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Las costumbres bárbaras.

Publicado el 13 de julio de 2016

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Las costumbres bárbaras no pueden traer consecuencias deseables para el avance y la mejora del mundo. Eso es axiomático: lo bárbaro se nutre de sí mismo y sólo puede traer más barbarie.

La muerte del torero Víctor Barrio es una terrible consecuencia de una costumbre salvaje, de una costumbre que nunca termina bien y que por ello nunca debería celebrarse, aunque muchas veces se celebre. No debería celebrarse que ninguna vida termine violentamente y antes de cumplirse su plazo natural. Pero se celebra cuando el que muere es el toro, que no elige.

Lamento todas las muertes que causa la tauromaquia, porque todas son innecesarias y completamente inútiles.

Me entristece muchísimo que algunos compañeros animalistas se alegren de que haya sucedido algo así, me entristece porque veo que su lucha por acabar con la barbarie les ha mantenido tanto tiempo en contacto con ella que les ha contagiado, la sangre sin sentido se les ha metido en el cerebro desde los ojos de tanta como han visto.

Y por ese contacto prolongado, aunque fuera para oponerse, se han contagiado del espíritu de la “fiesta”, que lo tiene, pero es nocivo, oscuro y lúgubre. Es un vampiro que a cambio de una hombría de chiste se lleva toda la bondad y nobleza de aquellos a quienes toca.

Es horrible luchar contra el horror porque su contacto te puede volver horrible, y es horrible alegrarse por lo que le ha sucedido a Víctor Barrio.

Porque eso es lo que ha pasado, que algunos compañeros animalistas, inmersos en la sangre, en el sufrimiento, que es la misma esencia de la “fiesta”, han perdido el norte sobre lo que es bueno, y rodeados de tanta alegría por la muerte injusta, llena de miedo e involuntaria no han podido escapar, únicamente han podido elegir cuál era la muerte por la que preferían alegrarse -la de quien acudía voluntariamente y podía elegir no haber estado- y cuál (cuáles, porque son infinitas) llorar.

Y es horrible también alegrarse por lo que les ha sucedido y les sucede a tantísimos toros estupefactos que se encuentran sin saber ni decidir en un círculo de celebración por su dolor y por el final anticipado de su vida.

La tauromaquia es la culpable no el animalismo, esa monstruosidad que se viste de palabras grandes para que tapen su miserable verdad: que es un sangriento ejercicio de poder, el placer de matar lentamente y con premeditación. Disfrutándolo.

¿Dónde están ese valor y esa nobleza, ese respeto por el toro como adversario, cuando se extermina a toda su estirpe si logra ganar un día en esa lucha donde afirman que tiene su oportunidad? Matar al toro y a su familia más que una “tradición” parece un revanchismo miserable y abusivo que asegura la supremacía de quien tiene el poder: aunque en la arena hayan salido las cosas mal les quedan recursos de exterminio, de venganza.

Recursos de cobarde control, que les sirven para evitar que la sangre de los toros que llegan a “ganar” pueda reproducirse y reproducir su victoria a través de su descendencia.

Porque lo que crían no son adversarios como nos quieren vender, sino sparrings, no son luchadores, sino comparsas. Y lo saben, por eso hacen lo que hacen y por eso ahora gritan tanto.

La muerte del torero Víctor Barrio es horrible y me llena de pena, todas las muertes que causa la tauromaquia son horribles y me llenan de pena.

Porque las costumbres bárbaras siempre llevan a consecuencias horriblemente bárbaras.

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