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Perspectivas 2 y 3 (fuera) Tú hazme caso/ (dentro) Una charla educada

Publicado el 23 de septiembre de 2019

 

Imagen libre de Engin_Akyurt en Pixabay

(fuera) Tú hazme caso

Sí, hay un perro abandonado fuera y hace mucho frío.

Pero no creo que debamos darle más importancia de la que tiene,

mira, en el fondo es un tema de perspectiva: ahora nos parece preocupante porque está cerca,

porque lo estamos viendo por la ventana,

pero míralo de esta manera:

cuando pasen unos años ese recuerdo se irá flotando, como una pesada barcaza, y verás que tengo razón.

La cosa es clara, puedes amargarte por completo y quedártelo en la cabeza, insistiendo en la injusticia y crueldad que supone, y bla, bla, bla, queriendo asumir el esfuerzo de  que esté atendido y cuidado como algo personal,

o puedes ignorarlo. Y no hablo de dejar que muera de hambre, sácale unos restos de la cena fuera, quitando los huesos que si se los comen se asfixian, sino de impedir que se alimente de ti. La pena me refiero, me refiero a que no dejes que esto te apene,

y te impida disfrutar de una noche perfecta.

Si es que no hay más cera que la que arde: su mirada, su situación, su delgadez han pasado sobre ti como un invierno. Perfecto, finalmente las estaciones pasan.

Solo faltaría que te pusieras en plan salvador del mundo, con lo pequeñito que eres, y quisieras acabar con la tristeza buscando casa a todos los perros abandonados. Anda que vaya idea sería esa.

Pero si no le das importancia morirá la parte de ti que tanto te duele y que ahora solo tiene garras y dientes,

y volverás a estar tranquilo y harás vida normal en menos que canta un gallo,

seas quien seas

al terminar.

Tú hazme caso, que estas cosas me las conozco y llevo muchos años

arrancándomelas del corazón.

 

(dentro) Una charla educada

Figúrate que me dijo:

“Creo que estás equivocada,

que estás haciendo de esto de los animales una especie de histeria.

Parece que como tienes una vida tranquila te tienes que buscar una CAUSA, casi como un hobby. Y lo de los perritos vaya que vaya, pero de lo de la comida ya ni te cuento,

porque lo de los perritos en su medida, yendo un par de horas los sábados, es incluso positivo para ti. Seguro. 

Pero lo de la comida es una cosa que no entiende nadie

y que nos hace sentir incómodos. De lo de la comida te tienes que olvidar.

Tienes que pensar un poquito en los demás. Vamos digo yo.”

y eso me alteró,

en el momento no supe qué responderle, porque me subió a la cabeza el corazón y solo podía sentir latidos,

en ese estado nadie es capaz de hablar con propiedad

y aún menos de expresar un desacuerdo civilizado y luego argumentarlo.

Cuando estás así o gritas o lloras o te callas,

que es lo que hice yo ¡Chitón!

Porque si te enfadas entienden que les das la razón. En cuanto te asoman las lágrimas o gritas se acabó el debate: has perdido. Así es como lo hacen, es como lo ven.

Ni siquiera tienen malicia, es como una regla del juego para ellos.

Pero, claro, cuando te callas nadie te libra de que insistan en lo que han dicho

y se expliquen

y le den vueltas, adornándolo

y sintiéndose cada vez más cómodos y seguros en sus explicaciones,

parecen tener al asunto domesticado y dócil (qué adecuado), 

como que lo que realmente sucede está dispuesto a doblegarse a sus palabras,

a dejar de ser como es porque hablan con mucha seguridad

y porque la mayoría de la gente con cabeza piensa de la misma manera, que a mí me parece que es como si la ley de la gravedad dependiera de que la votásemos por mayoría para ser cierta.

Y yo es que odio que me hagan eso.

Pero me quedé callada, viendo cómo su ingenio, su seguridad y mi sorpresa desarmada

preparaban las discretas y suaves cargas explosivas para derribar todo lo que me importaba, todo lo que pensaba sobre lo injusto que resulta la manera que tenemos de tratar a los animales,

y aunque estaba callada seguía pensando lo mismo, sintiendo lo mismo,

y tenía tanta rabia por cómo lo rebajaba

que, aunque no supe responder, me clavé fuerte, fuerte de verdad, las uñas en las manos, manteniéndolas, eso sí, a la espalda y contra la pared,

para que nadie notara que hacia cosas raras

y que no estaba perfectamente cómoda

en una charla tan agradable

y educada.

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