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Lo que el corazón sabe.

Publicado el 25 de agosto de 2016

PACMA ha divulgado un vídeo en el que un ternero de un año de edad (tan nuevo en el mundo que aún era todo sorpresa para él) es destruido con crueldad durante una becerrada popular en Valmojado.

No os recomiendo verlo si os importan los demás animales, si les queréis de algún modo. Solo os aportará muchísimo dolor y sufrimiento.

Pero si conocéis a quienes piensan que el resto de los animales son algo que está a nuestro servicio, que son cosas, y que esto de quererlos está bien, pero sin pasarse, entonces enviádselo.

Porque este video está causando un enorme impacto emocional: personas que no son en absoluto animalistas han sido incapaces de verlo completo, defensores de la tauromaquia han bajado la vista avergonzados y han reconocido el exceso.

Casi todos han sentido ganas de llorar, no pocos lo han hecho.

¿Por qué?

¿Por qué esta reacción incluso entre muchos de quienes no podría esperarse?

Escucharéis que ellos os lo explican con esas viejas palabras, esa letanía que nada significa ni dice nada, pero que siempre nos repiten: “Hombre, es que esto es diferente. Esto está mal. No es como lo demás.”

Y tienen razón, porque nada es igual a otra cosa.

Y tienen razón, porque en la crueldad y en el abuso hay grados, y es necio negarlo.

Pero no la tienen, porque sin definir las premisas sobre cuándo y porqué algo es lícito no existiría nada ilícito. Y lo que sienten con este video está relacionado directamente con esas premisas.

Porque en realidad lo que sucede es que sus corazones les están gritando una verdad que no escuchan. Una verdad científica.

Una verdad que les duele, pero cuyas palabras no son capaces de reconocer. La misma tristeza se lo impide.

Sucede, y les sucede, que muchos animales estamos dotados de la capacidad de empatía que nos permite reconocer los rasgos infantiles aún en otras especies y, con ellos, en ellos, a un individuo indefenso y necesitado.

Esto es lo que explica los casos de niños criados por otros animales y es una idea central de entre las referidas a la domesticación del perro.

En ambos casos sujetos adultos (y sin hambre, justo es señalarlo) se encuentran a una cría de otra especie y florece ese milagro evolutivo, una verdad natural emerge dentro del adulto, sea un lobo o una persona: no está ante algo, lo que tiene delante, de repente, casi milagrosamente, no es un recurso, no es una cosa.

Es un individuo.

Es alguien.

Y es alguien que necesita ayuda, alguien que no puede ni desea causarnos daño.

Lo que lleva a la adopción de infantes de otras especies es esa verdad natural.

Lo que late en el corazón de quienes sienten dolor al ver el video es ese reconocimiento: el ternero (de ternura, con un cuerpo que lejos de ser un arma para defenderse era frágil andamio desde donde construirse y crecer) es alguien. No algo.

Es un individuo.

Es alguien.

Y es alguien que necesita ayuda, alguien que no puede ni desea causarnos daño.

Nuestra Gran Justificación siempre ha sido cosificar a los demás animales, negarles su condición de individuos para atenuar el sentido de lo que les hacemos. Eso nos anestesia lo suficiente como para que no nos duela, como para vivir con ello cada día.

Pero los sujetos infantiles son un nervio vivo en nuestra conciencia que es difícil de matar, y desde el latigazo de dolor que nos causa su sufrimiento podemos remontarnos, usando lo que sentimos como una amarra hacia la verdad.

Si no es un sujeto, si no es un individuo, si es una cosa, no puede tener infancia.

Si la tiene, si es alguien ¿cuándo deja de serlo? ¿cuándo pierde esa condición?

El corazón lo sabe, solo es necesario escuchar.

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