[responsive_menu menu_to_use="menu-superior-pa-responsive"]

Perspectivas 1 (cerca) El héroe

Publicado el 20 de septiembre de 2019

Imagen libre de Engin_Akyurt en Pixabay

El coche que le precedía golpeó al gato y no se detuvo. Ni siquiera aminoró la marcha.

Parecía que no hubiera pasado nada.

Fue por esa continuidad, porque no hubiera ninguna alteración relacionada con el atropello, por esa ausencia de cambio, por lo que tardó unos segundos en comprender la situación.

Parece que los actos violentos deben, deberían, alterar de alguna manera la normalidad, pero no siempre lo hacen: cuando quienes los sufren son demasiado pequeños respecto a quienes los causan es más sencillo, más frecuente y resulta natural -de alguna manera oscura- ignorar que han sucedido. Así es como se mantiene la línea de continuidad, dejando de ver aquello que podemos permitirnos dejar de ver. 

Pero él no dejó que esa tendencia, esa atmósfera de tranquilidad, le atrapara el ánimo, lo que era necesario aunque no suficiente para que fuera un héroe. 

En cuanto le encajaron las piezas sintió una exhalación caliente que subía desde el estómago hasta el pecho. Era algo completamente físico e interno que impedía la continuación de la (sensación de) normalidad. Cuando paró el coche para acercarse al pequeño bulto que era, o -se temía- había sido, algo vivo, todavía le temblaban las manos.

Al llegar a su lado dejó de estar inerte: bufó y, con una rapidez pasmosa para no ser capaz de mover correctamente sus patas, se alejó, ocultándose bajo un escalón de piedra.

No era lo peor que podía pasar. No era lo peor que podía pasarle.

A ninguno de los dos.

Y le habló.

– ¿Qué tal chico? Anda, sal y déjame llevarte a que te eche un ojo el veterinario.

El gato se replegó hasta el rincón más inaccesible de su escondite con esa cualidad plástica que les permite adaptar su cuerpo a lugares imposiblemente pequeños o sinuosos, haciendo que, más que una especie animal, los gatos constituyan un estado de la materia diferenciado, cuyas propiedades están entre el sólido y el líquido. 

Dedicó unos minutos arrodillado a ensayar diferentes variaciones de “mis-mis-mis”, “vamos chico”, “toma” y otras formas de petición de acercamiento.

Y se le hizo evidente que no iba a salir con facilidad.

Porque si hay algo que los gatos saben trasmitirnos con nitidez es su intención de no colaborar. 

Resulta desalentador para nosotros, unas criaturas que ante el miedo buscamos a quién abrazarnos, que nos tranquilizamos en el contacto con otros, notar cómo los gatos parecen emitir ondas gélidas de rechazo cuando tienen determinados problemas. Esto, que lleva a muchas personas a explayarse sobre su independencia o a realizar afirmaciones simplistas sobre sus capacidades afectivas, también dificulta empatizar con ellos cuando no se les conoce.

Pero él, aunque no conocía a los gatos, no lo interpretó así -lo que era necesario aunque no suficiente para que fuera un héroe- y continuo intentando que saliera. 

Una vez asumida la tarea de atrapar a un gato que no desea ser atrapado es frecuente mostrar una misma línea de incompetencia inicial, actuando como si fuera un tema que pudiéramos solucionar rápida y sencillamente: intentamos usar nuestros conocimientos sobre las cosas que les gustan para ofrecerles algo deseable, cuando no sirve repetimos cualquier forma de actuación que hayamos visto o nos suene como lejanamente eficaz… 

Y nada de eso va a funcionar.

Esto lleva a que muchos de quienes la emprenden (la tarea de atrapar a un gato que no desea ser atrapado para ayudarle), después de un tiempo –más o menos largo- de dificultades abandonen y vuelvan a sus rutinas.

Pero, por supuesto, quienes actúan así no regresan a sus vidas igual que salieron de ellas. Ahora se sienten reconciliados consigo mismos por haber “hecho todo lo posible”, y tienen lo que definirían (ellos) como una sensación agridulce: agria por la desgracia del gato (que allí se queda) y dulce por la constatación interna de su calidad personal al intentar auxiliarle.

En realidad la sensación es principalmente dulce.

Porque lo que pasa es que se pone en marcha ese potente mecanismo narcisista, que todos tenemos, cuya función es fagocitar cualquier cosa que suceda y utilizarla para mejorar nuestra imagen de nosotros mismos ante nosotros mismos. Ahora resultará fácil reconocernos como héroes sensibles, comprometidos y discretos a consecuencia de que (1) nos hemos sentido (brevemente) mal ante la desgracia de un ser indefenso, (2) hemos invertido un rato de nuestro (valiosísimo) tiempo en intentar ayudarle, y todo eso (3) sin que nadie nos estuviera viendo (nadie más que nosotros mismos, en realidad, que es el público exacto al que se dirige nuestra actuación). Cosas que digerimos como evidencias inapelables de lo buena gente que somos, pero de la buena de verdad.

Por supuesto, a efectos prácticos no se ha hecho absolutamente nada que mejore las circunstancias del gato, lo que parece algo secundario en la anterior línea de razonamiento, en la cual el gato atropellado es únicamente un elemento que permite y promueve el autoanálisis y la conclusión de la estupendez propia. Algo así como un examen sorpresa de bondad que nos plantea el destino. Y si hemos aprobado salimos perfectamente satisfechos, con ese tipo de tristeza con fondo feliz que queda después de ver una película como Los puentes de Madison.

El gato es otro tema.

Pero existen quienes se desprenden de esa atención sobre sí mismos, como se quitaría uno la chaqueta para hacer algo que requiere una movilidad mayor, y se mantienen en ello hasta que la ayuda se convierte en algo real para el ayudado. Para el gato.

Él lo hizo así.

Y eso era necesario aunque no suficiente para que fuera un héroe. 

Como había pasado un largo rato sacó el móvil y llamó.

– Oye no sé si voy a llegar a tiempo, han atropellado a un gato, se ha escondido y no hay manera de agarrarlo.

Al usar el teléfono se reconectaba a un mundo en marcha que le requeriría en el lugar esperado dentro de su amplio funcionamiento. Lugar que no ocupaba porque estaba en un lateral de la carretera intentando ayudar a un gato herido. 

No nos interesa lo que le decían, porque podemos suponerlo. Porque nos lo habrán dicho a nosotros y nosotros se lo habremos dicho a otros muchísimas veces.

Lo que llegaría a través del teléfono era la expresión de la fuerza gravitatoria de la normalidad, donde los gatos desconocidos y atropellados son “cosas que pasan”. Expresión que indica que están como en una línea paralela a nuestra vida, las vemos y las reconocemos pero no interactuamos con ellas. Al menos no cuando tenemos Otras Cosas Que Hacer.

Lo que queremos saber es cómo respondía él a este reclamo. Porque muchos ceden, y, aunque no hay complacencia en ello, el gato sigue quedándose solo y atropellado.

Y para ser un héroe es necesario (aunque no suficiente) que las Otras Cosas Que Hacer no desvíen la atención del hecho cierto de que perder una vida, aunque sea pequeña y pertenezca a esa línea paralela de las ”cosas que pasan”, es algo sin vuelta atrás.

Algo que no puede recuperarse en otro momento, algo que no admite prórroga o apelación.

Porque la vida es urgente antes que pequeña o grande (de hecho, estar vivo o el dolor son cosas no tienen tamaño, ni relación alguna con el tamaño).

Porque, en realidad, el cuidado de cada vida siempre nos atañe directamente. Es algo cercano en su sentido más profundo, pues todos desearíamos conservar la nuestra, desearíamos ayuda si estuviera en riesgo ¡de cualquiera! Aunque no hubiera más conexión entre ayudante y ayudado que esa fraternidad que supone sentir, ser capaces de sufrir y poder morir. Porque vivir y desear vivir es una patria común. Es la patria común.

Cuidar otras vidas no necesita sino el reconocimiento de que lo que querríamos para nosotros en esas circunstancias es, inapelablemente, lo que los demás querrían para sí mismos.

Y por todo eso nos interesa saber qué fue lo que dijo en su conversación telefónica:

– Esta mal seguro, le he visto moverse cuando se escondía, andaba fatal. Está jodido. Quiero llevarle al veterinario.

– —-

– Bueno, espero llegar antes del mediodía, pero un par de horas sí que se me irán. Creo que tendrán que anestesiarle y operarle. De las patas o de la espalda.

– —-

– Aunque no haya sido yo, el que lo pilló debe estar como a cien kilómetros. Ni ha frenado. Si me voy se quedará ahí debajo y nadie le verá.

– —

– Puedo hacerlo mañana, y no creo que vaya a ser un problema que eche las horas otro día. Es un fastidio, pero no era realmente urgente. 

– —

– Ni idea, ahora veré qué me invento.

– —

– Gracias, de verdad que lo siento. Apunta que os debo unos cafés.

– —

– Claro que puedes decir que es por lo del gato, di lo que quieras. Y si puedes pregúntale a la chica nueva, que creo que tiene gato. Si te dice algo de cómo cogerle me llamas.

– —

– Hasta luego.

Después de eso guardó el móvil, se agachó de nuevo y miró por debajo de la piedra: el gato tenía los laterales de la cara negros, la barbilla y una línea entre los ojos blancos. Sus ojos eran amarillos y estaban muy abiertos, y las orejas se pegaban a su cabeza.

– Bueno chico, y ahora vamos a ver cómo podemos sacarte de ahí. 

Insistió, indagó, probó, falló, volvió a probar y a fallar. Hizo consultas por teléfono, pidió a amigos que vinieran a ayudarle, le trajeron un trasportín (que él no sabía qué era, pero parecía algo muy importante), y al final logró atrapar al gato herido.

Ahora se dirigía a un veterinario que le habían recomendado en una de las muchas llamadas a conocidos con gato, recuperaría el tiempo perdido en el trabajo en algún otro momento. Pero había que curarle, eso era evidente e inequívoco para él, y por ello ya casi, casi era un héroe. 

Mientras conducía miró a su pequeño acompañante y sonrió.

– ¿Sabes que eres un gato muy guapo? Eso ayudará a que nadie se enfade porque te vengas a vivir con nosotros.

Cuando asumió, sin necesidad de reflexionar y sin vuelta atrás, que salvar una vida no es reparar un cuerpo, sino hacerse responsable de ella, cuidarla en toda su extensión, es cuando sin lugar a ningún género de dudas y sin saberlo, ni sentir nada especial, se convirtió en un héroe.

El gato y él se quisieron mucho durante muchos años, lo pasaron muy bien juntos. Pero, claro, en eso ya no hay nada heroico y por ello no es objeto de esta historia.


  1. Beatriz Blanco - septiembre 20, 2019

    Genia!!.Me ha encantado y estoy deseando leer el siguiente.Gracias por compartirlo.

  2. Bestial

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.