en violencia su impotencia para demostrar que hay belleza, épica o cualquier otra justificación que creyesen tener para la crueldad desnuda.

Cuando agreden lo hacen porque temen que sus hijos, sus vecinos, sus amigos vean la verdadera cara de los correbous sin photoshop, porque entonces ¿qué les queda?

¿A qué creen que se verán reducidos si accedemos a su realidad sin filtros como para temerlo tanto?

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