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Arturo, el oso polar, en Ávalon.

Publicado el 4 de julio de 2016

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Oso polar ante el extensísimo horizonte de su ecología

Ha muerto Arturo, el oso que llevaba veintidós años encerrado en el Zoo de Mendoza, su jaula era pequeña, como un agujero, sin más visión que sus paredes y algo del parque.

Este lugar de encierro tan radical es porque los osos polares son animales agresivos e inteligentes, y para garantizar la seguridad de los visitantes se diseñan habitáculos imposibles de trepar o saltar. Al fin y al cabo son los más cazadores de entre todos los osos.

 

Los osos polares, Ursus Maritimus, en la naturaleza recorren decenas, a veces cientos, de kilómetros tanto andando, como nadando en el mar.

Los osos polares están adaptados a las inabarcables llanuras del ártico y son capaces de fijarse en lejanísimas figuras que rompen su línea de horizonte a kilómetros de donde se hallan.

Los osos polares no hibernan, pues ¿qué problema habrían de tener con el frío?

Los osos polares viven su vida despiertos, necesitan moverse, cazar y explorar con su mirada los desmesurados territorios helados y acuáticos para desarrollarse, para ser osos polares.

Y en los zoológicos les secuestramos la temperatura, el espacio, la vista y el comportamiento. Todo.

Con el único objetivo de que estén al alcance de la curiosidad carnívora de quienes aún no saben amar (digo “aún” porque muchos están despertando, y mañana el auténtico amor cerrará la puerta de esta crueldad inconsciente).

Para vender entradas y verles languidecer.

No para ver osos polares, sino sus restos rotos.

Nunca nadie ha visto un oso polar en un zoológico, porque un oso polar no puede estar en un zoológico, no está en un zoológico, permanecen allí únicamente su sufrimiento y su desolación. El oso polar muere en cuanto entra en el zoológico.

Sin embargo, mirar cómo se consume un animal en una jaula parece algo aceptable para mucha gente, como si provocarle un cáncer en su bienestar y luego verle consumirse en él tuviera alguna relación con amar a los animales o conocerlos ¿Qué sabría nadie de nosotros viéndonos morir de tristeza mientras nos roban la intimidad? ¿Qué amor recibiríamos de quienes nos enfermasen para tenernos controlados e inofensivos al alcance de su mano, de su cámara?

En la mitología artúrica cuando el Rey Arturo fue herido de muerte su hermana, el hada Morgana, se lo llevo a Ávalon, una mágica isla en la que reposaría hasta que su espada y su valor volvieran a ser necesitados.

Desearía que existiese para este Arturo -que recibió ese nombre a cambio de su vida- un Ávalon frío, marino, con una infinita, blanca y helada línea de horizonte. Con aguas profundas. Para que pudiera refrescarse y extender su mirada como deseó hacer durante toda su vida, porque necesitaremos de su ayuda: de su recuerdo y de su tristeza, para no olvidar y trabajar sin desánimo en evitar que lo mismo siga sucediendo una y otra vez.

No existe el posible perdón, solo la militancia.

Fotografía tomada de Batanga.com, del post ¿Qué ocurriría con los osos polares si se derritiera el ártico?

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